Voces con mucho sentido

 

texto  ANTONIO ITURBE

Un coro en Barcelona formado por personas del programa de la Comissió Catalana d’Ajuda al Refugiat da una lección de buena sintonía

Un grupo de activistas de la terapia cultural pertenecientes a Voces con Sentidos, armados con una guitarra y mucha experiencia con personas en zonas de conflicto, han puesto en marcha un coro formado por refugiados integrados en el programa de la Comissió Catalana d’Ajuda al Refugiat (CCAR). Sus componentes han llegado de latitudes muy distintas pero unidos por la misma longitud cero del desamparo.

Me envían la declaración de intenciones de este proyecto titulado Voces con sentido: la música como puente entre culturas.

“La actual crisis humanitaria que afecta a la población refugiada ha conllevado a su invisibilidad y estigmatización. Las fronteras idiomáticas dificultan la relación y la comunicación entre la población local y los refugiados. El valor cultural, estético y artístico se ve enriquecido por la diversidad de procedencias y orígenes. Una integración cultural mediante la hibridación de las distintas identidades sonoras, generaría nuevas formas de expresión musical reflejo de la diversidad cultural.

En un análisis social diríamos que Barcelona se ha posicionado como ciudad refugio, a través del Ayuntamiento de la ciudad, favoreciendo la llegada y la acogida de refugiados. Aun así, la complejidad de las dinámicas sociales (rechazo, señalamiento, estigmatización), la magnitud de la demanda, el contexto de crisis económica y las dificultades de inserción laboral, así como la escasez de fondos destinados a este propósito, colocan a este colectivo en una situación de riesgo de exclusión social. En este sentido, escuchar la voz de los refugiados es esencial para lograr una visibilidad de este colectivo, romper barreras, prejuicios y estereotipos, de manera que se generen espacios encuentro cultural a través de un lenguaje universal y compartido, como es la música. El arte, facilita la expresión, la reafirmación, la comunicación y la cohesión social. El arte permite la valoración de elementos culturales ajenos. La música se convierte en una plataforma para potenciar la voz, la dignidad, el papel activo y el empoderamiento de los refugiados en la sociedad, permitiendo un aporte y enriquecimiento estético, artístico y social.

La experiencia de cantar en una coral brinda oportunidades para conocer y participar con personas que comparten la misma situación vital en una experiencia significativa compartida. Formar parte de una coral puede tener recompensas adicionales, especialmente para aquellas personas en riesgo de aislamiento. La oportunidad de interactuar con otras personas a través del canto coral ofrece un mayor beneficio que cantar solo o simplemente participar en una actividad social. Cantar juntos tiene beneficios emocionales, potenciando el sentido de compañerismo, puede inspirar confianza, reducir el aislamiento y disminuir síntomas depresivos además de mejorar varios aspectos de la comunicación. La música y el cantar juntos también tiene el potencial único de abatir las barreras idiomáticas y hacernos sentir parte de una comunidad: la humana.”

Vivimos tiempos en que los que se independizan no son los pueblos pobres oprimidos sino los pueblos ricos: Estados Unidos que antes quería conquistar México (y le quitó un buen cacho) en su afán expansionista ahora todo su afán es retraerse de México y levanta una pared. Israel levanta otra pared para separarse de los palestinos. Gran Bretaña se independiza de una Unión Europea demasiado infiltrada de pateras e inmigrantes. Cataluña se quiere independizar de esa España de andaluces y extremeños que absorben unos dineros que podrían quedarse en el bolsillo. Antes los ricos conquistaban a los pobres, ahora huyen de ellos.

Me voy al barrio de Gracia a vivir una jornada con el coro multicultural que forma parte de Art for Change y cuenta con el patrocinio de la Obra Social La Caixa. Lo dirigen con suavidad Alain, Riccardo e Irene. Riccardo que es musicoterapeuta, Alain que es experto en metodologías creativas e Irene es psicóloga. Alain y ella llevan muchos años de experiencia profesional en contextos de conflicto y violencia. Los participantes de este coro multinacional son solicitantes de asilo que huyen de sus países por diversos motivos, todos ellos por encontrarse en una situación de peligro físico o psicológico.

