Diario de un incesto, un libro frente al tabú

 

Texto: ANNA MARÍA IGLESIA

En su ensayo de 1955, Tristes trópicos, el antropólogo belga Claude Lévi-Strauss se interrogaba por las razones por las que “toda sociedad prohíbe el incesto”, puesto que “no hay ninguna que no haga lugar al suicidio y deje de reconocer su legitimidad en ciertas circunstancias o para ciertos motivos: aquellos en los cuales la actitud individual coincide accidentalmente con un interés social”. Considerado como tabú, para el antropólogo la prohibición del incesto constituye el centro a partir del cual se constituyen las sociedades, es decir, es la regla y, a la vez, la garantía para la supervivencia de toda sociedad y, por tanto, señala: “Por su universalidad, la prohibición del incesto tiene que ver con la naturaleza, vale decir con la biología, o con la psicología, o con ambas; pero no es menos cierto que, como regla, constituye un fenómeno social y que proviene del universo de las reglas, vale a decir de la cultura, y en consecuencia atañe a la sociología, cuyo objeto es el estudio de la cultura”. En efecto, para Lévi-Strauss, la prohibición del incesto “no tiene origen puramente cultural, ni puramente natural, y tampoco es un compuesto de elementos tomados en parte de la naturaleza y en parte de la cultura”, sino que “constituye el movimiento fundamental gracias al cual, por el cual, pero sobre todo en el cual, se cumple el pasaje de la naturaleza a la cultura”, es decir, para el pasaje hacia una organización en sociedad de una cualquier comunidad.

Hoy en día, el incesto no sólo sigue siendo una prohibición, sino que sigue siendo un tabú. ¿Los motivos? Nos atrevemos a decir que, actualmente, son más culturales que biológicos: el incesto es sinónimo de aberración, de horror, de violencia y de abuso. El incesto es lo anti-natural, es la violencia de un padre contra su hijo, es el abuso sexual sobre un menor de edad. Es, en definitiva, lo más abyecto que pueda cometer una persona. Sin embargo, es también una realidad silenciada, que, a pesar del horror colectivo que despierta, existe y, lo más grave, una realidad que, precisamente constituyéndose en tabú, pervive silenciada y no denunciada. No sólo el victimario esconde su fechoría, sino también la víctima que, en muchos casos, termina sintiéndose culpable por haber sido objeto de abusos incestuosos. “Mi padre es mi secreto, sus violaciones son mi secreto. Pero el secreto que encierra ese secreto es que a veces me gustaba”, escribe la autora de Diario de un incesto, libro que acaba de publicar en España la editorial Malpaso y que la prensa norteamericana ha tildado como el más impactante del año. La autora, que ha optado por mantenerse en el anonimato, relata en apenas 120 páginas los casi 18 años de abusos, que comenzaron cuando apenas tenía 3 años y concluyeron el verano que cumplió los 21: “Un niño no puede huir, y, más adelante, cuando puede hacerlo, ya era demasiado tarde: mi padre controlaba mi mente, mi cuerpo, mi deseo. Yo lo deseaba a él. Iba a casa. Volvía a casa a por más.” En el relato, hay un constante sentimiento de culpa por sentir placer, por desear al padre. La autora narra cómo el placer termina convirtiéndose en una forma de supervivencia y, al mismo tiempo, algo de lo que sentirse culpable. ¿Cómo sentir placer ante los abusos? Y, al mismo tiempo, ¿cómo sobrevivir a ellos? “Hoy he leído en un libro sobre la tortura que cuanto más se viola a una prisionera, más probabilidades hay que ello le procure placer. El placer como mecanismo de supervivencia. Cuanto más se la viola, tanto mayor es el placer”, escribe la autora para al final confesar: “Mi cuerpo es puro éxtasis. Escribir esto me excita. Pienso en mi padre y me pongo húmeda. Pienso en él y lo siento dentro del coño”.

Diario de un incesto es la anatomía de una mente rota”, comenta Malcolm Otero Barral, editor de Malpaso, es “el relato de cómo alguien toma decisiones difíciles y se construye un mundo moral propio para sobrevivir al horror”. La supervivencia es, seguramente, el eje narrativo de Diario de un incesto, puesto que a mitad del libro la autora deja atrás la narración de los abusos para contar la supervivencia a ellos, es decir, para contar y, al mismo tiempo, para preguntarse cómo vivir y cómo relacionarse con el otro sexo arrastrando tras de sí el peso de la experiencia vivida. En este sentido, Otero Barral hace hincapié que estamos frente a “un libro del abuso y del incesto, pero sobre todo es el relato de una superviviente. Es el mapa de un alma herida, un libro son morbo que desgarra. No una frivolidad. Es un libro único”.

 ¿Qué le hace ser un libro único? Diario de un incesto no es el primer libro escrito para testimoniar los abusos sufridos dentro del seno familiar; Incesto de Anaïs Nin y Nunca lo digas a nadie de Pola Kinski son, seguramente, los referentes más conocidos, aunque, como apuntaba Borja Hermoso en su artículo, podríamos retrotraernos hasta el Edipo Rey, si bien en el caso de Sófocles no podamos hablar de una confesión, sino solamente de una ficción. Como Lorin Stein, editora norteamericana del libro, Otero Barral subraya que el valor del libro yace tanto en su papel testimonial y de denuncia como en sus méritos literarios: “Solamente puedo hablar de la vocación literaria. La hay, y de hecho la forma (despojada de artificios, cruda, directa) es fundamental. Las taxonomías son complejas: no es un libro de denuncia, pero denuncia y al tiempo es un libro que mide cada palabra a la perfección”. En efecto, no hay artificio alguno en la prosa de la autora, una ausencia que, sin embargo, a veces se echa en falta ante una escritura extremadamente cruda donde la voluntad de contar se impone a la forma en que se cuenta.

Tomado como testimonio e, incluso, como agitador ante una sociedad que, como indicaba el título de las memorias de Pola Kinski, invita a no decir nada, Diario de un incesto es el libro ejemplar, pero ¿es suficiente para el lector? ¿Es suficiente para considerar el libro una obra literaria? Es inevitable plantearse cómo llegar al lector e invitarle a enfrentarse al tabú. Para Malcolm Otero Barral la clave es mostrar que es un libro que va más allá del incesto para relatar la historia de una supervivencia. Todavía es pronto para analizar la reacción del público lector, una reacción que nos permitiría observar cuánto estamos dispuestos a asumir el relato de realidades incómodas, abyectas, que, por mucho que giremos la cabeza, están ahí. Y, al mismo tiempo, la reacción de los lectores nos permitirá analizar qué papel juega la literatura ante la denuncia de un tabú como el incesto: ¿denuncia o recreación estilizada? En definitiva, la pregunta sobre el papel de la literatura es también acerca de sus límites. “El límite está, además de en el sentido común, en evitar la apología y el proselitismo”, concluye Otero Barral

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