El libro secreto de Julio Cortázar

 

texto  José de María Romero Barea

Se recupera “Prosa del observatorio”, una obra entre la filosofía, el erotismo y el experimento literario

 

Su dificultad radica en la aridez del estilo: “De pronto, de noche, al mismo tiempo, todo río es río abajo, de toda fuente hay que huir”. Asistimos a los razonamientos de una mente enajenada, que fluye a través de una serie de percepciones, en busca de la riqueza de expresión; su apetito de aventura nos lleva a la siguiente conquista, un lugar donde “enjambre de parámetros (…) la desceñirán hasta entregarla a ese amante que la espera en lo más alto del laberinto matemático”. La devoción del lector, si sobrevive, sufre desdenes, hasta que el libro, casi al final, entrega su belleza en ruinas, una vida en jirones que ya no necesita.

Prosa del observatorio (1972; Alfaguara, 2017) del escritor, traductor e intelectual argentino Julio Cortázar (Bruselas, Bélgica, 1914-París, Francia, 1984) denuncia las formas en que nos jugamos la vida intentando remontar las corrientes irresistibles de la literatura, “como el que busca las mensuras estelares, no para saber; no para nada”. Su relato es, ante todo, la cuenta de una obsesión: la del narrador con la forma, en diferentes contextos, tras múltiples identidades, todo ello ilustrado por las fotos originales tomadas por el autor del observatorio astronómico del sultán Jai Singh en Singapur.

Una cualidad indefinible nos magnetiza desde el principio, nos manipula en su propio beneficio: “Jai Singh sabe que la sed que se sacia con el agua volverá a atormentarlo, Jai Singh sabe que solamente siendo el agua dejará de tener sed”. La esperanza de un profundo sentimiento de realidad surge con cada reencuentro; un duro escrutinio nos une al narrador, mientras nos abandonamos a la repetición de su encantamiento. En lugar de descripciones psicológicas, representaciones biológicas de lo cambiante conducen a ese sitio donde “las anguilas laten su inmenso pulso, su planetario giro, [donde] todo espera el ingreso en una danza que ninguna Isadora danzó nunca de este lado del mundo”.

Se suceden los mandatos contra el cliché, contra la descripción genérica, junto a burlas de idees reçues, con irreverente sentido del humor. Cambios de escena, sin solución de continuidad, nos llevan a bocetos relámpago, entre animados elencos de excéntricos y revolucionarios; las alusiones literarias de ese enamoramiento surgen al ritmo de los latidos del corazón. Prosa es el recuento de una pasión que nos impele a comprometemos con la vida con el mismo fervor que abrazamos la revolución.

Prosa es, en definitiva, una de las narrativas más intricadas del autor de Rayuela (1963), en la cual se nos invita a sumergirnos en una utopía a la vez pública y privada, ética y erótica: “Basta entrar en la noche pelirroja”, nos dice Cortázar, “aspirar profundamente un aire que es puente y caricia de la vida; habrá que seguir luchando por lo inmediato, compañero, porque Hölderlin ha leído a Marx y no lo olvida”. El poeta de Salvo el crepúsculo (1984) logra capturar el dolor exquisito de la obsesión y la capacidad humana para la crueldad, creando una narrativa alucinada que rebosa compasión.

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