La montaña, un refugio literario

La editorial Minúscula publica "El muchacho silvestre" de Paolo Cognetti, Premio Strega 2017 por "Le otto montagne", que publicará Literatura Random House durante el 2018. 

 

 

Texto: ANNA MARÍA IGLESIA

“En torno no había más que bosque, los prados y aquellos restos abandonados; en el horizonte, las montañas que cierran el Valle de Aosta al sur, hacia el Gran Paradiso; y luego una fuente excavada en un tronco, los restos de un murete en piedra seca, un torrente borboteaba. Aquello iba a ser mi mundo por un período que no había determinado, pues ignoraba lo que me iba a reservar”.  Así relata Paolo Cognetti su llegada a la montaña, tras dejar atrás su vida en Milán. En la montaña permanecerá seis meses, durante los cuales, casi a modo de diario, escribirá El muchacho silvestre, publicado ahora por la editorial Minúscula. Este cuaderno de viaje puede considerarse, en palabras de su propio autor, como las notas, “el backstage”, de Las ocho montañas, la novela con la que acaba de conseguir el Premio Strega 2017 y, coincidencia poco frecuente, el Premio Strega Giovani, entregado por estudiantes de bachillerato de toda Italia. La novela, todo un éxito de ventas y que ha sido ya traducida a varios idiomas, llegará después de las navidades al mercado español de la mano de Literatura Random House. Sin embargo, la publicación de El muchacho silvestre es una oportunidad única para adentrarnos en parte del universo literario de Cognetti, que con este cuaderno de la montaña da un giro a su carrera literaria, marcada hasta el momento por novelas que podríamos definir como urbanas. El mundo de Milán y de Nueva York, tantas veces explorado por Cognetti sea en novelas sea en sus trabajos como documentalista, queda apartado de El muchacho silvestre, así como también de Le otto montagne, ambas obras inscribibles en el nuevo auge de la aquí denominada como “literatura rural”.

De estilo sobrio, trabajado y extremadamente preciso en el uso de los términos –“la montaña te obliga a aprender una serie de nombres que en la ciudades desconoces, el nombre de los árboles, de las plantas, de algunos trabajos que ahí se realizan”, comenta el autor-, El muchacho silvestre es un homenaje a la montaña, es un texto que se inscribe en la literatura “montanara” italiana, cuyo máximo exponente, desafortunadamente apenas conocido entre el público lector español, es Mario Rigoni Stern, autor de Il sergente nella neve, seguramente su obra más conocida. Detrás del cuaderno de Cognetti está, evidentemente, Stern, pero también está Thoreau y Antonio Pozzi; en este sentido, como subraya su editora, El muchacho silvestre es también un libro sobre la literatura, no sólo porque su autor se presenta como discípulo y depositario de una tradición, sino porque la literatura se convierte en la manera a partir de cual relacionarse con el entorno. Ahí está, de hecho, el vecino “montanaro” que lee libros para adquirir nuevo vocabulario y así poder escribir cartas a su pareja, que vive lejos de la montaña. Y ahí está el propio Cognetti, pues la literatura termina siendo el resultado de aquella experiencia de vida en la montaña de la misma manera que había sido el motor para emprender el viaje: “En aquellos meses las novelas me rehuían, pero me sentí atraído por historias de personas que, rechazando el mundo, habían buscado experiencias de soledad en la naturaleza. Leí Walden de Thoreau, My First Summer in the Sierra de John Muller, Historia de una montaña de Élise Reclus. Aquellos escritores, cuando se despidieron de la civilización para adentrarse en los bosques, eran jóvenes como yo. Me impresionó especialmente el viaje de Chris McCandless, relatado por Jon Kracauer en Hacia tierras salvajes”, escribe Cognetti en las primeras líneas de El muchacho silvestre.

Si bien el viaje de Cognetti comienza con una crisis personal que, además, coincide con el inicio de la crisis económica, su experiencia alpina tiene también algo de gesto reivindicativo. En cierta manera, retomando el legado de Thoureau, Cognetti prueba a vivir sin las necesidades que la ciudad impone; “en la montaña podía vivir con muy poco, necesitaba lo necesario para pagar el alquiler y poco más”, comenta el autor, para quien su experiencia, tal y como se refleja en el libro, contiene una “tensión moral”, fruto del proceso de transformación que ese yo narrador va experimentando a lo largo del texto y que, en parte, tiene que ver con el replanteamiento de la propia existencia, pero también con una renovada mirada, nada idílica, hacia esa montaña, convertida en refugio. De la misma manera que su estancia en los Alpes le despierta una conciencia ecológica que hasta entonces no había tenido –“me sorprendió mucho el día en que, en el mes de octubre, comenzó el periodo de casa y la libre, con la que tanto me había costado interactuar, acabo siendo la presa de uno de los muchos cazadores que habían llegado”-, también le abre los ojos ante la situación de la montaña, parcialmente deshabitada durante todo el año y mal convertida en destino turístico para esquiadores. Tras medio año en el Valle de Aosta, Cognetti regresó a Milán, pero, hoy en día, la ciudad es su residencia solo seis meses al año; los otros seis los pasa en la montaña, donde está intentando organizar un festival literario e inaugurar una residencia para escritores. “Quiero llevar a la montaña esa conciencia política y cultural que no tiene”, explica Congnetti, para quien no se trata de contraponer ciudad y montaña, sino de abrazar los dos espacios de forma respetuosa y, sobre todo, crítica para replantearse el modus vivendi en cada uno de ellos y transformarlos social, política y culturalmente. La ciudad es el lugar donde nace todo, pero también es el símbolo del neo capitalismo; la montaña es un lugar alejado, donde los movimientos sociales, culturales y políticos apenas llevan, pero donde es posible llevar a cabo una vida “más humana”, menos dependiente del capital y más unida a la tierra y a las personas.

El muchacho silvestre es el cuaderno de quien redescubre la montaña, de quien se enamora de la montaña y, precisamente por esto, no la abandona, sino que se queda ahí para que deje de ser ese paraje abandonado y aislado. Al mismo tiempo, El muchacho silvestre es un homenaje a la literatura como agente transformador y es un ejemplo de recuperación literaria de una tradición que, si bien algunos de sus autores están siendo rescatados, nunca debió perderse.   

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