Historia de una batalla

 

texto MILO J. KRMPOTIC  fotos MARTA CALVO / ÁLVARO COLOMER

En ‘Aunque caminen por el valle de la muerte’ (Literatura Random House), Álvaro Colomer nos mete de lleno en el infierno de la guerra de Irak. La polémica novela nació gracias a una concienzuda (y exigente en lo personal) investigación periodística.

 

Espacio aéreo de Irak, primavera de 2011

El avión de Royal Jordanian no ha culminado aún la fase de ascenso cuando Álvaro Colomer nota que le falta el aliento, que un molesto hormigueo comienza a extenderse por sus brazos y que una mano invisible amenaza con cerrarse sobre el lado izquierdo de su pecho. A eso sabe la liberación, el abandonar al fin uno de los países más peligrosos del mundo; también, sobre todo, el más importante de los tres que ha tenido que visitar de cara a documentarse para lo que, casi seis años después, acabará siendo Aunque caminen por el valle de la muerte.

Por fortuna, Álvaro Colomer no sobrevuela ahora mismo su propio valle de la muerte, pero sí hiperventila, derrumbado sobre el asiento, calor en las sienes y frío en el resto del cuerpo, dando rienda suelta a toda la ansiedad acumulada a lo largo de los últimos siete meses y pico: el siete, por la inexplicable parsimonia de las autoridades iraquís para expedirle un visado, con los varios vuelos cancelados que ello conllevó, por no hablar de las numerosas jornadas de trabajo que tuvo que abonarle a su fixer, el tristemente célebre Flayeh al Mayali, por reservar unos servicios que cada nueva anulación le impedía utilizar; y el pico, por los días que finalmente ha pasado en Najaf, el llamado “Vaticano de los chiítas”, hablando con los protagonistas locales y visitando los escenarios de la batalla que el domingo 4 de abril de 2004 enfrentó a las tropas españolas, norteamericanas y salvadoreñas allí estacionadas con la población local y el Ejército del Mahdi.

Sobre su cabeza, la señal luminosa le indica que podría ya desabrocharse el cinturón. Pero, impresionado todavía por los hasta ocho controles de seguridad que ha tenido que atravesar antes de embarcar en la nave, decide dejárselo puesto, intenta tranquilizarse pensando en su pareja, a la que pidió matrimonio anticipando precisamente la peligrosidad del viaje. Y se sonríe: la burocracia española no le fue a la zaga en cuanto a lentitud a su homóloga iraquí, y al final no hubo tiempo de celebrar la ceremonia antes de su partida. Al llegar a casa, pues, le tocará pasar por el registro civil. Y, claro está, comenzar a regurgitar en forma novelesca las más de doscientas entrevistas que lleva realizadas para este proyecto.

 

Tampa (Estados Unidos), primavera de 2010

Tras un par de novelas de ambientación claustrofóbica, Mimodrama de una ciudad muerta y Los bosques de Upsala, Álvaro Colomer tenía ganas de escribir algo que aconteciera al aire libre. Tras ese par de novelas a vueltas con salas de disección y cementerios y suicidios, donde la Segadora había cumplido con su lúgubre trabajo y se presentaba ya fumándose un pitillo, Álvaro Colomer tenía ganas de describir el momento en que la caída de la guadaña es cuando menos una amenaza, cuando más una promesa. Se le ocurrió entonces la historia de un mercenario que regresaba a Barcelona con el ojo por ojo entre ceja y ceja, ansioso por vengarse de los asesinos de su hermano. No obstante, una de las primeras personas a las que se dirigió para comenzar a recopilar información sobre los perros de la guerra, un garganta profunda cibernético de cuyo nick prefiere no acordarse, le hizo ver que la profesión acababa de vivir un punto tan polémico como álgido con la invasión de Irak. Y que para qué ir inventándose historias cuando la realidad le podía presentar un episodio tan dramático —y para colmo con protagonismo español— como el de la batalla de Najaf.

