Kazuo Ishiguro, un Nobel inesperado

 

texto  ANNA MARÍA IGLESIA

Kazuo Ishiguro gana el Premio Nobel de literatura 2017.

“Es el triunfo de la literatura”, comenta Jorge Herralde, pocos minutos después de que se haya hecho público que a Kazuo Ishiguro se le ha otorgado el Premio Nobel de Literatura 2017. Las palabras del editor de Anagrama cobran particular sentido tras las polémicas del año pasado con la concesión del galardón a Bob Dylan. Dejando de lado el singular recibimiento por parte de Dylan de dicho reconocimiento, las diatribas sobre el mérito literario del premiado no volverán a repetirse en esta ocasión, pues nadie parece dudar de los méritos y de la valía del escritor británico, nacido en Nagasaki (Japón) en 1954.

Ishiguro comenzó en el mundo de las letras como guionista para series de televisión; pronto llegaron sus primeros relatos y en 1982 publicó su primera novela, Pálida luz en las colinas, ambientada en el Japón de los 50, un Japón que se recuperaba silenciosamente de los estragos de las dos bombas atómicas. Ishiguro volvía así su mirada a la historia más cercana del país nipón para examinar no sólo aquello que el pasado había legado al presente, sino también los fantasmas a los que el Japón del presente debía enfrentarse. Pálida luz en las colinas se publicó en español en 1984, “desde entonces, desde esa primera novela, hemos publicado todas las obras de Ishiguro, hasta la última”, explica Herralde desde la editorial, “donde estamos todos levitando”. Y no es para menos: Ishiguro no estaba en las quinielas, nadie parecía contar con él en la anual apuesta que siempre acompaña el Premio Nobel. “La alegría por el Nobel a Ishiguro es parecida a la alegría que vivimos con Patrick Modiano”, prosigue Herralde, “en ambos casos, no esperábamos el premio”. Para el editor, hay algo que acomuna a sus dos autores: los están o, mejor dicho, han estado “a la sordina de otros grandes nombres”. En el caso del nuevo Nobel, “personalidades como Amis o McEwan han convertido a Ishiguro en un autor silencioso”.

Publicada en castellano 1992, Lo que queda del día es seguramente la novela más conocida (la edición inglesa alcanzó el millón de copias vendidas) de Ishiguro, gracias a la adaptación cinematográfica que realizó James Ivory y que obtuvo ocho nominaciones a los Oscar, entre las cuales cabe destacar la nominación a mejor película, a mejor actor (Anthony Hopkins), mejor actriz (Emma Thompson) y mejor director. Popularidad aparte, Ishiguro al que Herralde define como “un autor lento”, pues diez años separan Nunca me abandones y El gigante enterrado, hasta el momento su última novela, es reconocido como uno de los escritores ingleses más importantes y, prueba de ello, es que su novela Nunca me abandones fue escogida por la revista Time como una de las cien mejores novelas en habla inglesa desde la fundación de la revista en 1923 y que le ha sido otorgado el Premio Nobel tan solo un año después de recibirlo otro anglosajón, Bob Dylan, y cuatro años después de que lo recibiera Alice Munro. En otras palabras, Ishiguro es el tercer anglosajón en recibir el Nobel de Literatura en un arco de tiempo de tan solo cinco años.

 Si, tal y como reporta The Guardian, Sara Danius, secretaria de la Academia, describía la narrativa de Ishiguro como una mezcla entre Jane Austen y Franz Kafka con un poco de Marcel Proust, Jorge Herralde describe al autor como un “escritor secretamente ambicioso, un escritor arriesgado, que en cada novela ensaya algo nuevo”. Salman Rushdie no ha tardado a felicitar a “mi viejo amigo Ish, cuya obra amo y admiro desde que leí Pálida luz en las colinas”; con veintiún años menos de Philip Roth y con tres años menos que Marías, cuyo nombre es ya habitual en las apuestas de cada año, Kazuo Ishiguro pone en entredicho todas las supuestas lógicas que imperan en la concesión del Nobel. Poco ha importado que fuera anglosajón o que tenga una edad todavía propicia para seguir construyendo su obra literaria –no hay que olvidar que la edad no importa: Albert Camus ganó el Nobel con tan solo 44 años-, Kazuo Ishiguro ha echado por tierra las apuestas y se ha impuesto a aquellos nombres que, como comentaba Herralde, no mantenían a la sordina. Habiendo publicado hace apenas dos años su última novela, su editor ve difícil una novela a la vista, “pero haré una llamada a su agente, por si acaso”.   

 

 

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