Versos para la canícula

 

texto ENRIQUE VILLAGRASA

Una selección de títulos para refrescar el verano a golpe de poesía

De vez en cuando es bueno darle una alegría al cerebro y, puesto que la canícula se acerca al galope, bueno será pillar una sombra y unos cuantos libros de versos para mejor pasar estos golpes de calor: poemarios como el Diccionario del tiempo (Lastura) del poeta aragonés Jesús Soria Caro (Zaragoza, 1977), donde propone que todo poeta debiera estar “viajando sobre el río de los tiempos,” (o al menos observándolo todo, incluido el paisanaje) y “vivir en La rosa púrpura del cairo”, o al menos este parece el deseo de este profesor de secundaria en este poemario que le da voz y gesto: allá donde la ficción, aquí donde la realidad y viceversa: ahí, el poeta es; y más en ese “ser borrador del tiempo reescrito” o siendo “un horizonte sin memoria en otra mirada”. Tal vez sea, además, un canto al límite infinito, al borde de ese abismo donde: “¿Inventamos un cuerpo de fuego,/ con sangre de estrellas/ y voz de amaneceres?”. Este es, pues, un poemario escrito con el hallazgo de lo (no) sido y la voz que se escucha en él es “extremadamente lúcida y luminosa”, según el poeta y profesor Alfredo Saldaña, en el prólogo. Y es como escribe acertadamente el poeta: “Nacerá tu silencio entre la voz de lo irreal”.

Al también profesor y poeta Juan Carlos Elijas (Tarragona, 1966) le coinciden en las librerías tres poemarios: Balada de Berlín (El gato negro); La sustancia última del mundo (Ayuntamiento de Teruel), reciente y flamante premio de poesía Amantes de Teruel 2017, con prólogo de Edgar Woods Flores; y Tarde azul y jackpot (Editora Regional de Extremadura), con prólogo de Miguel Albadalejo. La poesía de Juan Carlos apuesta por la modernidad: visión y dicción sin complejos, de manera natural y sumamente lograda, no renunciando a la tradición ni al clasicismo, como el gran poeta que es. Pues, en estos tres poemarios, el poeta rebusca en su propia biografía y encuentra sentido, con los versos medidos y encorsetados, como manda la preceptiva, donde se siente del todo cómodo: léase la impecable sextina de Balada…, por ejemplo. El poeta domina los resortes retóricos para esa búsqueda y descubrimiento. Tal vez sea el último poeta elegíaco urbano que conozco y he leído: “Crece el poema del silencio hasta el vacío/ y Rilke arrastra sus angustias por Berlín”.

El poeta y autor de La casa sin ventanas (Baile del sol), Alberto García-Teresa (Madrid, 1980), presenta este verano A pesar del muro, la hiedra (Huerga & Fierro), con prólogo de Jorge Riechmann, donde “la esperanza sólo alcanza/ hasta donde nos llega la nómina.” Y, al igual que Horacio, este doctor en Filología Hispánica nos dice que “¿Para qué buscar tierra que caliente otro sol?/ No porque el hombre salga de su casa sale de sí/ mismo”. El poeta García-Teresa se pregunta “¿Obedecemos a la lógica de los focos o al sentido de las huellas?”. Y él sabe bien que “Yo te canto/ porque tu huella/ es siempre parte de nuestro pie”.

 

También en estos días veraniegos anda por las librerías, recién salida del horno, la segunda edición del poemario Qwerty (Siltolá), de Itziar Mínguez Arnáiz (Barakaldo, 1972), que fue primer premio de poesía Nicanor Parra en 2016: “La vida es/ lo que sucede/ entre el primer/ y el último verso”.. Asimismo, está presente La barrera del frío (Suburbia) de Sonia San Román (Logroño, 1976), ilustrado con sus fotografías, cual poeta de la imagen, y con prólogo de Leire Ventas: “Detén la barca./ Espera./ Yo acunaré un rato al niño./ Rema./ Después remaré yo”.

Otra poeta, además premiada con el Nicanor Parra 2017, es Itzíar López Guil (Madrid, 1968) con el poemario Esta tierra es mía (Siltolá): “Poco importa que no tenga sentido,/ No lo tiene el tiempo ni el dolor,/ la mano que te escupe sus insidias/ o el musgo suave aquel del primer beso”. Además, Luis Miguel Rabanal (Riello, León, 1957) publica Los poemas de Horacio E. Cluck (Huerga & Fierro), con prólogo de Andrés González: “Detrás de este reloj se esconde/ también el frío”.

También, la poeta Isabel Bono (Málaga, 1974) y el ilustrador madrileño Federico del Barrio han presentado De otra vida (Luces de Gálibo), que son excelentes poemas con extrañas ilustraciones en blanco y negro (también negro deslavazado) que recuerdan las pinturas negras de Goya: “Nos queda un gesto vacío/ y toda la noche por delante”. El poeta Jesús Cárdenas (Alcalá de Guadaira, Sevilla, 1973) y el pintor Jorge Mejías (Sevilla, 1967) presentan un excelente libro ilustrado, Raíz olvido (Maclein y Parker), donde se mezclan ilustraciones y versos de manera asombrosa, y para muestra un botón: “En nuestro lienzo el rojo enajenado/ sobre el blanco pensamiento”. Creo que el futuro de los libros pasa por ahí: cuidada edición, preciosas ilustraciones con textos brillantes y viceversa.

 

Y, finalmente, llegan Pulsaciones (Takara), del poeta y profesor José Luis Morante (El Bohodón, Ávila, 1956), con prólogo de Rosario Troncoso: “Hombres comunes de una desbandada/ que dispersa el aire/ en la prosa cansada del domingo”; el ganador del I Premio de poesía La Bolsa de Pipas, Francisco Daniel Medina (Málaga, 1975), con Los conversos (Sloper): “El poema se ahogó en la piscina clorada/ después de que le hubiésemos cebado/ a base de todo tipo de drogas/ y en ningún momento le instamos a parar/ sino que le obligamos a hacer cosas/ que nunca habría hecho por iniciativa propia./ Le vejamos y nos reímos al verle convertido/ en una caricatura de sí mismo”. Un poeta que rompe moldes y me recuerda a la poesía de Artaud y Kafka, también a aquel poemario Yo siempre regreso a los pezones y al punto 7 del Tractatus (2001) de Agustín Fernández Mallo y a los poetas de la Generación Beat, esa solitaria e inmensa autopista, como todo en EE.UU.: “Fue divertido desafiar a la carretera”.

Además, están los poemas con ecos filosóficos en prosa y/o prosa lírica del poeta cordobés Antonio Luis Ginés (Iznajar, 1967), Seres de un día (Siltolá), con epílogo de José Manuel Martín Portales: “La velocidad del tiempo consume el espacio. El espacio es el momento sin velocidad. Y el tiempo, siempre el tiempo, sobre todas las medidas”. Y Brotes. Antología breve (1985-2016) (Huerga & Fierro), de Ricardo Fernández Moyano (Minaya, Albacete, 1954), con prólogo del poeta reconocido y admirado Ángel Guinda: “En mi presencia/ ya solo queda/ el roce de tus pasos”.

Esta es una opción, como otra cualquiera, para leer este verano a la fresca, bajo la sombra de un hermoso árbol y cerca del agua fría, si puede ser, sabiendo que toda sombra busca la luz y que “nuestras huellas el polvo las noches alrededor del canto”, Alberto García-Teresa dixit.

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