Colomer, que por aquel entonces mantenía buenas relaciones con el Ministerio de Defensa gracias a su rol promotor de la iniciativa “Libros para las tropas”, se puso a indagar en el asunto. Y las puertas abiertas comenzaron a cerrarse, tal y como dos e incluso tres altos mandos le sugirieron que no removiera el fondo de la charca, ahora que por fin se había extinguido el eco de las caceroladas, de las manifestaciones, de la participación ilegal de nuestro país en la ocupación de otro y su no menos embarazosa salida, gestada esta en la tragedia del 11-M y sellada con la sustitución de José María Aznar por José Luis Rodríguez Zapatero como inquilino de La Moncloa. A partir de ese momento, por cierto, se inició para Colomer una curiosa cadena de desdichas: un ordenador robado en plena calle y otros dos inutilizados por virus furibundos, sucesivas inspecciones de Hacienda tanto a él como a su pareja, incluso la amenaza directa de ser declarado “traidor a la patria”…

Y en todo ello piensa, de todo ello se acuerda, mientras T.H. hace y deshace en la DVDteca de su domicilio de Tampa, sendas cervezas frías sobre la mesa de café, al lado de la grabadora, y el aire acondicionado luchando por no revelar el esfuerzo que le toma combatir diariamente la terrible humedad de Florida. Tras quince años de servicio, primero como marine y luego como mercenario —o como “contratista en materias de seguridad”, eufemismo por el que vienen decantándose los miembros del gremio—, T.H. combina ahora la dirección de una empresa de venta de armas y formación castrense con la más glamourosa tarea de asesor en producciones bélicas de Hollywood. Y el DVD que busca es el de la todavía por estrenar En tierra hostil, de Kathryn Bigelow, pues quiere presumir del cameo que en ella ha protagonizado. A lo que Álvaro Colomer, olvidándose de las penas que le han conducido a ese sillón en ese domicilio de ese estado afín al mordisco de los huracanes y los caimanes, lamentando una vez más el radical contraste entre la locuacidad de norteamericanos y salvadoreños frente al silencio sepulcral que mantienen sus compatriotas, constata que ni siquiera los expertos en asesinar al prójimo son inmunes a la seducción del mundo del espectáculo. Y esconde de garganta para abajo la risa sardónica que le provoca el pensar en la trampa conceptual que llevó a la Administración Bush a utilizar “contratistas”, más allá de su brutal profesionalidad y de los millones de dólares en adjudicaciones que reportó a algunas amistades de Dick Cheney: dado su carácter no militar, las bajas causadas por los empleados de Blackwater y demás se presentaron como asesinatos de civiles a manos de civiles, dejaron de aparecer en los saldos oficiales del conflicto y, en cuanto materia a resolver por el desballestado estamento judicial iraquí, esquivaron catalogaciones tan poco populares como la de “crímenes de guerra”.

 

San Salvador (El Salvador), primavera de 2010

Aunque ha caído la tarde, Álvaro Colomer no logra disfrutar de esa amabilidad crepuscular que la luz proyecta sobre su paseo “turístico”. Una y otra vez se ha mostrado reacio a realizar esa visita, pero su cicerone, el coronel H.O.C., una y otra vez ha insistido. Y a ver quién es el guapo que le acaba diciendo que no a ese militar cuyo valor y fiereza en el combate es uno de los pocos, escasísimos apartados en los que han venido a coincidir todas las fuentes, sin importar la nacionalidad del entrevistado o el idioma en el que se expresara. H.O.C. le ha hospedado en un hotel cercano a su domicilio, le ha abierto las puertas de su casa, le ha hablado largo y tendido sobre los antecedentes y el desarrollo de la batalla de Najaf, en la que participó como comandante del batallón Cuscatlán II, y ha acabado invitándole a conocer “el barrio de las maras”, una de las zonas bajo el control de las infames y brutales pandillas salvadoreñas, calles de sujetos de cuerpo tatuadísimo y mirada aviesa, una geografía urbana en la que nadie se adentraría si no es desde la pertenencia o por absoluta obligación. Nadie, claro está, salvo el coronelazo H.O.C., que ejerce de guía con pasmosa naturalidad, que cuenta y señala y, para desazón de su invitado, hasta se detiene de vez en cuando a fin de proteger entre las manos la llama trémula con la que enciende un nuevo cigarrillo. ¿Conocen los pandilleros con los que inevitablemente se cruzan la identidad de su acompañante? ¿Saben de su leyenda o acaso es su mera afiliación al ejército lo que garantiza la seguridad de ambos? Pese a representar la opción más literaria —y, por tanto, la que más le convendría a su narración—, Colomer no se atreve a desconfiar de una tercera posibilidad: ¿no será alguna cualidad en su porte, en sus ojos, en su forma de conducirse, lo que indica a algunos de los peores criminales del país —por no decir del continente entero— que con semejante tipo es mejor no meterse? Sea como fuere, Álvaro Colomer no ve la hora de regresar a su habitación de hotel para liarse un cigarrillo sin que la tarea se vea saboteada por un temblor de manos o por la necesidad de lanzar una nueva mirada fugaz por encima del hombro.