Al llegar Riccardo ya está calentándolos motores de la guitarra junto a Esteban, boliviano bonachón de mediana edad que abre y cierra un acordeón. Riccardo opina que “la música tiene un potencial único de juntar personas”.

Y van llegando: Rubi@s, moren@s, sin pelo, descalz@s, con zapatos de invierno, con sandalias o deportivas. Unos tienen la piel negra, otros blanca y en medio muchos matices del tostado de la melanina. Vienen de Venezuela, Senegal, Nigeria, Pakistán, Irán, Congo, Camerún, Honduras, México, Colombia, Gambia, Ucrania, Bielorusia, Guinea, Bolivia... y al llegar todos saludan a todos. El saludo es un ritual alegre.

Me cuenta Allain que “Todos son refugiados: es un espacio para sacar fuera el sufrimiento a través del canto. Muchos llevan poco tiempo en Barcelona. El 80% en demanda de asilo. Hay otro 20 % de migrantes que llevan ya tiempo en la ciudad y colaboran”.

“Buscamos piezas sencillas que se puedan verbalizar, me explica Riccardo”. “Manejamos un repertorio muy diverso, incluso hay un mantra de la India con un estupendo efecto psico-físico”. Va y viene para ajustar la afinación de los instrumentos: “este es un coro terapéutico: trata de producir cambios, que sea algo que influya en su día a día. Se trata de ir más allá de la belleza de la música, de que además de pasar un buen rato se encuentren afectos saludables, que el grupo tenga un efecto de acogida, un poco como una familia”.

Antes de llegar a la parte del canto, hay una sesión de terapia de grupo que conduce Allain con su voz y sus ademanes suaves que transmiten en todo momento calma.

Irene me cuenta que “el proyecto surge a partir de la necesidad de abrir espacios creativos para las personas que vienen solicitando refugio, en los que ellos puedan ser protagonistas de sus propios procesos de crecimiento. El arte es un catalizador maravilloso tanto de lo emocional como del trabajo de crear confianza y lazos entre unos y otros”.

Todos forman un círculo sentados en el suelo en torno a Allain. Omar se descalza, remanga los pantalones, sonríe. Todos sonríen. Bueno, todos menos un muchacho chico delgado de piel tostada que opta por quedarse de pie en un rincón con las manos en los bolsillos como mero observador ejerciendo su libertad de no participar. Suena tenuemente una guitarra y se organiza un círculo. Es como el círculo de contar historias. Se va susurrando una canción. La música es oriental y se realizan ejercicios de respiración de yoga hasta llegar a un momento de meditación al que les va llevando Allain con su voz suave, combinando el español, el inglés y el francés. Luego los hace activar el cuerpo. “¡Podemos gritar!”.

Se reparten antifaces para un ejercicio en el que van a poder moverse al ritmo de la música pero sin ver. Se insiste en que es voluntario y si a alguien no le apetece hacerlo, puede no hacerlo. El chico de la esquina con las manos en los bolsillos declina el antifaz. Algún otro tarda un poco en ponérselo, pero al final, lo hace. Se mueven por la sala, al principio un poco sonámbulos, con Irene, Alain y Riccardo cuidando de que nadie llegue a la pared o choquen entre sí y puedan lastimarse. Unos cruzan la pista bailando con seguridad, otros más quietos. Pero la música da vida a los pies. Cada uno a su ritmo. Solo permanece quieto el muchacho de las manos en los bolsillos, que se bambolea pero muy ligeramente.

Por la ventana yo puedo atisbar la cotidianidad de una tarde de verano del barrio de Gracia:   motos gente tomado cerveza en las terrazas, peatones con prisa… pero aquí la percusión animista africana inventa un mundo nuevo y hace que los pies cobren vida propia. Los chicos bailan más como péndulos, algunas de las chicas no necesitan de la vista para llevar el ritmo apasionadamente. Una de ella convierte la música africana en una samba. Irene les susurra “lo que estamos sintiendo nos lo guardamos para nosotros mismos, como un regalo”. Le va diciendo: “Entre todos construimos el espacio… todo lo que nos pasa está bien…”

Cuando al fin se apaga la música y se alzan los antifaces, se miran unos a otros. Les sorprende verse en un lugar de la sala distinto de la última vez que tuvieron los ojos abiertos, como si hubieran hecho un viaje en la noche. Vuelven a sentarse en círculo y los animan a contar sus sensaciones y compartirlas con los demás: “sentí inspiración muy profunda allá adentro, como nunca” explica un joven árabe.

