Lobos no tan feroces

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texto  SANTIAGO BIRADO

 

El debate sobre la conveniencia de reintroducir especies depredadoras en sus hábitats tradicionales de los que han desaparecido es espinoso. En España, la reintroducción del oso en los Pirineos ha levantado no pocas controversias entre los ambientalistas y los ganaderos, que temen el zarpazo en sus rebaños. El debate está en muchos otros países. Recientemente, se armó la marimorena en la pacífica Noruega por la intención del gobierno de echarse atrás en la reintroducción del lobo en ciertas zonas del Norte del país debido a las protestas de agricultores que han visto perder alguno de sus animales.

En La frontera del lobo, Sarah Hall sitúa con especial habilidad esta cuestión con el relato de la peripecia de la zoóloga Rachel. Trabaja metida hasta la cejas en su proyecto de reintroducción de lobos en la frontera entre Canadá y Estados Unidos en Idaho, en un ambiente aislado, como si fuese una base lunar en aquellos parajes deshabitados. La enfermedad terminal de su madre, con la que nunca se llevó bien, le trae más quebraderos de cabeza que la manada de lobos monitorizada que controla a través de chips y trabajo sobre el nevado terreno.

Sin embargo, la muerte de su madre y un embarazo no deseado, la hacen salir de su base marciana de Idaho y volver a casa a la confortable Inglaterra. Allí le espera un trabajo que inicialmente había rechazado: el proyecto de un adinerado terrateniente de reintroducir una pareja de lobos que críen en la región norte de Inglaterra fronteriza con Escocia, tras haber desaparecido hace años de la zona. El proyecto, vallado y controlado electrónicamente, tiene las máximas medidas de seguridad. Y Rachel conoce muy bien a los lobos desde pequeña. Sabe que tienen escaso interés en los humanos. Aun así, de inmediato hay manifestaciones en contra de madres aterradas porque sus bebés puedan ser devorados por esos cánidos sanguinarios e incluso empieza a recibir amenazas anónimas. De hecho, empezarán a suceder extraños sabotajes que ponen en riesgo un proyecto que inicialmente debía ser tan apacible como poco menos que un zoo al aire libre. La gente del lugar se manifiesta en contra. Las madres protestan porque sus bebés pueden ser devorados por lobos, pese a que están en un lugar aislado y vallado. Encontrará gente que la apoye, como el veterano veterinario, y otros que la tengan en su punto de mira, como el conservador de la finca, preocupado por los corzos (no exactamente por la salud de los corzos, sino porque estén disponibles para los cazadores de dos piernas con escopeta).

Al final, habrá problemas, claro. Los lobos también tendrán algo que decir en todo esto. La reflexión que nos deja la novela es que los debates conservacionistas se enconan a menudo en posiciones donde hay mucho ruido y muy poca información, por ambos bandos. Un mayor conocimiento de los comportamientos animales y del modus operandi en cada caso de los procesos de reintroducción –que sólo tienen sentido si están bien planificado y con la garantía de poder hacer un seguimiento continuado por parte de profesionales- clarificaría muchos miedos y distorsiones.

Que el lobo no es tan feroz como lo pintan, lo explica de manera divertida el cuento El lobo hace huelga, de Christophe Pernaudet con ilustraciones de Sébastien Chebret, publicado por la editorial Juventud.

El lobo del cuento de Caperucita se declara en huelga de maldad y se niega a aparecer nunca más en las fábulas, harto de ser el villano de todos los relatos. Esto supone un cataclismo en el mundo de la fabulación… ¿Cómo habrá cuentos si no hay un lobo malo al que vapulear?