Subir la cuesta de enero a ritmo de verso

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texto  ENRIQUE VILLAGRASA

2017 puede ser un año muy poético

Tal vez y solo tal vez 2017 sea el año que dará la medida sobre la capacidad lírica de la poesía española. Es de esperar que la falta de una mayoría de un grupo de poetas sólido, o aparentemente sólido, dé como fruto una mayor agilidad y flexibilidad para que distintas capillas y cuadras lleguen a acuerdos que repercutan en beneficio de los lectores a los que buscan desesperadamente.

Después de muchos años de esfuerzos por parte de editoriales pequeñas y atrevidas, también alguna grande y posicionada, y hogares lectores, la poesía española está bien puesta sobre sus versos, con un par: se ha avanzado, pues, en la necesaria huida de las grandes editoriales, donde la narrativa es más rentable.

Pero la incertidumbre prevalece. Esto es cada vez más evidente en el plano estatal, pero en el ámbito casero no se pueden obviar los desequilibrios que ha generado la crisis. Por eso, no es el momento de que la poesía encalle en diatribas, sino el de abordar con decisión los planteamientos necesarios, pues urge ese planteamiento poético de la realidad.

Es cierto que los lectores son cada vez más resistentes y el estado general de la poesía es mejor que años atrás. Tenemos hasta poetas raperos y grandes editoriales que apuestan por cantautores jóvenes que tienen centenares de seguidores en las redes sociales.Pero uno que es más tradicional que la pana siempre apostará por valores como Antonio Gamoneda, Jesús Hilario Tundidor, Antonio Colinas, Pere Gimferrer, Cristina Peri Rossi, Manuel Ruiz Amezcua, Manuel Gahete, Fernando de Villena (el bueno), Ángel López o Joaquín Benito de Lucas, sin ir más lejos; quienes han publicao este año que se ha ido al galope señeros pomearios.

Este 2016, nos ha dejado también la antología personal de este gran poeta que es Vicente Muñoz Álvarez (León, 1986), que con el título de Gas (Lupercalia), sorprende a propios y extraños, donde expone esa veintena de años dedicados a la poesía y encontrando en sus versos la belleza de lo cotidiano, en cada momento, aunque sople el cierzo de mi tierra, allá en León. El poeta hace brillar la sombra y se mantiene firme en su andadura poética y escribe sobre: “lo que se siente/ al penetrar la carne/ y desgarrar la herida”.

Otro de los poemarios que me deja sin aliento es el de la gran poeta Concha García (La Rambla, Córdoba, 1956), Las proximidades (Calambur), donde la mirada de la poeta se hace poesía: “Nadie nos esperaba/ ni cuando entraste radiante/ ni cuando te fuiste inclinada.” ¡Ahí es nada!

O el de Brenda Ascoz (Torrejón de Ardoz, 1974), Llorona (Siltolá), donde se realiza el misterio de la transustanciación, en estso versos hondos y tal vez dispersos de esta poeta grande: “mi nombre que borré con rabia y tristeza,/ y a mi lado, la mirada esquiva de Julia”.

Sin olvidar al poeta Juan Luis Calbarro (Zamora, 1966), Caducidad del signo. Poesía reunida (1994-2016) -Editoria Regional de Extremadura-, quien da la mejor de sí, lo que en poesía siempre es de agradecer, y nos muestra desnuda su verdad poética: “Y las huellas que un día cultivamos/ tan demoradamente/ dejarán de latir/ o de pertenecernos.”

Y el poemario Rocinante (Chamán) de Alfred Corn, enorme poeta norteamericano, con traducción, selección y prólogo de Guillermo Arreola, donde nos deja ver el poeta toda su trayectoria poética: “en cada imagen una rima el frío ha gravado.” Y donde homenajea a Cervantes narrador y poeta, y plasma la metáfora del caballo cual devenir telúrico de la existencia: “Apartado en la casa de tus pensamientos/ no oyes nada. De unos labios separados se desprende/ una palabra expuesta (…).

O/ y finalmente El primer día (Siltolá), del poeta Julio César Galán (Cáceres, 1978), donde se da cuenta y coincido con Eduardo Espina de que la escritura es todo lo que viene después de haber leído. Y ojalá todos lo tuviesemos tan claro, tanto jóvenes como mayores: “Tengo la llave, ahora solo tenemos/ que desalojar el miedo a quedarnos/ dentro por tanta luz, por tanto deseo/ de nubes.” Y no quiero acabar esta mirada al 2016 desde su último día, son las 16.30 horas del 31 de diciembre cuando esto escribo en Tarragona, sin copiar estos versos de Gustavo Adolfo Bécquer que tanto me sorprenden: “Como el mundo es redondo, el mundo rueda;/ si mañana, rodando, este veneno/ envenena a su vez, ¿por qué acusarme?/ ¿puedo dar más de lo que a mí me dieron?