Cuando la Gran Manzana tenía gusanos de verdad

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texto MILO J. KRMPOTIC'  foto MARIO KRMPOTIC

Garth Risk Hallberg regurgita una Nueva York de leyenda en la monumental ‘Ciudad en llamas’ (Literatura Random House).

Hubo un tiempo en que Nueva York no era Nueva York. Pienso, evidentemente, en la divergencia resultante de superponer distintos planos temporales, tomando la ciudad actual como inevitable punto de partida. Sucede, no obstante, que la Nueva York a la que me refiero como referente primero de la paradoja que abre esta pieza, en ese buscarle las cosquillas a la tautología, huele mucho más a Nueva York, sabe mucho más a Nueva York, se antoja mucho más cercana al tacto de Nueva York que la Nueva York contemporánea. Hablo, en definitiva, de la Nueva York libre y salvaje de los años 1970 y 1980, la que aún no había sido presa de la cruzada puritana de Rudolph Giuliani, la que perfectamente podía albergar a prostitutas de rasgos infantiles y a macarras a una camiseta imperio pegados y a taxistas psicópatas que soñaban con erradicar la inmundicia de sus avenidas, la que a su vez venía de tocar el cielo haciendo el signo de la victoria y no se planteaba un futuro donde sus flamantes Torres Gemelas fueran agujero y cicatriz y agua que fluye en recuerdo de casi tres millares de vidas perdidas en una sola mañana.

Hablo, pues, de un lugar de mugre y maravilla (la urbe de hoy día, en su intento por erradicar lo primero, ha perdido bastante de lo segundo), de una esfera de vicio pero también de ingenua libertad, de un ámbito plagado de aristas cortantes pero excitante y seductor, cual la chocolatina con que te obsequia un extraño en medio de la calle durante la tarde-noche de Halloween. Un territorio doblemente mítico, pues lo es ahora gracias a esa caja de resonancia que llamamos tiempo (cuatro décadas y sumando) pero lo fue ya en su momento, cuando Garth Risk Hallberg acababa de venir al mundo (1978), cuando Garth Risk Hallberg era un ratón de biblioteca preadolescente que citaba la Gran Manzana como tercer vértice de un imaginario que completaban Narnia y la Tierra Media de Tolkien, cuando Garth Risk Hallberg se convirtió en un joven que se subía al coche armado con cintas de Patti Smith y Fugazi, que conducía ochocientos kilómetros desde Greenville, Carolina del Norte, y otros ochocientos kilómetros más hacia Greenville, Carolina del Norte, con tal de pasar las horas intermedias del fin de semana callejeando a la sombra de los rascacielos junto al resto de sus amigos poetas.

Y quien dice sombra dice fascinación. Y quien dice fascinación a tales extremos bien puede acabar diciendo regurgitación. Ese ha sido el caso, no exento de esfuerzo. Porque cinco años dedicó Garth Risk Hallberg a pergeñar su ópera prima novelesca y cinco años más empleó en redactar sus cerca de mil páginas. Una década completa durante la cual estuvo convencido de que nadie aceptaría publicar tamaño mamotreto, pero en la que también quiso reivindicar la novela-río en tiempos de charquitos cibernéticos, el negro sobre blanco ante quienes esgrimían las 625 líneas de The Wire como consecución última del género narrativo, un ayer vital y exuberante frente a un hoy que no dejaba de languidecer bajo el luto del 11-S. El resultado fue una Ciudad en llamas que discurre entre la noche de fin de año de 1976 y el gran apagón del verano de 1977, que le reportó un avance récord de dos millones de dólares por parte de su editorial norteamericana, y que consigue oler a Nueva York, saber a Nueva York, tener el tacto de Nueva York. La de entonces. La de siempre