Para presumir hay que sufrir

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texto y foto MILO J. KRMPOTIC

Consumismo desatado y reivindicación femenina se dan la mano en ‘Mi bella adicción’ (Alianza), de Radhika Jha.

Radhika Jha nació en la India, cursó sus estudios universitarios en los Estados Unidos, está casada con un diplomático luxemburgués y reside a día de hoy en Pequín. Pero, dentro de tan internacional existencia (y nos hemos dejado alguna que otra banderita), hay un país que la ha marcado más que ningún otro: Japón, “la cultura más difícil en la que haya vivido y en la que jamás viviré”. Lo cual tiene mérito, habida cuenta que su currículo incluye la dirección de un proyecto de la Fundación Rajiv Ghandi para prestar una educación a los hijos de las víctimas de ese terrorismo que tanto ha azotado su tierra natal.

En cualquier caso, el choque de la escritora con el Sol Naciente, no exento de fascinación, podría entenderse como un reverso en los ámbitos doméstico y del ocio de aquello que Amélie Nothomb narró respecto al mundo profesional en Estupor y temblores. Y es que, al llegar a Tokio embarazada, Jha fue de inmediato consciente, dolorosamente consciente incluso, de dos cualidades nacionales muy concretas: la represión de las emociones y la escisión de los matrimonios entre una parte masculina devota de la empresa y una parte femenina que debe encargarse del hogar de forma no menos absoluta y maquinal. A la vez, constató que esa doble presión social, con lo que tiene de anulación de la propia individualidad, conducía a actitudes que podían parecer una forma de liberación, pero que a menudo acababan resultando igualmente desequilibradas.

Tal es el punto de partida de Mi bella adicción: casada con un empleado de banca tirando a anodino, madre aburrida y mujer acomplejada con su físico (del que solo aprecia sus voluminosos pechos), Kayo encuentra una válvula de escape ingresando, de la mano de su mucho más agraciada y afortunada amiga Tomoko, en un “club” de amantes de la belleza. Una belleza centrada concretamente en el terreno de la moda y, dentro del mismo, en los más caros modelos y accesorios de las grandes marcas. Pronto, no obstante, esa forma de auto-reivindicación se transformará en una adicción que tendrá nefastas consecuencias tanto para la economía familiar como para su propia salud mental.

Durante su visita a Barcelona para presentar esta novela (acto que amparó, además, una exhibición de baile odissi, del que es intérprete y profesora), Jha explicó que Mi bella adicción representa, en realidad, la primera entrega de una trilogía ligeramente inspirada en el cine de Yasujiro Ozu. Así, tras sumergirse en los infiernos del consumismo desatado desde una óptica de denuncia feminista, la autora acaba de abordar la espiritualidad nipona a través de la historia de un hombre que, a la muerte de su padre, debe hacerse cargo del monasterio sintoísta que este regentaba.