Labordeta, en la Guerra Civil

 

texto ENRIQUE VILLAGRASA  foto LOS LIBROS DEL GATO NEGRO

Los libros del gato negro recupera la colección de relatos ‘Paisajes queridos’ de José Antonio Labordeta.

Con edición y prólogo del reconocido profesor Antonio Pérez Lasheras, la Fundación José Antonio Labordeta y la editorial Los libros del gato negro rescatan y publican cinco relatos que el poeta y cantautor escribió e ilustró, pues también aparecen sus dibujos, en su juventud, donde quedan pergeñadas cinco historias tristes y grises, a la vez que la sencillez y dramatismo de los años de guerra y posguerra, teniendo como escenarios la ciudad y Belchite, aunque no se nombren. José Antonio Labordeta nació en 1935. Pérez Lasheras escribe en su prólogo: “Paisajes queridos fue, en su momento, un proyecto del propio José Antonio Labordeta, que preparó una colección de cuentos entre 1961 y 1962 (cuando contaba 26-27 años), pero algunos de estos relatos fueron escritos años antes. Así consta en la copia manuscrita que conservamos.”

Labordeta, en estos relatos “duros del roquedal”, se muestra el poeta que es con un lenguaje lírico que emociona y conmueve, que te hace recordar la infancia con gran ternura, en estos, nuestros pueblos de Aragón, que tan bien recorrió y cantó él. Así pues, en este libro encontramos algunas páginas mecanografiadas en edición facsímil y los dibujos: tinta roja sobre papel mecanografiado, realizados por el autor para la edición que preparaba y los cuentos Margarita la tonta (que me trae ecos de La pequeña cerillera de Andersen); El tajo (que nos lleva a su canción A varear la oliva); Paisaje querido (que cuenta el embarazo y muerte del hijo de Martina: “La guerra continuaba. Todo era dolor. En un fardo de ropas viejas fue enterrado algo que se negó a nacer en medio de tanta miseria”); Bienvenido (donde da cuenta de la violación de Vicenta por los soldados que ocuparon su casa: “Y así comenzó la guerra real y cruenta para las gentes de aquella zona. Así vieron cómo en los caminos los muertos se quedaban mirando hacia el cielo desafiadoramente y así supieron también cómo el miedo aturde las cabezas, ciega los ojos y cambia los paisajes”) y La isla arrancada (la vuelta al pueblo destruido, tras veinte años fuera del joven Martín). Puro realismo literario.

Creo que es el mejor homenaje que se le puede hacer a este grande de Aragón (profesor, cantautor, poeta, narrador, presentador televisivo, director teatral, con tribuna en los periódicos y político significativo y recordado): publicar sus primeros cuentos, donde se supone que está y brota el más puro escritor, ya que después todo se cincela; donde es capaz de escribir con suma dulzura lírica: “Y duerme sonriente finalizando noviembre por los aleros de la tarde”, como también dando un mensaje de esperanza: “Será un chico, un chico que vendrá con la paz y al cual le daremos la bienvenida que no me habéis podido dar a mí —se detuvo, abrazó a su mujer y concluyó—. Le pondremos Bienvenido.”

Un gran libro de tapas duras, bien diseñado y maquetado –como debe ser–, y un excelente regalo, ya que son alegría para la mente estos paisajes queridos y recordados con su paisanaje, en edición de un gran especialista sobre Labordeta, quien ya se ocupó junto a Ignacio Escuín de su poesía reunida (1945-2010) en Setenta y cinco veces uno (Eclipsados). Hay que hacer mención también de la labor “desinteresada y generosa de Luis Balladriga Pina (Zaragoza, 1956-2016), que fue ordenando, escaneando y disponiendo para su posterior trabajo filológico los papeles de Labordeta.”

Lean el ilustrativo prólogo de Pérez Lasheras y estas maravillosas estampas literarias de un momento y unas circunstancias que no deberían volver a repetirse, escritas “con un estilo telegráfico, casi impresionista”: “Y miró hacia fuera, hacia el olivar grisáceo, hacia la tierra ennegrecida, hacia la noche total, hacia el silencio.”

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