 

Najaf (Irak), primavera de 2011

El sol mesopotámico quema la tierra y los ojos arden también con solo contemplarla. Aun así, Álvaro Colomer pasea la mirada a su alrededor, gira sobre sí mismo hasta completar los 360 grados de panorámica, vuelve a girar camino de los 720, de los 1.080… La amplitud del terrado en el que se encuentra divide en dos el paisaje: el plano elevado y el plano a ras de suelo, una de las diferencias radicales que permitieron a los soldados de la Coalición someter a la turbamulta alzada en armas —otra podría ser, por ejemplo, el que unos fueran profesionales de la guerra y los otros, una caterva de tenderos, panaderos, mecánicos… ciudadanos de a pie, en definitiva, si bien armados y debidamente inflamados por la invasión de su país y por las proclamas del clérigo Muqtada al-Sadr, defensor de la santidad de la ciudad—.

Flayeh al Mayali asoma la cabeza por la altura adicional que da entrada a la azotea, le dice que tienen que marcharse ya. Álvaro Colomer le ruega cinco minutos más de contemplación y dedica el primero de ellos a pensar en la ambigua leyenda del fixer, en su día traductor de los siete agentes del CNI asesinados en Latifiya, circunstancia lo suficientemente sospechosa como para llevarlo a ingresar en la prisión de Abu Ghraib cuando aún no era Abu Ghraib, a verse liberado cuando los españoles salieron por piernas de Irak y no quedó nadie que le acusara de nada. A ese personaje, por lo demás afable y cumplidor, ha confiado su seguridad en el país. Y él ha sido, claro está, el responsable de convencer al rector de la universidad de Kufa para que les permitiera dar una vuelta por el recinto que en ese 2004 recibía el nombre de Base Al-Andalus. Fruto de una confusión, el actual responsable del lugar ha entendido en un primer momento que Colomer era un enviado del gobierno español, que su misión consistía en evaluar el penoso estado en que quedaron las instalaciones después de la guerra a fin de proceder con algún tipo de compensación económica. Y las prisas de Al Mayali obedecen a que quiere poner tierra de por medio antes de que el tipo deje de masticar su malhumor y opte por echarlos con cajas destempladas.

Pero, ahí arriba, quemado por el sol y por una inquietud que aún tardará veinticuatro horas largas en abandonarle, recordando quizás la noche en la que unos ruidos y gritos extemporáneos le llevaron a pensar que su hotel era objeto de un asalto —y no el escenario de la celebración de una boda, tal y como descubrió a la mañana siguiente—, Álvaro Colomer sí experimenta una sensación de culminación, el sutil pero certero movimiento del primer círculo que se cierra. Tres años y más de 10.000 euros después, tras pasar por Tampa y Dallas y Nueva York siguiendo los pasos de diversos mercenarios, por Alabama y San Salvador y varios parajes de España —principalmente en Extremadura— para conocer a los soldados y mandos que protagonizaron aquel 4 de abril de 2004, el proceso de documentación ha llegado a su fin. Mañana se subirá a un avión de Royal Jordanian, sufrirá un ataque de ansiedad, se calmará y hasta se sonreirá al pensar en su boda inminente. Y, para él, la batalla de Najaf podrá comenzar al fin.

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