Carta al padre, carta al hijo


 

texto MILO J. KRMPOTIC

Eduardo Halfon y Raúl Quinto tienden puentes literarios contra y sobre la paternidad en, respectivamente, ‘Saturno’ (Jekyll & Jill) e ‘Hijo’ (La Bella Varsovia).

Como cualquier amante de la mitología griega o visitante del Museo del Prado anticipará, que una obra a vueltas con la paternidad lleve el lema de Saturno no augura nada bueno. Que su firmante sea el guatemalteco Eduardo Halfon (El boxeador polaco, Signor Hoffman) y sus editores, los aragoneses Jekyll & Jill, en cambio, invita a salir en estampida para hacerse con uno de los escasos mil ejemplares (debidamente numerados) que se han impreso de este texto breve pero notable y turbulento, que en 2003 formó parte del primer libro del autor, Esto no es una pipa, Saturno, y que permanecía inédito en nuestro país. Su narrador se hace fuerte en la escritura para saldar cuentas con un progenitor distante, riguroso en extremo, desdeñoso de los intereses de su vástago hasta la violencia. Pero, consciente de que la literatura tiene mucho de abismo que te devuelve la mirada, decora su carta al padre con un extensivo catálogo de escritores que acabaron con su vida, comenzando por un Klaus Mann que no logró siquiera que papá Thomas asistiera a su sepelio y acabando con… ah, mejor no avanzar aquí el final. Porque son sesenta páginas duras, en las que se percibe ya con fuerza ese gran tema marca de la casa Halfon que es la identidad, en constante, inteligente y emotiva progresión: a medida que se van sumando reproches privados y nombres públicos (Hemingway, Quiroga, Woolf, Pavese…) surgen también nuevas voces y el relato se torna una tragedia coral, de visos universales, de palabra que mancha convertida en sangre.

 

Tras ingresar en la paternidad el 12 de abril de 2015, el poeta cartaginés Raúl Quinto (Ruido blanco, Yosotros) propone en Hijo (La Bella Varsovia) un recorrido inverso: la sangre transmitida y encarnada se transforma aquí en palabra a partir de las reflexiones vitales —pero también ciertamente literarias— que le evoca ese suceso tan cotidiano a vista de pájaro y de estadística, pero tan ferozmente único y primordial cuando se vive en primer plano. Y es que la dicotomía micro-macro es recurrente en esta obra: a lo largo de 31 capítulos breves (de nuevo, curiosamente, una sesentena de páginas), Quinto alterna la anécdota personal con la general, apunta lo mismo al segundo de vida de su criatura que a las edades geológicas de nuestra raza (con el linaje como término medio), se sumerge en lo fisiológico y se eleva hacia lo espiritual (o viceversa, si se quiere), sirviéndose en todo momento de una sugerente capacidad metafórica, reconociendo lo imposible de su empeño al otorgar carácter de Leitmotiv y especial predominancia sintáctica a las partículas adversativas. Pero en el fondo no nos ha de convencer de nada: si, tal y como reza el Corán, quien mata a una persona mata a la humanidad entera, dar la vida resulta, desde luego, no menos absoluto.

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