Steve McCurry, de fotógrafo de culto a fotógrafo bajo sospecha

 

texto NATALIA NOGUERA

Trata de redimirse de su idilio con el Photoshop con un libro de imágenes sobre la lectura. Hablamos con él en Barcelona

Steve McCurry estaba molesto. Eran las 6.30 de una tarde ya sin sol. Antes de la presentación de su más reciente libro, Sobre la lectura (Phaidon), el fotógrafo debía responder las preguntas de varios periodistas. Para la mala suerte de los últimos (entre ellos Librújula), su paciencia se quebró. El artífice de la legendaria foto La niña afgana, profesional de la reputada Magnum y National Geographic, no tomó bien las preguntas relacionadas con la polémica causada por el retoque digital en algunas de sus fotografías. Tras terminar la entrevista para uno de los principales diarios de España dijo, “no más”.

 Vestía camisa azul, chinos café, bambas. Había aterrizado al final de la mañana en Barcelona y apenas tuvo tiempo para comer. En seguida se dedicó a atender medios. A veces, los entrevistados hacen salvedades: prefieren no hablar de esto o aquello. McCurry, sin embargo, parecía dispuesto a hablar de todo. Incluso, de la controversia que estalló en mayo de este año, cuando un fotógrafo posteó en su blog pruebas de que algunas de sus fotos habían sido manipuladas: un poste en otro sitio, dos hombres eliminados, un niño menos. Su carrera de fotoperiodista se puso en cuestión. Fue necesario que emitiera un comunicado a la opinión pública, mediante el que declaraba que no es un fotoperiodista, sino “un contador de historias”. Que, además, los errores fueron cometidos por su grupo de ayudantes. Y que “los años de cubrir zonas en conflicto están en el pasado lejano”. De una u otra manera, concluía que había cambiado. Sí fue fotoperiodista, ahora no lo es. Ergo, puede transformar imágenes.

 Este debate plantea preguntas. ¿Debe un fotógrafo declarar cuándo ha retocado sus imágenes? Si el periodismo busca retratar una realidad, ¿transformar algún detalle de las fotos, así sea mínimo, no sería acaso manipular la historia? ¿Es necesario etiquetar la labor fotográfica como estética, documental o publicitaria? Una respuesta apresurada a estas dudas sería sí, pero esos interrogantes se han quedado en el debate público. McCurry, aunque se negó a conceder entrevista uno a uno con Librújula, respondió algunas preguntas por correo. Evitó las preguntas relacionadas con la controversia y con la situación de Sharbat Gula –la protagonista de su icónica imagen que por esos días fue deportada por viajar con documentos falsos–, pero habló del libro, de sus visiones sobre la fotografía y su trabajo a través de los años.

Durante la presentación del libro, explicó que Sobre la lectura resultó de varias décadas de fotografías. Que durante muchos años se dedicó a encontrar personas con lecturas: libros, periódicos o revistas, para componer imágenes íntimas, que hablaran de la relación entre la gente y las letras. Nunca, ha dicho, habló con sus sujetos fotografiados. Como un cazador furtivo, apuntaba con su cámara. Componía, hacía la imagen y se iba. El resultado, es una serie de fotos poéticas que idealizan la relación entre humano y letras.

 Tenía poco más de 30 años cuando se mudó a Nueva York. En aquel entonces, se iniciaba en el mundo de la fotografía. Dio la casualidad de que el edificio en el que se instaló era el mismo en el que vivía André Kertész, fotógrafo húngaro. Corría la década de los 80 y Kertész ya era reconocido como un talentoso artista en el medio. Una de sus series –publicada recientemente y por primera en español por Periférica y Errata Naturae– se llamó Sobre la lectura. Retrataba, justamente, a personas con textos. Y, así como McCurry se había inspirado con el trabajo de Henri Cartier-Bresson, Elliott Erwitt, Walker Evans, Dorothea Lange, August Sander o Paul Strand, el de Kertész fue el origen de este libro que presentó tres décadas después. Sobre la lectura es un homenaje al retratista húngaro: “es un guiño a las fotografías de la lectura de Kertész y es una selección de varias décadas de mi trabajo”.

