“No voy a dejar que el Nobel me convierta en una estatua”

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texto y foto ANTONIO SANZ EGEA

Vargas Llosa presentó ‘Cinco esquinas’ en Madrid

Había expectación en la Sala de Columnas del Círculo de Bellas Artes de Madrid. Mario Vargas Llosa entró acompañado de su actual pareja, Isabel Preysler, y decenas de fotógrafos aprovecharon el momento. Una vez tranquilizado el ambiente y con el escritor sentado en primera fila, Pilar Reyes, editora de Alfaguara, inició la presentación recordando a Carmen Balcells, la gran agente literaria de las letras hispanas. Cinco esquinas, confesó Reyes algo nerviosa, fue la última novela que leyó Balcells antes de morir.

La decimosexta novela del autor limeño es un thriller que denuncia la utilización que se hizo de la prensa amarilla durante la dictadura de Fujimori y Montesinos. A pesar de que en un principio se planteó una novela policial, acabó derivando hacia tintes más políticos y críticos con la sociedad limeña de los años 1990. Una historia que podría verse en cines, a pesar de que al autor no le entusiasme la idea por las malas experiencias que ha tenido en otras ocasiones. Montserrat Domínguez, quien moderó el encuentro, señaló lo fluido del lenguaje pero también la cantidad de localismos de Perú que ha empleado en la novela. El escritor aclaró, citando a Bernard Shaw, quien decía que era capaz de distinguir la calle en la que vivía cada londinense por su acento, que también existe una gran diferenciación en los registros de los limeños, ya sea por su clase social, su edad, su barrio o el trabajo que desempeñen.

La actriz Aitana Sánchez-Gijón dramatizó el primer capítulo, que describe el encuentro sexual de dos jóvenes de la alta sociedad limeña, lo que dio pie a una serie de preguntas en torno al sexo por parte de Montserrat Domínguez. Vargas Llosa, sin esquivar ninguna pregunta, distinguió la pornografía del erotismo: mientras que lo primero no es más que instinto animal, el erotismo es una desanimalización del sexo que exige un alto grado de civilización.

A finales de este mes, Mario Vargas Llosa cumplirá 80 años, pero todavía sigue teniendo un cajón lleno de ideas que ir desarrollando y narrando en forma de libros. Tal vez ese tesón sea todavía mayor desde que en 2010 recibiera el Nobel de Literatura. Poco antes de la gala, contó Vargas Llosa, un amigo le previno que, más que ser un premio, se trataba de una sepultura. Él se dijo a sí mismo que nunca dejaría que el Nobel lo convirtiese en una estatua literaria. Y ha cumplido: desde entonces ha publicado El sueño del celta, El héroe discreto, Los cuentos de la peste y el ensayo La civilización del espectáculo.

Mario Vargas Llosa se sintió a gusto hablando de libros, de recuerdos, de su infancia y amistades en Perú, pero también de sus sueños literarios en el París de los años 1960. Su momento más feliz como escritor no se lo dio el Nobel, sino la noticia, comunicada en una cena improvisada con Carmen Balcells, de que Antoine Gallimard había decidido incluir sus obras en la colección de La Pléiade, una de las más exquisitas de las editoriales europeas.

Pero también conocimos lo último que ha leído y le ha entusiasmado, pasando por diferentes géneros y países, desde La forma de las ruinas de Juan Gabriel Vásquez al riguroso ensayo de Javier Cercas El punto ciego, donde se plantea la idea de que las grandes novelas no ofrecen respuestas, sino que plantean preguntas. No escatimó elogios para el autor de Soldados de Salamina, a quien considera uno de los escritores más interesantes de la actualidad y a quien sigue desde hace años.

El encuentro finalizó en poco más de una hora, entre risas amables y un repaso de la política actual de Estados Unidos, Perú y España, que despachó alertando de los peligros del populismo en América y Europa, ante lo que se muestra esperanzado por el alto grado de responsabilidad que las sociedades occidentales han alcanzado en los últimos años.

Vargas Llosa todavía tiene mucho que contar. La edad y la experiencia de tantos años dedicados a la literatura le han dado una visión privilegiada, que le permite echar la vista atrás y repasar los grandes temas de su vida, rastrear en su memoria los recovecos por los que su biografía ha fluido y mezclarlos entre realidad y ficción. Era imposible salir del Círculo de Bellas Artes sin una sonrisa y con fuerzas para seguir perdiéndose entre esas letras que hablan de historias.

(Lee aquí nuestra crítica de Cinco esquinas.)