"Los años de juventud y de guerra"

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texto JACINTO ANTÓN

31 años después de su aparición, la Mansura de Félix de Azúa regresa por cortesía de Javier Marías y su sello Reino de Redonda. A continuación, reproducimos el prólogo que Jacinto Antón ha redactado para esta nueva edición de la obra.

 

Como obediente súbdito del Reino de Redonda y orgulloso poseedor del título de Jefe de Exploradores (cargo al que nuestro ilustre monarca, Javier Marías, Dios le guarde muchos años, ha adjuntado generosamente el singular tratamiento de “Almásy”, del que me honro), no pude sino aceptar inmediatamente la propuesta que me hizo de leer Mansura, a fin de redactar estas líneas. “A ver si te gusta como a mí”, añadió el soberano. La verdad es que conociendo el olfato de Javier MaríasRunciman, Rebecca West, Keith Douglas, Alonso de Contreras, y cito solo algunos de mis favoritos de su catálogo-, por no hablar de que el autor de la novela es ni más ni menos que Félix de Azúa, no tuve ninguna duda desde el principio.

Conocía el libro, publicado en su momento, en 1984, por Anagrama, pero no lo había leído. Y ahora, desde luego, no entiendo por qué, dado que tenía todos los elementos para interesarme muchísimo. A veces ocurre que te pierdes algo para reencontrarte felizmente con ello muchos años después. Así ha sido con Mansura, una novela con la que me lo he pasado estupendamente. En realidad hacía tiempo que no disfrutaba tanto de esa manera con un libro, recuperando aquella pasión primeriza que nos obligaba a robar tiempo de donde fuera para satisfacer las ansias de continuar la lectura.

Por razones de trabajo, ando siempre enfrascado en varias obras a la vez, a veces demasiadas, pues hasta se me confunden los géneros, pero siempre me reservo un cupo de libros para satisfacción personal, para disfrutar de verdad de verdad. Para mi sorpresa, pues siempre piensas que ese tipo de lecturas te las eliges tú mismo, Mansura, llegada vía Javier Marías, ha entrado plenamente en esa feliz categoría. Para decirlo bien claro, he disfrutado como un camello, expresión cuya procedencia y sentido me siento incapaz de explicar (ya lo harán si quieren Marías y Azúa, que para eso son académicos), pero que algo tendrá que ver imagino yo con las aventuras de Lawrence de Arabia.

Mansura se presenta como (falsa) novela histórica a partir de la famosa crónica medieval de Jean de Joinville –senescal de Champaña: he ahí un título que compite con el de Almásy de Exploradores– sobre la Cruzada de san Luis (Luis IX), la séptima, lanzada en 1248 y compuesta esencialmente por caballeros franceses encabezados por el pío monarca. Joinville es uno de esos personajes que nos gustan. Perteneciente a una familia de la alta nobleza francesa, arriba de joven a la corte del rey y se ve arrastrado a la Cruzada, donde intima con el soberano y llega a convertirse en su consejero y confidente, viviendo aventuras sin cuento a su lado. Resultado de esas experiencias tremendas –cuatro años en Tierra Santa guerreando y luego en cautividad de los mamelucos, que no son bromas– y de su proximidad a Luis, Joinville escribirá una extensa biografía del rey, el Livre des Saintes Paroles et Bons Faits de Notre Saint Roi Louis, título obviamente poco comercial, cuyo centro es una pormenorizada crónica de la Cruzada.

En la documentación medieval, abundante en testimonios hiperbólicos y moralizantes, y miniaturas tan bellas como irreales, el texto de Joinville contiene sorprendente aire fresco –incluso humor– y arroja mucha información no solo sobre los hechos, sino sobre la mentalidad de un caballero del siglo XIII. Joinville, que describe a Luis como el ideal de rey y de hombre de la época, piadoso, sabio y valiente, ensalzándolo, fue sin embargo lo bastante listo como para no seguirlo en su siguiente empresa, la desastrosa Cruzada (la octava) que acabó con la muerte del propio monarca ante Túnez en 1270. El Sire de Joinville pretextó que no andaba muy bien de salud para cruzarse de nuevo, lo que le permitió vivir como un señor hasta la provecta edad de casi cien años, digna para aquellos tiempos de un verdadero Matusalén (sobrevivió medio siglo a su querido rey).