 En las imágenes de McCurry hay una búsqueda estética. Retratan una cierta intimidad, aquella que se produce cuando un lector se entrega a eso que lee, a ese momento tan personal y propio. Su virtud –además de un talento indiscutible para componer imágenes– radica en la espera: estar atento al momento en que se crea la atmósfera. “Mucho en fotografía consiste en esperar al momento exacto cuando la personalidad de alguien se revela. Mi libro muestra a gente de todo el mundo, joven o vieja, rica o pobre, todos leyendo. Leen mientras esperan en una estación de tren, en un templo o en un parque. Comparten su humanidad”, explicó. La lectura, sin importar identidades, nos conecta a todos, “nos recuerda que todos somos lo mismo: que compartimos nuestra humanidad”.

 Así: un trabajador de lo que parece ser una fundidora serbia tiene los ojos clavados en un periódico. Detrás suyo arde el mundo. En Jammu, India, cuatro niñas están sentadas en el suelo de un salón de clases, con sus textos escolares apoyados en el regazo. Tras ellas, arrumados están los pupitres. Más lectores en la ciudad de Bursa, Turquía. En el Monasterio de Beopjusa, en Corea del sur. Las letras como forma de identificarnos como humanos, más allá de la raza o el origen.

En el curso de su carrera como fotógrafo, McCurry ha viajado por todo el mundo. En sus tiempos de fotoperiodista declarado, cubrió el conflicto de Afganistán y la Guerra del Golfo en Irak. Hace un par de años retrató los abusos a los que se ven sometidas las trabajadoras domésticas en Hong Kong. También, ha hecho campañas de moda en lugares remotos, como la de Valentino en Kenia. McCurry considera que si alguien quiere contar historias puede encontrarlas en cualquier lugar. Sin embargo, hay un lugar que aparece como constante: “He visitado India más que cualquier otro país, y desde mi primera visita en 1978, he visto su transformación social y económica. No he encontrado otro país con una variedad geográfica y cultural tan rica en medio del caos y la confusión. Tengo una fascinación continua con India después de todos estos años: siempre es interesante y nunca se acaban las cosas nuevas allí”. En tres décadas de trabajo, ha retratado las muchas caras de India, sus comunidades, eventos espirituales, la peculiaridad de la gente. Además de La niña afgana, estas pueden ser sus imágenes más representativas.

 Como otros fotógrafos de larga data, McCurry vivió la transición de la fotografía análoga a la digital. Y, aunque no siente que este cambio haya transformado su manera de trabajar o de ver su oficio, “sí que ha cambiado mi proceso, me ha permitido trabajar con mucha menos luz y en situaciones más difíciles que en el pasado”. Para el fotógrafo, las mismas verdades aplican a cualquier imagen, sin importar la técnica. Sí considera que “hay una falta de permanencia de todas las cosas y nostalgia de las cosas en el pasado, pero prefiero mirar hacia el futuro”.

 Justamente, con una clara visión conectada con el presente y futuro de la fotografía, McCurry ha publicado en sus libros imágenes hechas con la cámara de su teléfono. “Los móviles se han convertido en una herramienta seria para el arte de la fotografía”, dice. Así es: muchos teléfonos disparan fotos de mejor calidad que algunas cámaras. En esta era, cuando casi todos los ciudadanos del mundo llevan una cámara en el bolsillo, cuando “podemos documentar nuestras vidas diarias sin esfuerzo”, es posible que nos “estamos volviendo más alfabetizados visualmente”, asegura. Eso no significa necesariamente que todas las imágenes sean buenas, pero sí que tienen la potencia de serlo. Queda claro que, más allá de la técnica, para McCurry lo más importante es la escena. Solo basta con mirar sus fotos para entenderlo.

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