Un "verde" muy maduro

 

texto ANTONIO ITURBE  foto DAVID INGRAHAM

Henryk Skolimowski, creador del concepto de ecofilosofía, atiza al relativismo moral en ‘Filosofía viva’ (Atalanta).

El polaco Henryk Skolimowski, creador del concepto de ecofilosofía, firmó un libro de gran trascendencia para empoderar la conciencia ecológica: La mente participativa (publicado hace unos meses por Atalanta). En él desplegaba la idea de que nuestra mente no solo filtra la manera en que vemos el universo que nos rodea, sino que somos cocreadores de él, desarrollando la idea del universo participativo de John Archibald Wheeler. Afirma que “nunca podemos describir el cosmos tal como es. Siempre participamos en lo que describimos”.

En Filosofía viva, para Skolimowski es ya una discusión superada la de si el universo es o no holístico. No puede achacársele empacho de metafísica cuando es la propia ciencia la que lo pone de manifiesto en los experimentos de partículas entrelazadas: cuando cambia una, cambia la otra, aunque esté a mucha distancia. En una de las pocas licencias poéticas que se permite un libro ciertamente sobrio, el autor habla de un universo que se expande pero que siempre mantiene un vínculo con el origen, como una mancha de tinta.

Skolimowski da en estas páginas un puñetazo sobre la mesa de las ideas y planta cara al cientifismo empírico representado por Hume, tan devoto de la experimentación y el dato. Apunta maliciosamente que, de hacer caso a Hume, lo primero que habría que hacer es tirar por la ventana su propio libro, absolutamente especulativo y sin ningún tipo de dato que adorne su teoría. Reciben también los arquitectos en el capítulo relativo al hombre y su relación con el espacio. Señala que la arquitectura es consecuencia de la cultura de cada época y por eso hay lo que hay: “En la cultura del siglo XX, la arquitectura occidental está dominada por la economía y la tecnología”, así que “no es que queramos construir edificios estériles, entornos burdos, espacios que deforman el espíritu humano… sin embargo nuestra cultura nos hace diseñarlos”.

Aunque con quien se muestra airado –y hace bien– es con el éxito del relativismo moral, que “está devorando la substancia del individuo”. Le repugna esa idea del todo vale (“Si todo vale, ¿por qué no probar esa emoción extrema que es arrebatar la vida a otra persona?”). Afirma que “el relativismo moral, pese a contar con la aprobación de muchas personas racionales e inteligentes, es una huida y una forma de cobardía”. Aunque nos da una receta infalible contra él: “Si lo tomamos en serio, si todo vale, entonces también vale la negación del relativismo moral”.

Frente a la moda zopenca del conocimiento pragmático que ha llenado las universidades de economistas e ingenieros, reivindica la importancia de la reflexión, que ha quedado como la hermana pobre de la sociedad contemporánea. “La acción nos produce tal embriaguez que a veces pensamos que es la única cosa de valor. Pero la acción solo adquiere sentido cuando actúa en un plano más profundo”.

Skolimowski nos dice que “el siglo XXI será ecológico, o el siglo XXII no será”. Se siente optimista, ve cambios de mentalidad y gente que reivindica no perder el hilo con la naturaleza, actuar como ese árbol que le sirve de metáfora, que crece y crece, sin dejar de abrazar lo más profundo de la tierra.

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