En Mansura, Félix de Azúa resigue la séptima Cruzada con sus hitos fundamentales –la escala en Chipre, la decisión de empezar por Egipto como base de operaciones para atacar Jerusalén, la conquista de Damieta, el asedio fracasado de Al Mansourah y la derrota (1250) ante la ciudad, donde el rey y sus principales seguidores caen presos de los sarracenos; la espera del rescate, y la vuelta a casa en 1254–, pero lo hace a su muy especial manera, y esto es lo genial del asunto, pasándose por el forro las reglas del género de la novela histórica –¡tiembla Yourcenar!–; al cabo, ya dijo Alejandro Dumas padre aquello de “Yo violo la Historia, pero le hago unos hijos preciosos”. Azúa se inventa unos cruzados catalanes, rey incluido, y los coloca sobre la crónica de Joinville sustituyendo a los franceses originales, pero haciéndoles vivir los mismos (y otros) hechos.

Desde luego, la maniobra de robarle la cartera a Monsieur de Joinville es de aúpa, pero al novelista le sale sumamente brillante y simpatiquísima. Ya no es que estemos en los terrenos del pastiche, sino en los de la historia alternativa, la historia fantástica y sin duda la parodia, como escribe en un sesudo artículo académico que he encontrado en internet Laura Silvestri, de la Universidad de Udine (“Mansura: Félix de Azúa riscrive Jean de Joinville”). La estudiosa califica la operación de “evenemenziale e deconstruzionalista”, y de “abile palinsesto”; más prosaicamente, yo diría que es muy cachonda (la operación).

En el “Aviso al lector” que sigue a estas páginas introductorias, encontrarán una muy deportiva explicación de lo dicho por parte del propio autor. Ahí nos advierte que quien lea la crónica original “comprobará cuántas veces lo increíble es más verdadero que lo posible” –lo que acaso sirve también para sus libertades con Joinville-, y hace una preciosa defensa de la imaginación, que es el mejor preámbulo para su historia.

 

Y ya estamos en la crónica espuria de Mansura, con ese joven ingenuo caballero catalán sosias del franchute -y a la vez de Azúa-, ofreciéndonos en primera persona, ya adulto, su versión de la Cruzada en una narración que alterna lo deliciosamente inocente con la brutalidad y el salvajismo, la ironía y el humor con el dramatismo y la tragedia, lo absurdo y lo maravilloso con la puntual y precisa descripción de los hechos. Félix de Azúa ha sabido encontrar el tono perfecto para hacer hablar a un hombre medieval sin que deje de ser uno de los nuestros: alguien a la vez crédulo y escéptico, noble y truhán, valiente y pusilánime, una voz en suma que nos llega con deliciosa y subyugante claridad para contarnos una grandísima aventura vital, llena de luz, pero no exenta de amargura y desencanto. Escribo esto y me doy cuenta de hasta qué punto, encubierto por su aparente facilidad y su entretenidísimo discurrir, Mansura es un libro importante, de los que te hacen rechinar en lo más profundo esas ideas que tantos compartimos sobre el honor, la amistad, el valor, la cobardía, la belleza y la futilidad en el fondo de todo ello, como de la vida.

Nuestro cruzado, que a diferencia de Joinville permanece anónimo, aunque sabemos que es de Sils, es un caballero catalán más culto de lo que parece, capaz de citar al “señor Salustio” y de recordar que en realidad “los griegos no lucharon mejor que nosotros, pero tuvieron mejores cronistas”. Su propósito al escribir la crónica que constituye la novela Mansura es precisamente que se preserve la memoria de los hechos de su rey, pero también el recuerdo de las cosas que él mismo vivió y, de una manera muy moderna, el placer mismo de contar. Cuando entra al servicio del rey, en Barcelona en 1241, el narrador es muy joven e inexperto y de sus conversaciones con el monarca y de sus comentarios se desprende una ingenuidad (con la que juega a fondo Azúa) que espatarra. Su forma de transcribir los episodios resulta divertidísima. Pienso en lo de la hostia de Olot, que comienza a sangrar y el rey decide no ir a ver el fenómeno porque está ganando al juego de la pelota, o en el jovencito alemán que sirve a la reina y al que esta besa profusamente pretextando que, al ser el mozo hijo de santa Isabel de Hungría, en su boca han descansado mil veces los labios de una santa. De los espías valencianos que ayudan a la expedición en Egipto se dice que eran hábiles dragomanes y acomodados a algunas costumbres indecentes de Oriente.

Hombre de su tiempo, como queda dicho, nuestro narrador es a menudo muy políticamente incorrecto. Capaz de describir cómo lanzan a unos judíos al río y se quedan con sus hijas “que son muy buenas para yacer”. O echando pestes de los “traidores” y “miserables” moros, “cuyas mujeres andan revueltas en el serrallo y nadie sabe de quién son los hijos”. En general, las acciones de los caballeros cristianos son muy poco edificantes.