Uno de los tres chicos africanos explica en francés que “Cuando estaba adentro estaba en mi país, en mi cultura. Era como en la ceremonia de la circuncisión con las mujeres cantando en la selva”. Allain traduce. Otro, con desparpajo cuenta que “Al inicio pensaba era algo de locos. Me costó entrar en el ejercicio pero me sentía obligado y entré. Poco a poco me fui relajando y ahora doy las gracias por haber podido sacar lo que llevaba dentro”. Esteban, el boliviano del acordeón, habla con voz despaciosa: “Una nueva experiencia y me sentí muy a gusto. Afuera tenemos muchos problemas y es muy bueno venir aquí y compartir cosas con esta tranquilidad… significa mucho para mi este encuentro del grupo”.

Una mujer dice que quiere decir algo “pero quizás me equivoco al expresarme”…

-¡Aquí no existe la equivocación! -le responde Allain.

Y entonces cuenta que “te sientes libre de moverte, es una sensación de paz”. Sin embargo, no comparte esa sensación una muchacha latinoamericana muy delgada de cabello muy negro: “al notar el roce me estremecía como si fueran a hacerme daño y me tenía que levantar el antifaz. Creo que he de relajarme más.” Algunos asienten, todos saben lo que es el miedo.

Como para romper ese momento de pesadumbre, la mujer de cabellera rizada que convertía la música animista en una samba eléctrica les dice “Yo estoy muy emocionada, esta actividad es como un regalo algo que necesito por el estrés de la semana, el trabajo, los estudios, la pareja… constantemente estás con control, exigencia… ¡me siento feliz!”

Irene apunta que lo importante es sentir que estás en un grupo, que estás ahí y te sostiene.

Y tras el abrazo de todos en círculo solar, como si bailaran una sardana… ¡a la música!

Irene explica que “Se fomenta la implicación activa de los participantes en el proceso creativo. Los participantes seleccionan las piezas, recuperando su propio patrimonio musical y ofreciendo un espacio en el que se comparte y se revaloriza las diversas culturas. Mediante la metodología “songwriting”, se abre un proceso creativo de autoexpresión que nos llevará a la composición de canciones como forma estética de representar vivencias y sentimientos.”

Riccardo se cuelga la guitarra y les pide de manera simpática que se pongan mujeres delante y hombres detrás. Y que se acerquen. Todos lo hacen, excepto el muchacho de las manos en los bolsillos, que sólo da un par de pasos desde su rincón, algo cortado.

Irene me cuenta entre susurros que: “Intentamos que el arte funcione como una forma de transformación y se cree una expresión artística que recoja sus vivencias y realidades. El repertorio musical intenta responder a la diversidad de procedencias, por eso hay canciones africanas y latinoamericanas, así como alguna en inglés”.

Le digo que entre ellos tres hay una complicidad que más que terapeutas parece amigos y me dice que “nuestro funcionamiento es desde la confianza con los otros, el compartir y el ir articulando técnicas y formas de trabajo. Nos conocemos del trabajo en la asociación, pero también compartimos espacios personales desde hace tiempo y somos amigos. Por eso, quizá se percibe un ambiente relajado”

Ya están todos ubicados frente a Riccardo como un coro profesional. Riccardo les anima a reír para ejercitar el diafragma. Y se convierten en un coro de carcajadas.

Y empiezan a calentar la voz. Y empiezan a cantar. Suena bien. La voz humana es un instrumento glorioso. Las voces suenan como una sola.Y el muchacho de las manos en los bolsillos da un par de pasos más y se suma al bloque de los hombres. Empieza a cantar.

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