El descubrimiento de su homosexualidad lo convirtió en “cucaracha”

 

texto  SANTIAGO BIRADO

El escritor Luisgé Martín se desnuda emocionalmente en “El amor del revés”

 

“Comencé a rezar para pedirle a dios que me permitiera enamorarme de una chica”. Tales eran las tribulaciones del escritor Luisgé Martín en los albores de la adolescencia, cuando descubrió con preocupación que le gustaban más sus compañeros de clase que sus compañeras. El amor del revés es el relato de esos años en los que pasó del pánico por su homosexualidad, a la ocultación, los intentos de cambiar sus pulsiones y su incursión en el amor de hombres.

Resulta especialmente conmovedora la parte inicial de su relato autobiográfico, en la que relata la soledad del chico que no se atreve a confesar sus inclinaciones homosexuales ni a sí mismo. Por supuesto tampoco a sus padre y muchísimo menos a los compañeros de colegio. “las admoniciones clericales y las burlas satánicas que oía en todas partes contra los homosexuales, comenzaron a forjar los trastornos de carácter que he tenido desde entonces”. Se siente “una cucaracha” que en cuanto alguien va a encender la luz, se oculta. En 1977 hizo un juramento de silencio: “entre los 15 y los 20 años de edad –la época más terrible y más gloriosa de un ser humano- permanecí quieto, escondido, educándome en el arte del fingimiento y en la simulación de todo”.

Trató de realzar sus modales más viriles en unos años en los que “no había personajes literarios ni cinematográficos, no había reyes ni cantantes ni deportistas famosos que tuvieran la misma tara. La homosexualidad, por tanto, era una aberración exótica sufrida por monstruos”.

El amor, sin embargo, es un imán poderoso. Su enamoramiento de un amigo en un verano caluroso fue la primera estación hacia la liberación, pero también hacia el sufrimiento. Descubrió que había más chicos como él, pero ese primer amor no fue correspondido. Aún haría un último intento de revertir esa mancha social de la homosexualidad y se sometió a una dura terapia psicológica conductista que le llevó a demenciales tratamientos que incluían ponerse pinzas de la ropa en la piel e incluso los testículos mientras contemplaba fotografías de hombres desnudos, a la manera de las terapias del rechazo por el dolor o el asco que se mostraban en la película La naranja mecánica. Pero el cerebro siempre pierde la batalla con el corazón.

Acabó aceptando su condición e inaugurando su vida de relaciones amorosas o, al menos eróticas. En encuentros clandestinos y las más de las veces fallidos, establecidos a través de anuncios por palabras, fue rompiendo el hielo de su vida. Hasta que fue encontrando otros chicos afines y descubriendo que no estaba solo y que la homosexualidad no debía ser sinónimo de ofuscación y tristeza, sino que podía vivirse en plenitud y felicidad.

Los bares de ambiente lo pusieron en contacto con un mundo más desinhibido y conoció a otros chicos con los que estableció “una amistad de circunstancias, utilitarista, fundamentada en la diversión y en la cacería sexual”. Aun así, no le fue fácil encontrar el amor en un colectivo promiscuo y voluble en sus relaciones, pero incluso esa valla la consiguió saltar.

Unas memorias escritas con ritmo de novela que a pesar de rememorar los tiempos oscuros y circunspectos del ayer, finalizan con la sonrisa del hoy de este escritor laboral, emocional y literariamente bien situado. Por tanto, reconciliado con el mundo, dentro de lo posible.


 

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Comentarios (1)

  • Invitado - Hugo Mora

    Es un libro que me gustaría leer. Este escueto, pero revelador resumen, es la historia de muchos como él. Yo mismo pasé por esas terribles etapas en que me cuestionaba el por qué de mi diferencia. Y no quería aceptarla. No tenía a nadie en la familia a quien confiarme y de quien esperar ayuda. Tampoco amigos o conocidos de confianza. Me aislé y busqué información en la biblioteca pública. ¡Qué desilusión! En todos esos libros consultados yo resultaba ser un enfermo, un vicioso, un pecador, hasta un delincuente comparable a un malhechor cualquiera, etc. Con el tiempo, sobre todo cuando me quité el lastre de la religión de encima, me encontré a mi mismo. Hoy, ya bien entrado en mis setenta y tantos años, veo hacia atrás y comprendo que hice lo correcto con mi vida. Sin embargo, en el pequeño país donde nací y vivo, falta mucho por hacer en ese campo afectivo de lo humano: la lucha por los derechos humanos de personas como yo, sigue siendo difícil, sobre todo por el inmenso poder político de las religiones organizadas como un poder paralelo al del Estado. A menudo pienso cuánto ha perdido la humanidad en estos siglos con la represión de estos legítimos sentimientos. Si uno compara las creaciones literarias relacionadas con la afectividad homosexual con lo ocurrido en más de veinte siglos ensombrecidos por el oscurantismo religioso, se queda pasmado uno ante tanto literatura que no se escribió por el miedo a las autoridades políticas y religiosas; o que, si se escribió, nunca vio la luz por ese mismo miedo o porque esas mismas autoridades lo destruyeron, incluso hasta con la persona del autor. Es la tragedia aún no escrita de esos sentimientos perdidos irremediablemente, que ahora apenas están comenzado a renacer no solo en la literatura, sino en las ciencias y las artes, incluyendo felizmente al cine.