Un alegato contra los buitres del G7 que sobrevuelan el Ártico

 

texto ANTONIO ITURBE

Se reedita oportunamente “Sueños árticos” del biólogo y escritor ambientalista Barry Lopez, ganador del National Book Award

 

La editorial Capitán Swing reedita –nuevamente con la estupenda traducción de Mireia Bofill- uno de los libros más extraordinarios sobre la aventura, exterior e interior, del viaje polar. Sueños Árticos obtuvo en 1986 uno de los máximos galardones norteamericanos, el American Book Award al mejor libro de No-Ficción. Treinta años después, cuando el Ártico está acosado por el cambio climático y la avaricia de las potencias ávidas por perforar su virginidad blanca con sus barrenas de prospección petrolífera, este libro es más vigente y necesario que nunca. Barry Lopez es uno de los pioneros en la narrativa ambientalista, con libros de ensayo que no solo tienen el rigor científico del biólogo sino la sensibilidad del escritor que no solo observa la naturaleza que lo envuelve sino que intenta entender cuál es su relación con ella. Sus viajes a las zonas árticas están llenos no solo de precisas observaciones botánicas, zoológicas y topográficas, sino de una profundidad reflexiva de una belleza sin edulcorantes: la naturaleza no es bucólica, de hecho puede ser durísima y mata a los hombres, pero no podemos no sentirnos envueltos en ella porque nosotros somos también naturaleza aunque a ratos lo olvidemos. Barry Lopez se crio en California, pero soñó desde joven con los polos. Y después de mucho andarlos y vivirlos nos dice que “como el desierto, es una región rica en metáforas y claroscuros”.

Tras años de experiencia en zonas árticas, nos habla sobre el viaje al que nos va a llevar en este libro: “la zona particular del Ártico a la que dediqué mi atención se extiende desde el Estrecho de Bering, en el Oeste, hasta el Estrecho de Davis, en el Este. Abraca vastas, ininterrumpidas extensiones de nieve y hielo que en verano se transforman en llanuras de agua abierta y un océano que es la tundra, una isla tostada bajo el cielo. Pero también comprende panoramas sorprendentes y cautivadores: la cascada de Wilberforce en el río Hood de pronto se precipita desde una altura de cincuenta metros hasta el fondo de un escarpado cañón y su rugido puede escucharse a varios kilómetros a la redonda. El glaciar de Humboldt, un elevado flanco marino de la capa glaciar de Groenlandia, de ochenta kilómetros de longitud, alumbra icebergs en la ensenada de Kane, con gargantuesca e implacable fuerza. Los páramos del centro-este de la isla de Melville, un terreno erosionado de desérticos tonos anaranjados, mortecinos amarillos y rojos, recuerdan al viajero los cañones y arroyos del sur del estado de Utah. Y hay lugares más exóticos, como el río Ruggles, que nace en el lago Hazen, en la isla de Ellesmere, en invierno, y recorre sesenta kilómetros entre las sombrías tinieblas, envuelto en un sudario de vapor de hielo, antes de desaparecer bajo su propia superficie helada”.

No hay aquí grandes soflamas contra la implantación de las empresas en el ártico, todo es más sutil. La mera descripción de la mirada de una alondra ártica desde su nido nos basta para entender que somos unos intrusos zafios y ridículos con nuestra maquinaria pesada y estruendosa en ese mundo silencioso de equilibrios de bailarina.

Pero en este libro se habla de otros viajes, de los grandes exploradores, de las expediciones disfrazadas de geográficas cuando eran avanzadillas de la explotación comercial y también de cómo eso que llamaos progreso trastorna el territorio. Incluso cuando la llegada de los occidentales es amistosa, su mera presencia con su tecnología y su opulencia desmesurada, altera todos los equilibrios milenarios.

El viaje de Barry Lopez también es interior. Tiene páginas que te atraviesan y te transforman. Se queda convulsionado con esa luz que nunca se apaga del verano ártico en ese milagro que hace que la vida florezca entre el hielo, pero también ante esos cementerios que se va topando en el camino de exploradores caídos que muestran la muerte de los que fueron a perseguir un sueño blanco y murieron de hambre y escorbuto de la manera más horripilante. Se pregunta ”¿Cómo configura el territorio la imaginación de las gentes que lo habitan?¿De qué forma configura el conocimiento el propio deseo, las ansias de comprender? En busca de respuestas viajé con personas de disposiciones diversas. Con esquimales que cazaban narvales frente a la costa septentrional de la Isla de Baffin y morsas en el mar de Bering. Con ecólogos marinos a lo largo de centenares de kilómetros de exploraciones costeras y semi costeras. Con pintores paisajistas en el archipiélago canadiense. En compañía de hombres toscos que perforaban el hielo invernal en busca de petróleo bajo fuertes vendavales a temperaturas de -35ºC. Y con la cosmopolita tripulación de un carguero, navegando al norte a lo largo de la c costa de Groenlandia y por el paso del Noroeste. Cada uno enjuiciaba de un modo distinto el país”. Nos cuenta cómo cada uno veía de manera distinta el manto de la tundra, la fría belleza del cielo nocturno o la coreografía de los rebaños de bueyes almizclero… No hay verdades únicas, sino miradas distintas. Y Barry Lopez nos recuerda que “en los sueños individuales late la esperanza de no haber vivido inútilmente la propia vida”.

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