Annie Proulx: “Me aburre soberanamente la ficción estadounidense centrada en familias disfuncionales”

 

texto ANTONIO LOZANO  foto ARCHIVO

 

En “El bosque infinito” relata el arboricidio de millones de árboles en el Norte de América. La visitamos en su casa de las afueras de Seattle

 

Hasta los 79 años Annie Proulx (Connecticut, 1935) no dio su brazo a torcer, no admitió que vivir sola en un rancho de seiscientos cuarenta acres, donde tenía que cuidar del ganado, cortarse la leña y recorrer dos horas para ir al dentista o hacer la compra empezaban a ser un problema. De modo que, con todo el dolor de su corazón, abandonó Wyoming, dejando atrás cinco mil libros (lo que asegura lamentar más) y a más de un vecino rencoroso que jamás le perdonó que escribiera un relato protagonizado por dos cuidadores de ganado homosexuales: Brokeback Mountain. Se trasladó a Seattle mientras buscaba una casa en las afueras con algo de terreno y que incorporara la capacidad de mantener la ilusión de vivir ajena a los rigores de la civilización. Acostumbrada a estar en contacto con la Naturaleza desde niña -por sistema sus padres la llevaban a ella y a sus cuatro hermanas de acampada, siendo su madre una naturalista aficionada que las introducía en los pormenores de la flora local, mientras que su padre era un apasionado de la pesca-, la ciudad le pareció una pesadilla de gente y tráfico. Al cabo de un año adquiría un terreno de cinco acres en Carnation, una localidad a cuarenta y cinco minutos en coche del centro de Seattle. Rodeada de bosque, con un horizonte despejado en el que se divisa una cadena de montañas en territorio ya canadiense, visitada esporádicamente por osos, ciervos y águilas, Proulx escribe, lee y cuida de un invernadero que la provee de tomates y lechuga. Lamenta que el cuerpo ya no le dé para cazar aves o ir en canoa.

De todo esto es informado el periodista durante los primeros minutos de paseo por su propiedad. A punto de sentarnos en el porche a tomar café, la escritora se detiene frente a un árbol majestuoso….pero también letal. “Estos van a poder conmigo” señala antes de detallar los ataques de asma, las jaquecas y la fatiga que le generan las esporas de los cedros rojos esparcidos por su terreno. “Los médicos han tardado un año en dar con el origen del mal y resulta que radica en estos ejemplares bellísimos a los que adoro”. Proulx, que durante su infancia y adolescencia cambió con mucha frecuencia de residencia por exigencias laborales de su padre (vicepresidente de una empresa textil), y que ya de adulta residió en lugares como Vermont, Montreal, Nueva Escocia, Nuevo México y Wyoming, parece condenada a la itinerancia. “Se diría que me he pasado la vida moviéndome de un sitio a otro, cada vez más al oeste, ¡casi que mi siguiente parada va a ser Japón! Desde muy niña me acostumbré a no echar raíces. Aprendía a no encariñarme con nada. Esto quizá moldeó un defecto de personalidad, consistente en una necesidad extrema de soledad, que podría explicar mi incapacidad para convivir con nadie mucho tiempo” (Proulx se ha casado y divorciado en tres ocasiones, y tiene cuatro hijos).

Esta combinación de aislamiento, introspección y escasa inclinación por la sociabilidad puede haber contribuido a explicar la fama de persona adusta y seca que la precede. Algunas entrevistas recuperadas por internet dejan constancia de su reticencia a la afabilidad y la calidez, su negativa a disimular cuándo una pregunta la ha importunado y la posterior afición a servir una respuesta cortante, cuando no ácidamente burlona. A ojos de este periodista, Proulx resultó ser una anfitriona solícita y generosa, con la que también es cierto que tomó su tiempo que pareciera relajada (un par de copas de vino blanco ¡del Penedès! contribuyen a la distensión) y que su sentido del humor escorara sobre todo hacia los comentarios mordaces servidos con una medio sonrisa. “No tengo ningún inconveniente en conceder entrevistas -llegó a comentar en un momento del encuentro-, pero no tengo paciencia para los periodistas que no se han leído el libro, ¡o al menos un trozo! y que, por tanto, nos hacen perder el tiempo a mí y a sus lectores o a su audiencia. Tendrías que ver el nivel que se encuentra una por ahí, en especial en Estados Unidos”.

Volviendo a los malditos cedros rojos, se antoja una ironía que raya la crueldad el que una de las escritoras de ficción que probablemente más se ha documentado sobre los árboles, y que más los adora, se descubra ahora víctima de ellos. Su presencia, como parte integrante de la Naturaleza sometida a la devastación procurada por el ser humano, inunda las páginas de El bosque infinito (Tusquets), un tour de force que marca su regreso a la novela tras diez años en los que sólo había alumbrado relatos. Árboles son lo que se dedican a talar René Sel y Charles Duquet en la Nueva Francia del siglo XVII bajo los métodos esclavistas de un colono francés hasta que sus destinos se separan: el primero huye para convertirse en un próspero hombre de negocios, mientras que el segundo echa raíces y contrae matrimonio con una india local. A través de 768 páginas, tres siglos y cinco escenarios (el antiguo Canadá, Estados Unidos, Nueva Zelanda, Europa y China) la autora perfila la suerte de diversos descendientes de estos dos hombres. Un millón de peripecias sostenidas sobre el genocidio indígena y ecológico.

