Mi barco me lo robaron... más o menos

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título Cocodrilo

autor David Vann

traductor Luis Murillo Fort

editorial Literatura Random House

224 págs. 17,90 €.

 

En diciembre de 1997, David Vann fue informado de que su barco, averiado, había sido abandonado por capitana y tripulación en la localidad de Puerto Madero. Y para allí que se fue el futuro escritor, ignorante de que a los problemas mecánicos de la nave iba a sumarse la peluda idiosincrasia de las localidades mexicanas de frontera, con su guerra contra la droga y demás espinas migratorias.

 

DAVID VANN (Adak, Alaska, 1966) es marinero por tradición familiar, profesor de escritura creativa y autor de obras como Sukkwan Island (que fue Premi Llibreter 2011), Caribou Island, Tierra y Goat Mountain.

 

Aparecida (de momento) tan solo en español, quizá por su similitud temática con la (en cambio) aún inédita por estas aguas A Mile Down: The True Story of a Disastrous Career at Sea, Cocodrilo baja un peldaño respecto a la angustiosa intensidad exhibida por los últimos trabajos de David Vann, se torna más accesible gracias a una variada y disparatada peripecia argumental, pero se mantiene plenamente fiel a varias cualidades marca de la casa: el sostén autobiográfico (aquí mucho más definido, claro: se trata de una obra de no ficción), la presencia de un “héroe” condenado al fracaso en sus repetidos intentos por vencer al destino y, sobre todo, un contexto (generalmente natural, esta vez cultural) tan capaz de erigirse en pared de frontón para sus esfuerzos como de provocar en él una fascinación y un respeto casi míticos. En efecto, las costas y selva de Puerto Madero no son objeto del tratamiento que antaño recibieron dos heladas islas de Alaska, los tórridos sembrados del Valle Central de California o cierta iniciática montaña con nombre de cabra, pero la población del lugar va a tomar su relevo. Se trata de una caterva de narcotraficantes y soldados mexicanos, de prostitutas y trabajadores centroamericanos, de niños de la calle y pillos que han sobrevivido a ella gracias a su ingenio. Y el Vann personaje (tal y como se supone que sucedió con el Vann de la vida real), limitado además por su desconocimiento del idioma, convivirá con ellos sin llegar jamás a comprender sus motivaciones, mucho menos logrará conocer unos secretos que podrían fácilmente haberle solucionado la papeleta. Así, se devora Cocodrilo cual novela de suspense con trasfondo kafkiano (no en su errónea acepción surrealista, sino por la falta de asideros con que afrontar un día a día recurrente y despiadado en su arbitrariedad). Y si su prólogo resulta del todo innecesario, con un cliffhanger un poco de telefilm, como si el autor hubiera desconfiado brevemente de la fuerza de lo que se aprestaba a contar, el epílogo se revela en cambio glorioso, un monumento a ese azar que no por delirante deja de pegar mortales dentelladas. MILO J. KRMPOTIC’