El descubrimiento de su homosexualidad lo convirtió en “cucaracha”

Hits: 2742

 

texto  SANTIAGO BIRADO

El escritor Luisgé Martín se desnuda emocionalmente en “El amor del revés”

 

“Comencé a rezar para pedirle a dios que me permitiera enamorarme de una chica”. Tales eran las tribulaciones del escritor Luisgé Martín en los albores de la adolescencia, cuando descubrió con preocupación que le gustaban más sus compañeros de clase que sus compañeras. El amor del revés es el relato de esos años en los que pasó del pánico por su homosexualidad, a la ocultación, los intentos de cambiar sus pulsiones y su incursión en el amor de hombres.

Resulta especialmente conmovedora la parte inicial de su relato autobiográfico, en la que relata la soledad del chico que no se atreve a confesar sus inclinaciones homosexuales ni a sí mismo. Por supuesto tampoco a sus padre y muchísimo menos a los compañeros de colegio. “las admoniciones clericales y las burlas satánicas que oía en todas partes contra los homosexuales, comenzaron a forjar los trastornos de carácter que he tenido desde entonces”. Se siente “una cucaracha” que en cuanto alguien va a encender la luz, se oculta. En 1977 hizo un juramento de silencio: “entre los 15 y los 20 años de edad –la época más terrible y más gloriosa de un ser humano- permanecí quieto, escondido, educándome en el arte del fingimiento y en la simulación de todo”.

Trató de realzar sus modales más viriles en unos años en los que “no había personajes literarios ni cinematográficos, no había reyes ni cantantes ni deportistas famosos que tuvieran la misma tara. La homosexualidad, por tanto, era una aberración exótica sufrida por monstruos”.

El amor, sin embargo, es un imán poderoso. Su enamoramiento de un amigo en un verano caluroso fue la primera estación hacia la liberación, pero también hacia el sufrimiento. Descubrió que había más chicos como él, pero ese primer amor no fue correspondido. Aún haría un último intento de revertir esa mancha social de la homosexualidad y se sometió a una dura terapia psicológica conductista que le llevó a demenciales tratamientos que incluían ponerse pinzas de la ropa en la piel e incluso los testículos mientras contemplaba fotografías de hombres desnudos, a la manera de las terapias del rechazo por el dolor o el asco que se mostraban en la película La naranja mecánica. Pero el cerebro siempre pierde la batalla con el corazón.

Acabó aceptando su condición e inaugurando su vida de relaciones amorosas o, al menos eróticas. En encuentros clandestinos y las más de las veces fallidos, establecidos a través de anuncios por palabras, fue rompiendo el hielo de su vida. Hasta que fue encontrando otros chicos afines y descubriendo que no estaba solo y que la homosexualidad no debía ser sinónimo de ofuscación y tristeza, sino que podía vivirse en plenitud y felicidad.

Los bares de ambiente lo pusieron en contacto con un mundo más desinhibido y conoció a otros chicos con los que estableció “una amistad de circunstancias, utilitarista, fundamentada en la diversión y en la cacería sexual”. Aun así, no le fue fácil encontrar el amor en un colectivo promiscuo y voluble en sus relaciones, pero incluso esa valla la consiguió saltar.

Unas memorias escritas con ritmo de novela que a pesar de rememorar los tiempos oscuros y circunspectos del ayer, finalizan con la sonrisa del hoy de este escritor laboral, emocional y literariamente bien situado. Por tanto, reconciliado con el mundo, dentro de lo posible.