Félix de Azúa se inventa una Corte llena de caballeros de nombres catalanes, enzarzados en sus rencillas y presas de sus códigos de honor. Cuando el rey decide tomar la cruz, todos quedan “un tanto mohínos”, pero han de cruzarse también. Así que allá marchan, entre otros veinte caballeros, Berenguer d’Entença, Hug de Mataplana, Jaume d’Alerig, el sordo Guillem Cervelló, el maestre hospitalario Hug de Forcalquer, el del Temple Guillem de Montrodón, de abundantes cejas, los obispos Hug el Negro y Jaume Sarroca, y el gran amigo del cronista, Jordi de Sant Jordi. Pasarán cuatro largos años en ultramar. Nuestro narrador, cuyas tierras son modestas y atraviesa durante la Cruzada penosas escaseces de fondos por las que se enfrenta a los templarios, aporta una tropa de nueve caballeros y dos abanderados.

El desembarco en Damieta inicia las hostilidades con el “soldán” de Egipto y todo su ejército “que Dios confunda”. El rey se lanza alocadamente contra el enemigo y hay que zancadillearlo discretamente para evitar males mayores. Las escenas de guerra están narradas con pertinencia digna de Martín de Riquer, y toda la panoplia medieval, como la maza Misericordia, descrita con el mismo virtuosismo. La llegada de refuerzos en la persona de Ramón Berenguer, conde de Provenza y su hueste, pone notas de humor al reírse los catalanes de su acento francés.

 

El propio Félix de Azúa, en su Autobiografía de papel (Mondadori, 2013), hace algunas interesantes consideraciones sobre Mansura. Explica que con ella se adelantó un cuarto de siglo a la locura medievalista y que la línea argumental, como les he dicho, es verdadera, aprovechando para subrayar que la crónica de Joinville es una de las más bellas que existen. Y continúa: “La actividad de los cruzados es tan inverosímil que añadí episodios inventados para que le dieran alguna verosimilitud al relato. Lo verdadero y lo falso de esa novela me sorprende incluso a mí”. Es difícil constatar la veracidad de episodios como el del caballero al que sorprenden en actitud pecaminosa con una mula. Hay escenas como la de los cruzados hincándose de hinojos y rezando a cada disparo de una catapulta sarracena con fuego griego que sugieren poderosamente Monty Python y su Spamalot. Los títulos de los capítulos son ya una gozada: entre mis favoritos “Cruzamos el río con ayuda de un beduino copto” y “El autor pierde sus ilusiones juveniles”.

El cronista ficticio se transmuta en un Marco Polo al relatar las maravillas de Egipto y su río Nilo “que como todos saben nace en el Paraíso Terrenal”. No deja de apuntar, erudito, que “el mismísimo emperador Julio César casó con una egipcia riquísima, de nombre Cleopatra, la cual murió comida por un dragón”, y nos describe la zarafa, “caballo con cuello de serpiente” y el elefante. También nos deja interesantes consideraciones etnológicas: “Los sarracenos son muy desconfiados, lo que es muy sorprendente, pues no hay nación en la que se engañe más veces a más gente, aunque quizá por eso son tan desconfiados”. Su perspicacia alcanza también a las inglesas, “muy rubias, muy blancas, y muy aficionadas a beber”.

Y entre hechos de armas, prodigios y la vida cotidiana de los cruzados, con mucha miseria, hambre y epidemias, discurre la novela. Asistimos al asedio de Mansura y la batalla, la plaga que asola el campamento cristiano, la caída de los catalanes en manos de los sarracenos y la negociación del rescate, conocemos San Juan de Acre, Sidón y ¡al Viejo de la Montaña y sus asesinos!, y tenemos noticia de Gengis Khan; escuchamos palabras de gran aliento que hacen verter lágrimas de emoción, y disparates máximos. El horror de la guerra y la inutilidad de toda aquella violencia pesan finalmente en el ánimo de nuestro cruzado, que ve desmoronarse sus ilusiones de juventud. “Con la madurez de la edad viene siempre el sentido de la inutilidad, y de la mano de la inutilidad caminan el desamparo y el hastío.”

“Voló nuestra juventud y regresábamos a casa convertidos en viejos escaldados”, dice nuestro cronista, al que ya no le reconfortan el regreso ni la vista de las costas de su país. “Se me habían entrado los desiertos de África en el alma”. Qué preciosa frase. Como Joinville, el protagonista de Mansura también se escaquea de la siguiente Cruzada, en su caso porque le ha sentado mal un conejo. Pero se despide de nosotros, ya anciano, con tono de Conrad. “Bien podrías -le dice el fantasma de su amigo Sant Jordi- contar lo que batallamos entonces, y que no siempre una derrota es un fracaso y un pendón. Cuéntales, cuéntales lo que son los años de juventud y de guerra”.

Eso hace Félix de Azúa en esta inolvidable novela.