El hombre que mató al Rey de los Sueños

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texto MANU GONZÁLEZ

Neil Gaiman regresa con la colección de relatos ‘Material sensible’ (Salamandra).

Sí, como título acojona: "El hombre que mató al Rey de los Sueños". Pero estoy un poco harto de que a Neil Gaiman (Portchester, 1960) se le llame siempre el Rey de los Sueños por su obra en cómic The Sandman cuando resulta que, oh, spoiler, el tipo acabó con Morfeo en el penúltimo arco de su serie. Pero claro, Morfeo no estaba muerto (ni tampoco de parranda), porque… cómo matas una idea. Al final, el universo tiende a reestructurarse y ocupa su lugar y casi nadie recuerda al viejo cascarrabias que vestía de negro y se parecía un poco a Peter Murphy de Bauhaus. Pero ese cómic marcó a mucha gente y todavía es un verdadero best seller. En fin, creo, sin temor a equivocarme, que he escrito sobre Neil Gaiman más que nadie en España, y eso está bien. Está bien porque me sigue gustando, aun cuando no quiero que me guste. Sucedió con su anterior El océano al final del camino (Roca, 2014). Piensas: mira, otra típica historia de Neil Gaiman construida a partir de recuerdos falsos con muchas dosis de fantasía y peligro. Es como si Gaiman siempre contase la misma historia. Lo hizo con Neverwhere (1996) y con Stardust (1999), por supuesto. Luego se pasó a la literatura más juvenil y del mismo material surgen obras tan bellas como Coraline (2003), El libro del cementerio (2008) y El océano al final del camino.

Pues eso, que ya estoy cansado de que Gaiman me intente vender siempre la misma historia de crecimiento personal en un mundo de fantasía y, PAM, El océano... era precioso, lleno de lírica y poesía, a la altura de sus mejores obras, como Coraline. Normal que ganará el premio Locus en 2014, ese galardón que comenzó en 1978 con El Silmarillion de J.R.R. Tolkien y que Gaiman ha obtenido tres veces en su vida (y una solo su difunto amigo Terry Pratchett, cosa que es una injusticia, todo sea dicho).

Tuve la oportunidad de oro de entrevistar durante una hora y media a Gaiman en 2003 y todavía me gusta releer parte de esa charla. Actualmente, trece años después, me hace gracia encontrarme con un escritor bastante mayor, que acaba de tener un bebé con la cantante Amanda Palmer. En aquella época estaba todavía casado con su primera mujer y me hablaba de sus hijas de 18 y 9 años, y de su nueva vida en Estados Unidos. A principios del Siglo XXI, Gaiman me contaba que él, a diferencia de PG Woodhouse en 1953, podía escribir cualquier cosa porque no era una marca registrada, no tenía un estilo Gaiman y podía dedicarse a cualquier género literario como, por ejemplo, un libro de cocina pornográfico. Ahora, trece años más tarde, me encantaría debatir con Gaiman sobre esto último porque, tras Coraline, El libro del cementerio y El océano al final del camino (y varias obras anteriores), se puede afirmar sin lugar a dudas que existe el “Toque Gaiman” y cada vez va ser más complicado que el autor de American Gods pueda escribir lo que a él le dé la gana, huyendo de esas dos vertientes conocidas en su literatura: los grandes relatos mitológicos de aires costumbristas o esos pequeños cuentos de autoconocimiento con muchas dosis de fantasía. Hasta en su relato de ciencia ficción escrito a medias con Michael Reaves, Interworld, Gaiman utiliza este último patrón narrativo, en el que un chico normal descubre que existen las realidades alternativas. Un estilo literario que no deja de ser parte del camino del héroe descrito por Joseph Campbell en El héroe de las mil caras, y que tantas alegrías nos dio con casi todas las películas de ciencia ficción y fantasía de la década de los 1980.

Para descubrir al otro Neil Gaiman, aquel que puede escribir cualquier cosa (más o menos fantástica), tenemos que acercarnos a sus relatos cortos. Como en Material sensible, su nueva colección de veinticinco cuentos (más algunos poemas), que publica ahora la editorial Salamandra. Como en sus anteriores recopilaciones, Humos y espejos (1998) y Objetos frágiles (2006), esta nueva colección está llena de material que Gaiman había ido publicando en diversos sitios en los últimos años: revistas, colecciones, revisiones de obras antiguas o su propia y fecunda página web. Estas historias cortas incluyen la versión sin ilustraciones de La Joven Durmiente y el Huso (su revisión del cuento clásico), un cuento sobre Doctor Who (personaje que Gaiman ya había tratado en su serie y en cómics), la recuperación de un personaje de American Gods, otra historia sobre Sherlock Holmes, un par de cuentos de terror muy inquietantes (influencia de su admirado Lovecraft) y un homenaje al mismísimo David Bowie. Una oportunidad, por lo tanto, de descubrir al otro Neil Gaiman, aquel que un día pudo haber publicado un libro de cocina pornográfico (algo que ya hizo Tata Ogg en el Mundodisco de Terry Pratchett, todo sea dicho).