Aunque puede resultar por momentos abrumadora dada la abundancia de personajes y senderos narrativos, y la minuciosidad con la que se aborda la descripción de escenarios y labores, supone una indiscutible obra maestra que consolida a Annie Proulx en el panteón de la ficción estadounidense y que está llamada a convertirse en un clásico. 81 años de curiosidad innata, amor por la Naturaleza, interés por la Historia, lecturas (sobre todo Historia, Historia Natural y ciencia), viajes y talento literario pulido reconcentrados en un libro que su responsable define orgullosa como “de la vieja escuela. Su tamaño y sus temas difieren de lo que llevan estando de moda desde hace mucho tiempo. A mí me aburre soberanamente la ficción estadounidense centrada en familias disfuncionales. Son una epidemia y todas son iguales. ¿Qué más queda por decir sobre las crisis matrimoniales y los problemas de la clase media acomodada?”.

Un inventario imposible

Otra afición (solitaria, cómo no) que solía apasionarla, que su avanzada edad ya le niega, y que estuvo en el origen de El bosque infinito, era la de cruzar Estados Unidos de costa a costa, desde la frontera con Canadá hasta la frontera con México. Hace treinta años se encontraba en la Península Superior de Michigan y tras haber conducido centenares de millas por carreteras desiertas se encontró en un cruce de caminos en el que colgaba un cartel en el que se leía lo siguiente: “En este lugar creció el mayor bosque de pinos blancos del planeta”. Tras comprobar conmocionada que no quedaba ni uno en pie, empezó a coleccionar libros sobre árboles, silvicultura y la industria maderera. Por aquella misma época, Proulx, ya entrada en la cincuentena, comenzó a escribir libros prácticos, artículos para una revista de horticultura y relatos en revistas. Estos últimos, algunos de ciencia ficción y otros protagonizados por tipos duros como cazadores, vaqueros y jinetes de rodeo, los firmaba con sus iniciales porque se publicaban en revistas masculinas. “A la novela literaria llegué bastante más tarde porque me daba muchísimo respeto, pensaba que sólo estaba al alcance de sabios y superdotados. Hasta que me crucé con algunas francamente malas y me dije que yo sabría hacerlo mejor”.

En la segunda planta de su casa de estilo rústico -nada recargada y en la que predominan los tonos claros- posee un espacioso y despejado estudio con varias ventanas por las que entra la luz y el verdor exterior masajea la vista. Una librería entera está consagrada a los títulos que empleó para documentarse de cara a escribir la novela: en sus páginas ha encontrado desde plantas medicinales al funcionamiento del negocio de las pieles y las pelucas en la Ilustración, desde las creencias animistas de los indios mi´kmaq a la milenaria caligrafía china. Tras un armario asoman una docena de cajas con el título del libro escrito con rotulador. Proulx va extrayendo fotografías, cuadernos, diagramas, mapas. “Es imposible hacer inventario de todo lo que acabó entrando su sitio en El bosque infinito. Piensa que he reelaborado entradas tomadas en mis diarios consagrados a la caza de aves, recuerdos garabateados en los blocs de notas que me llevé al Amazonas cuando tenía veinte años o apuntes de un viaje reciente a Nueva Zelanda para explorar su flora y su fauna. Fui acumulando en el papel y en mi cabeza un volumen ingente de información y datos. Supuso un alivio poder verterlo finalmente en la novela, aunque casi me vuelvo loca controlando la fiabilidad de la cronología y de las ramas genealógicas. Cada vez que introducía algún cambio debía realizar un sinfín de comprobaciones y ajustes”. La escritora muestra dos libretas de tamaño A3 en las que tiene registrados todos los movimientos, con sus respectivas fechas, de los Sel y los Duquet . “Por otro lado, te diré que tenía la sensación de poder seguir de manera casi infinita. A sugerencia de mi editora corté ciento cincuenta páginas y renuncié a mi deseo de añadir un epílogo en Indonesia que habría ocupado otras tantas”.

Tras un parto tan extenuante Proulx se ha tomado un tiempo de descanso y sospecha que volverá al relato. “Sin ninguna duda es la forma literaria más exigente, donde cada palabra cuenta. Ahora veo que, como cualquier escritor, debería haber empezado por las novelas y no por los cuentos. No creo en los talleres de escritura creativa -de aquí que jamás haya aceptado un puesto como profesora en ninguno- porque además de que uno sólo aprende este oficio leyendo, la costumbre es arrancar en ellos trabajando los segundos. Menudo error”.

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