“La poesía contemporánea, desde Baudelaire, es lo negro”

 

texto ANTONIO ITURBE

El poeta Javier Lasheras se asoma al género criminal en “Las mujeres de la Calle de la Luna”

Javier Lasheras es un intelectual, aunque la palabra no esté de moda e incluso parezca ya ofensiva: ¡si dices “intelectual” la gente puede creer que eres un engreído o, peor aún, un tostón! Es cierto que Javier Lasheras se ha movido siempre entre libros y tiene en su agenda más citas que la página de Tinder, aunque las suyas sean citas de Proust, Kapuscinsky o Shakespeare. Pero frente al riesgo de la pedantería del intelectual, a él lo salva siempre el temblor del poeta. Cuando recibió este premio de Novela ciudad de Valladolid, fue a recogerlo el novelista, pero terminó emergiendo el poeta que se sigue emocionando con la música de las cosas y acabó el acto de entrega triturando el protocolo convencional y declamando un poema dedicado a su esposa.

Se ha pasado al género negro, no se sabe si por poco o por mucho tiempo. Aunque para él tampoco es un cambio de territorio porque al fin y al cabo no es más que otro merodeo por la literatura a la manera de esa figura que tanto le agrada del flaneur o paseante inexperto que quiere saber de todo y todo le interesa.

Explica que en Las mujeres de la calle Lunahe querido descubrir un París en pleno invierno, fría y lluviosa, alejada del glamur y la bohemia y pegada a la realidad de un asfalto duro por donde pululan unos personajes que afrontan el conflicto de sus propias vidas” Una capital de Francia menos luminosa de lo habitual porque “conviene no olvidar que La ciudad luz lo es porque Luis XIV ordenó iluminarla con antorchas para combatir la delincuencia”.

En ese París de sombras, rompe la noche un vehículo cuatro por cuatro blindado, que atraviesa el Pont Neuf y entra como un elefante en una cacharrería arrollando la puerta de entrada del Museo de Orsay. Los asaltantes roban un cuadro muy singular: El origen del mundo de Gustave Courbet y se dan a la fuga. El caso recaerá en un comisario llamado Danglade, clásico espécimen policiaco que toma demasiadas pastillas para dormir y mastica una dieta de desencanto donde siempre queda una luz encendida en la noche. “Muriendo y aprendiendo” se dice como un mantra que rebota en su cabeza. Para encarar el caso, requiere de la ayuda de una teniente especializada en arte y patrimonio, Isabelle Millet. Millet es una mujer desenvuelta, incluso brusca, volcada en su trabajo y de una excepcional inteligencia. No esperen en este tándem hilos románticos: a la teniente le gustan las mujeres más que el arroz.

Le comento a Javier Lasheras que uno de los autores de novela negra más en forma del momento es Carlos Zanón, también poeta. Le pregunto qué demonios tiene el género criminal que raspa en la mugre que resulta atractivo para los poetas, que aparentemente buscan lo excelso. “La poesía contemporánea, desde Baudelaire, es lo negro. La revolución industrial abre un territorio fascinante por explorar y en ese campo de juego que se abre caben, desde luego, las experiencias individuales y colectivas más aterradoras”.

Puntualiza que le agradaría jugar en esa liga que los anglosajones denominan metaphisical detective story, donde el tiempo de la pesquisa y su introspección son más importantes que el crimen o su resolución.

La novela está llena de guiños literarios ya desde su estructura en 51 capítulos breves siguiendo las normas del Haiku, al que es –aparentemente- muy aficionado el comisario Danglade. Veremos a dos policías que son Bouvard y Pecouchet, la teniente Millet podría traernos ecos de Catherine Millet y veremos a personajes que se llaman Pascal u Orazio. La novela está impregnada de referencias al arte, la música, el cine… Lasheras se encoge de hombros y sonríe como un niño pillado con los dedos en el tarro de la mermelada: “Naturalmente que es un policiaco, que hay un delito que resolver y una intriga… pero intento que además de entretenerse el lector alimente su curiosidad”.

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