Javier Marías vuelve a hipnotizarnos

 

texto ANTONIO ITURBE

En “Berta Isla” nos sumerge en el laberinto de la identidad y el ruido ensordecedor de los silencios

 

Explicar el argumento de una novela siempre es difícil o prácticamente imposible. Pero en este caso todavía más, porque estamos ante un libro que cuenta lo que no se cuenta. Y las consecuencias que eso tiene. Y eso, que así dicho parece una cabriola acaba siendo fascinante.

Si han oído que esta es una novela de espías, sólo les ha dicho la verdad en parte, como cualquier verdad. Esto es otra cosa. Las novelas de género o las películas nos muestran al espía colándose en algún despacho para microfilmar expedientes secretos o moverse entre los resortes del poder infiltrándose con identidades falsas para obtener la información, de manera más o menos angustiosa. Esta es una novela que empieza donde todas las demás terminan y nos muestra lo que ninguna de esas novelas o películas nos enseñan: lo que sucede cuando el espía regresa a casa. Lo que nos cuenta no es la vida azarosa o de acción del agente secreto, sino precisamente el momento en que vuelve a su vida “normal” y cómo se las arregla para no contar.

Tom o Tomás Nevinson (de padre británico y madre española) es un bilingüe de una perfección asombrosa, que además tiene un talento especial para imitar cualquier tipo de acento. Él es un chico atractivo, sensato, de familia acomodada y lo vemos completando su formación en Oxford. Lo espera en Madrid para casarse Berta Isla, que era la muchacha más popular del instituto, y nada se interpone entre él y un futuro luminoso. Pero el futuro tiene sus propios planes y termina enrolado en el servicio secreto británico.

No puede contar nada de sus actividades a Berta, por la obligada confidencialidad que de ser violada podría llevarlo a un consejo de guerra y por la propia seguridad de su familia. Callar parece lo razonable. Pero vamos viendo en la ocultación de la verdad al paso de los años, en sus idas y venidas que son paréntesis en blanco en la vida de Berta, cómo la seguridad familiar física aumenta, pero en su esposa se va armando otra inseguridad de un tamaño tan gigantesco como el de la propia imaginación: inseguridad conyugal, inseguridad moral, también inseguridad física al no saber qué enemigos puede estarse creando su marido en sus misiones silenciadas. Cuando ella, al principio del matrimonio, le pide saber, él le responde que en esos viajes suyos que a veces se demoran durante meses, de la misma manera que se lo explicó a él su jefe al principio de todo: “nosotros estamos pero no existimos, o existimos pero no estamos. Hacemos pero no hacemos, o no hacemos lo que hacemos, o lo que hacemos nadie lo hace”. Le dice a Berta: “Incluso lo que hay, no lo hay”.

Con las primeras ausencias, Berta no entiende qué pasa y él le dice que nada puede explicar nada porque no hay nada que explicar, que ese tiempo que está fuera de casa, en realidad no sucede. Porque las personas que hacen lo que él hace, “no hacen”. Se supone que ni siquiera existen y, por tanto, puesto que no se cuenta lo que hacen y sólo existe aquello que es contado, de hecho no existen. Él calla y esa actitud, que aparentemente ha de ser balsámica y protectora, se convierte en un silencio ensordecedor que condiciona sus vidas más que cualquier palabra.

Esta es una novela de acción muy poderosa, pero de acción interior. No hay saltos a trenes ni explosiones, nunca vemos la vida del espía sino que estamos junto a Berta Isla del lado de los que no saben, de los que han de vivir en la permanente incertidumbre. Los riesgos de contar pero también los de no contar se ha convertido en una fascinante corriente subterránea que transita por toda tu literatura.

Como todos sus libros, aquí las cosas no suceden sino que son relatadas, prácticamente susurradas, de una forma concéntrica que nos lleva al ojo del huracán irremediablemente, con ese poder de Javier Marías para levantar ciudades invisibles. Escribir una novela sobre lo que no se cuenta, armar una historia alrededor únicamente de lo que no se sabe, es algo que sólo está al alcance de maestros de ese arte mayor del contar al que llamamos literatura. Berta Isla encaja como una pieza de relojería –incluso encontraremos algunos personajes que son viejos conocidos, como el profesor Wheeler o el escurridizo Tupra- en el puzle de su obra, que al final va emergiendo como un único libro lleno de ecos y recovecos. Pero además de tener esa vibración de partitura musical y esa capacidad poderosa de ver lo que en la velocidad del día a día no nos paramos a mirar, la lectura de Berta Isla es una novela adictiva que no puedes dejar aunque te falte el resuello. Terminas de leerla con esa sensación de extenuación y placer que nos dejan las historias que se van a quedar a vivir con nosotros.

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