“La felicidad es una elección”

 

texto ANTONIO ITURBE   foto DAVID IGNASZEWSKI

 

Lorraine Fouchet  acaba de publicar “Entre el cielo y Lu”, una historia coral donde el enigma a resolver es el camino hacia la felicidad

 

Jo y Lu estaban muy unidos y con la jubilación iban a hacer realidad su plan de irse a vivir a una plácida isla de la Bretaña. Sus hijos viven en el continente, a más de 500 km de distancia, Pero el destino tiene sus propios planes y la muerte de Lu desbarata todo. Sin embargo, ella le hace una petición a Jo que no puede dejar de cumplir, una misión secreta que volverá coser los desgarrones de la familia y hará que de la tristeza brote un tiempo nuevo.

Este es un libro que habla sobre la felicidad… ¿Por qué cree que en la historia de la literatura tiene más prestigio la tragedia?

La verdad es que no sé porque pasa, pero pasa y no es justo. Cada vez que yo escribo un libro, tengo la opción de hacerlo terminar bien o hacerlo terminar mal y ya sé que no tendría las mismas críticas. En realidad, nosotros ya sabemos que nuestra vida va a terminar mal aunque no sepamos cuando, y la comedia nos hace felices, pero es menos intelectual. De todas formas, yo prefiero más compartir la felicidad que las lágrimas, aunque en mis novelas también hay muertes y momentos duros. Si la historia empieza bien, continúa bien y termina bien, al final no hay historia, uno se cansa de leer y deja el libro. Es por eso que mis personajes, en general, mueren al principio o a mitad de la novela.

¿Podemos influir en nuestra manera de ser felices?

La felicidad es una elección. Tengo una amiga psicoanalista con quien discuto mucho y que siempre me dice que hay personas cuyas vidas son un drama y que escogen ser felices, escogen encontrar las pequeñas cosas que les hacen felices. Sin embargo, hay otras personas con una vida fácil que escogen ser infelices. Yo escojo que mis libros aporten felicidad al lector aunque también sean profundos. Se trata de literatura feel good, pero no chick lit.

Habla del miedo al amor, el miedo a no estar a la altura. La naturaleza nos dotó del miedo como herramienta de protección… ¿pero puede también convertirse en nuestro peor enemigo?

Depende de la situación, pero el miedo es a menudo un motor, un estimulante. En el libro, la vida no trata del todo bien ni a Cyrian ni a Sarah. Él no se siente bien considerado por su padre e intenta demostrar que es alguien, tiene miedo de querer a sus hijos y tiene miedo también de quedarse en la isla con su primera mujer. Todo esto lo bloquea, lo deja petrificado. En cambio, Sarah es una mujer encantadora pero tiene una enfermedad y aunque el futuro le da miedo, ella decide hacer de su problema su fuerza. Por eso creo que uno puede hacerse amigo de sus miedos.

Cuando todo falla… ¿la familia es la última red de seguridad?

Creo que sí, incluso cuando la rechazamos. Como todo el mundo, hay momentos en los que yo hubiera querido estar sola o no he tenido ganas de ir a una reunión familiar, o hubiera preferido tener la familia que tiene tal amigo o tal amiga porque quizás todo hubiera sido más ligero, pero uno esta hecho de la familia a la que pertenece. Yo nunca seré morena ni nunca me pondré morena porque yo soy rubia y si me tumbo al sol me convierto en una gamba, y algo parecido pasa con el alma y con los sentimientos. Yo soy la gamba y está bien ser una gamba. Yo creo que lo que queda cuando no queda nada es el amor. A menudo al hablar del amor, uno piensa en el amor de pareja, en el amor adulto, en el amor con sexo, y no en el amor por los padres, que también nos hace falta. Queremos el entrante, la paella y la crema catalana, y también queremos el amor de nuestra familia, que pueden ser los padres, los abuelos... y luego queremos el amor adulto. Así que sí, la familia es un puntal importante.

Usted estudió medicina... ¿cómo se deriva del estudio del cuerpo humano del médico al del espíritu, del escritor?

Cuando era pequeña, era hija única. Cuando llegaba a casa leía libros para niños y luego cogía a esos personajes y escribía historias. Así yo tenía a mis amigos de papel. Más tarde, cuando fui médico de urgencias, los pacientes eran pacientes de verdad, no era yo quien los escogía. Yo no los escogía ni a ellos ni a sus enfermedades, pero tenía que arreglármelas para tranquilizarlos y curarlos. Lo maravilloso de la escritura es que puedes escoger. Escoges el escenario, en este caso yo escogí la isla de Groix pero en otros libros he escogido otros lugares, y también escoges la psicología y los personajes, aunque finalmente una cosa depende de la otra porque todos los pacientes que he visto a lo largo de mi vida continúan en un rincón de mi cabeza, igual que todos los libros que he leído. Todos tienen un pie, una mano, una oreja en mis libros. Por lo tanto, todo es lo mismo. Lo uno te lleva a lo otro. Y si solo tenemos una vida, tenemos que ver el máximo de cosas posible.

Su padre conoció a gente extraordinaria del mundo cultural de la Francia del medio siglo… ¿quién de toda la gente que vio pasar en su infancia la impresionó más?

Tengo un recuerdo un poco vergonzoso con mi padre. Un día, cuando era pequeña, Malroux, Moreau y Mauriac estaban en casa y mi padre me dijo que eran unos grandes escritores. En la escuela yo aprendía acerca de Victor Hugo y en casa leía Enid Blyton y les pregunté si eran tan importantes como Hugo y Blyton. Mi padre me miró con los ojos bien abiertos y me dijo: «¡Esas cosas no se preguntan!» y Mauriac, con su voz rota me dijo: «Yo soy un viejo poeta...» Lo recuerdo muy bien.

Su padre conoció a Antoine de Saint-Exupéry…

 Mi padre incluyó unas páginas preciosas en su libro de memorias donde dice que Tonio es un desaparecido (es porté manquant, la expresión que se utiliza en el ejército cuando desaparece un militar) y que lo echa de menos. Cuando era pequeña, mi padre me regaló un disco que estaba muy de moda en el que había El principito narrado por un actor, y lo escuché en casa. Hace cuatro años escribí un libro donde incluí un diálogo con mi padre y me di cuenta de hasta qué punto fue importante para él darme el libro de su amigo y un disco en el que alguien que no era Tonio leía los capítulos que Tonio le había leído a él por teléfono. ¡Necesité 40 años para darme cuenta!

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