El monstruo de la violencia en Colombia

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texto NATALIA NOGUERA  foto MARTA CALVO

Juan Gabriel Vásquez escarba en ‘La forma de las ruinas’ (Alfaguara).

La historia de Colombia está escrita con sangre e impunidad. Aunque la frase parezca digna de Perogrullo, lo cierto es que ha sido más enunciada que explorada. No es el caso de La forma de las ruinas (Alfaguara), la más reciente novela “autoficcional” de Juan Gabriel Vásquez que investiga aquella retórica, y se adentra en dos crímenes irresueltos: los asesinatos de Jorge Eliécer Gaitán, en 1948 (cuya muerte provocó violentas manifestaciones en el centro de Bogotá y marcó el inicio del periodo conocido como "La Violencia", que duró una década y dejó un saldo de 300.000 muertos), y de Rafael Uribe Uribe (quien se había convertido en la figura más importante del liberalismo colombiano del siglo XX y fue asesinado por dos campesinos que le culparon de la crisis económica del país), en 1914. El escritor bogotano entiende y vive la pesadilla de las generaciones herederas de la violencia: estrellarse contra una pared de interrogantes sin respuesta a la hora de comprender cómo esas muertes ajenas les corresponden. Entonces, acoge la violencia como una herencia indeseable, pero aceptada y en proceso de ser asimilada.

¿Por qué aquellos dos magnicidios obesionan a un hombre del siglo XXI hasta el punto de la locura y la mezquindad? Esta duda persigue a Vásquez tras conocer a Carlos Carballo, personaje que representa en carne viva la teoría de la conspiración. Carballo está seguro de que no se ha dicho todo sobre esos asesinatos y trata de convencer al escritor de hacer un libro en el que revele otra verdad. Vásquez desarrolla una aversión profunda hacia Carballo pero lo escucha, sigue su historia, la reconstruye paso a paso, hasta que se desprende de su propia voz y seduce al lector con una teoría más o menos creíble. Cuenta, en un juego de espejos (reflejado en la historia de otro conspirador que inspiró a Carballo: Marco Tulio Anzola), hechos claves sobre la muerte de los dos líderes políticos. Y, cuando el lector ha caído, cuando se ha dejado arrastrar por las suposiciones, Vásquez se lava las manos objetando escepticismo y le abandona sin mapa. Es uno de los aciertos de la novela, ya que el autor se mantiene en su distanciamiento respecto a las teorías conspirativas que le han servido de guía.

Vásquez tuvo en sus manos una vértebra de Gaitán. Este despojo humano es un testigo inerte del “Bogotazo”, el día que murió ese líder político y que es origen de la violencia bipartidista que, a su vez, configuró el escenario de la guerra que se vive en Colombia a día de hoy. Es una pieza de un rompecabezas irresuelto que fascinó a Vásquez y se convirtió en el móvil de la novela. Y, sin embargo, el abono de la realización de la novela fue el nacimiento de sus hijas. Luego de conocer a Carballo y de reflexionar sobre lo absurdas que le resultaban sus ideas, Vásquez pensó en ellas: “Me pregunté si no era posible que una puerta se abriera en mi vida y por ella entraran los monstruos de la violencia, capaces de inventar estrategias y ardides para meterse en nuestras vidas, para entrar en nuestras casas y habitaciones y en las camas de nuestros hijos. Nadie nunca está a salvo, recuerdo haber sospechado, y luego haber prometido, con la zozobra secreta de las promesas sin testigo, que mis hijas sí lo estarían”. La forma de las ruinas es la conjunción de sus preocupaciones, como padre, como ciudadano y como autor, por el legado de la violencia.

La narración se mueve entre la realidad y la ficción. Como en otras de sus novelas (Los informantes, El ruido de las cosas al caer), Vásquez lleva aquí a cabo una investigación documentada sobre los sucesos que le atañen, pero, por primera vez, se transforma en personaje central del relato. El recurso “autoficcional” no es nuevo en su trabajo, pero en esta ocasión ocupa un mayor protagonismo. Esta decisión responde a una estrategia narrativa: usar el ensayo, la novela histórica y la investigación policial, y conectar los géneros con el recurso autobiográfico.

La virtud de este libro es desentrañar las vicisitudes de hechos violentos que algunos no recuerdan y que otros tantos no saben. Es hacer un ejercicio de memoria desde la ficción para explicar las deformaciones históricas que se han construido alrededor de la violencia. Y, así, desde las suposiciones, aventurar una luz que ayude a iluminar el panorama del pasado.