Sin poesía, no hay futuro

 

texto   Enrique Villagrasa Foto: Vera Benavente

 

 

El poemario supersónico de Raúl Herrero

 

En este poemario, Sombra salamandra (poesía supersónica) (Libros del Innombrable), de Raúl Herrero (Zaragoza, 1973), hay plurales ecos por las esquinas del verso, desde ecos de religiones y mitos, aventuras y hazañas, hasta de logros y tragedias, tal como sucede en nuestro acontecer diario: o sea, ni más ni menos, que desde el mismo Drácula al arcángel Gabriel, pasando por los pitufos, Abraham, Leviatán, el hombre menguante, Dios, los humoristas Tip y Coll, los Frankenstein y su monstruo, Pan, el hombre lobo, don Quijote, el zar, el Misisipi, Júpiter, el Cristo de la Luz, el Verbo, Ariadna, Terpsícore, Chaplin, los hermanos Marx, Luis Aguilé, los Beatles, entre otros muchos, sin señalar las citas de otros tantos poetas: desde Cirlot a Arrabal, pasando por Góngora, Chicharro, De Cuenca o Fernández Molina...

Pero llama la atención que las evocaciones que pergeña y que le llevan a construir sus poemas nos dan cuenta de hasta qué punto el poeta se convierte él mismo y no otro, ese su yo poético, en creador de mitología humana. Creo que Herrero tiene claro que a la poesía nada de lo humano o lo divino le es ajeno: “el Verbo hecho carne y centeno”.

El poeta Raúl Herrero nos demuestra cómo él percibe su universo y cómo se ve él en ese universo desde su asombrosa capacidad de reflexión y de recreación lírica: aderezada toda con grandes dosis de humanidad mostrando una poesía humanista. Desde las raíces culturales que le son propias hasta el monólogo dramático tenso, amplio, profundo con la filosofía, con la historia, con lo material y espiritual, la ascética y la mística; con la realidad externa a él mismo. Y logra lanzar el verso más allá de sus propios límites infinitos. Relee y reinterpreta nuestros propios fundamentos: nuestro origen, nuestro lugar en el mundo; también lo que nos une a los que celebramos y festejamos la belleza de la vida y del mundo desde hace algunos años y “Como el navío golpea el casco del iceberg”.

El poeta invoca a la sabiduría y a la poesía en cada uno de los textos y es en ellos donde se aprecian las invocaciones, que a su vez, originan la respuesta a través de la misma palabra poética: el poema 11 de La sombra de la salamandra, es el mejor ejemplo. Predomina en cada uno de los poemas ese aura de espiritualidad franciscana, que le tiene amarrado y que respira y trasmite en lo que hace. Es no cabe duda un paisaje al que el poeta sabe que pertenece en este su camino. Y es y será su paisaje de salvación lírica y vital.

Último libro hasta la fecha que es más un trayecto que un destino y en el que cuenta el devenir telúrico más que el llegar al destino: “(Los goznes del féretro apenas callan/ y la sangre sedienta sigue en los labios). Versos de su poema Drácula vuelve de la (su) tumba con los que el poeta abre su Sombra salamandra, plagada de mitos y seres. Este poema inicial plantea el contenido de su quehacer literario y también, repasa y da cuenta de la poesía y de los poetas, con fina burla: “He alimentado palabras prudentes/ y necedades selectas./ Mis laceradas manos/ han enguantado miles de páginas;/ he perpetrado poemas carentes/ y horrendos. (Bardos abismales/ se proclaman señores de la planicie)./ Me he sosegado en sillones,/ banquetas, reclinatorios y taburetes,/ también en el asfalto del aparcamiento.”

Tras los primeros poemas llegan los fragmentos líricos con detalle de sentencia breve al terminar cada uno de los 19 textos: desde “Algunas ausencias sanan siglos.” Hasta “… Mel-qui-se-dec la nada espumea y esplende”, pasando por “Ni siquiera en las letrinas se enfanga la luz.” O “Lo que nace en la unidad perece en la unidad.” Y, también “La belleza es artificio de la divinidad.”

El viaje vital del poeta continúa con el poema El Arcángel renacido y el genial poema La poesía prendida de mi chaqueta como una tortilla babosa. Después viene la parte central ya citada, La sombra de la salamandra, con 11 poemas numerados y siete poemas sueltos, uno de estos se lo dedica a su hijo, de corta edad, e ilustrador del poemario Hermes Antonio y es, no cabe ninguna duda, un alarde de poema ante la generosidad de las ilustraciones, que acaba así: “Lo que tú eres yo lo fui,/ pero hoy tú ya eres lo que yo me veré.” Que recuerda a ese verso de Quevedo en el soneto ¡Ah de la vida!:soy un fue, y un será, y un es cansado.”

Y el siguiente poema dedicado a Esther Martín, que termina con el mejor deseo: “Ojalá el martirio/ te devuelva la vida.” ¡Cuánta belleza, cuánto amor y cuánta generosidad, también, encierra este poema!

Es pues este poemario, que merece un lugar entre los clásicos, quien revive en la poesía de Herrero como punto de partida y lugar de regreso de un nuevo ciclo vital profundamente lírico con vocación de alma familiar. No creo equivocarme al decir que este libro es un punto de anclaje vital de Raúl donde la poesía, su poesía, invoca la profundidad humana de su mirada interior volcada al exterior: todo espacio y tiempo o la gabrielización de la poesía, que dice el poeta en sus poemas finales, con sorpresa incluida: es que las trompetas y el jazz tienen estas cosas.

Creo que la escritura de Raúl Herrero es un bien necesario para que evolucione el resto. Pienso que sus técnicas llegarán a la poesía más básica. Y afirmo que sin poesía no hay futuro y el poeta lo sabe y por eso ha escrito Sombra salamandra (poesía supersónica), que supera sin esfuerzo la velocidad del sonido.

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