Velintonia, el refugio de Vicente Aleixandre

Fernando Delgado publica Mirador de Velintonia (Fundación José Manuel Lara), un libro híbrido a partir de los recuerdos de su autor en casa de Vicente Aleixandre. Un libro sobre un tiempo pasado y sobre aquellos escritores que, desde España o exiliados en otros países, hicieron de la palabra escritura una forma de resistencia. 

 

 

 

Texto: ANNA MARÍA IGLESIA

Para Caballero Bonald, el Madrid franquista era un Madrid de interiores, una ciudad de “casas, tugurios, calabozos, conspiraciones y tertulias”, recuerda Fernando Delgado, quien llegó a Madrid bastante después del poeta de Jerez de la Frontera. Fue 1970 e iba buscando una dirección: Calle Velintonia número 3. No hacía falta dar más detalles, bastaba preguntar por Velintonia, para que cualquier habitante del Madrid de entonces adivinará cuál era el destino ansiado. “Mi primer encuentro con el poeta fue en febrero de 1929, en Málaga, con ocasión de una visita de Aleixandre a la ciudad para conocer a sus amigos Emilio Prados y Manuel Altolaguirre, que el año anterior le habían publicado su primer libro, Ámbito”, recordaba José Luis Cano en sus Cuadernos de Velintonia. “Yo era entonces un estudiante de diecisiete años que ya hacía versos- malos versos- a la sombra benigna de Emilio Prados”, continua Cano, que, en 1931, ya poeta, se traslada a Madrid, ciudad en la que se volvería a encontrar con Aleixandre: “Le llamé entonces por teléfono, recordándole nuestro raudo encuentro malagueño, y recuerdo que me dijo: ‘Aquello no cuenta. Tiene usted que venir a verme’”. Así llegó Cano a Velintonia; su historia no es muy diferente a la de Fernando Delgado, para quien todo empezó en el Puerto de Santa Cruz de Tenerife, donde había atracado el buque Verdi, en el que viajaba Pablo Neruda: “Él iba a su país con el fin de participar en la campaña electoral donde triunfó Salvador Allende como presidente. Pero se resistía a poner pie en suelo español con Franco vivo. Nosotros, medio en serio, medio en broma, tratábamos de convencerlo de que aquella tierra canaria era de una España alejada, casi África, y de que el dictador se hallaba a mucha distancia”. Como ya había hecho al llegar al puerto de Barcelona, tras una elocuente negativa, Neruda terminó pisando tierra firme y ahí “en la terraza del bar Atlántico, con el mar de fondo”, el poeta chileno confesó que “deseaba volver a Madrid por los mariscos de Cuatro Caminos -bromeó-, pero sobre todo por regresar a Velintonia”. Mientras Neruda recordaba la casa de Aleixandre, Delgado la descubría y, poco tiempo después, a través de Francisco Brines, de José Hierro y, sobre todo, de José Luis Cano, él también llegaría a Velintonia. “En aquel pequeño hotelito discurrió buena parte de los encuentros del poeta con hombres y figuras de la vida literaria española y del extranjero. Lo más importante, sin embargo, no fueron las visitas excepcionales, sino las casi cotidianas citas de Aleixandre con la numerosa familia que se le formó en torno: los jóvenes poetas de todas las generaciones posteriores a la suya que fueron madurando en la frecuentación de Velintonia, todos ellos receptores del aliento de quien renunciaba a ser llamado maestros”.

La casa de Vicente Aleixandre se había convertido, desde el final de la Guerra, en un lugar de refugio para poetas y narradores, para jóvenes que, como el propio Fernando Delgado, llegaban a Madrid soñando con versos y prosas. “Era un Madrid en el que el interior de Velintonia constituía para muchos de nosotros un abrigo en la intemperie”, recuerda Delgado en Mirador de Velintonia, un libro híbrido en el que la memoria personal se entremezcla con la memoria colectiva de quienes, de alguna manera u otra, pasaron por la casa de Aleixandre. De la misma manera que los cuadernos de José Luis Cano, el libro de Delgado no es una biografía de Aleixandre, porque no había mejor cronista de la vida de Aleixandre que el propio Aleixandre: “Las memorias exigen del autor palabras descarnadas y ausencia de compasión a veces”, palabras de las que carecía el autor de La destrucción o el amor. A Aleixandre le gustaba escuchar, no había noticia que no llegara hasta Velintonia y, por mucho que los jóvenes que se reunían en su salón trataran de esconder algunas de sus correrías nocturnas, el poeta, más temprano que tarde, terminaba por conocerlas. Luis Feria lo tachó de “cotilla”, pero la pasión de Aleixandre por conocer cuanto acontecía no respondía a la mera curiosidad, esa curiosidad que sí tenía su vecina, Carmen Conde, quien anotaba en una libreta el nombre de todo aquel que visitaba al premio Nobel, sino que respondía a un sentimiento de complicidad con todos aquellos, contemporáneos y más jóvenes, que pasaban por su casa. 

Mirador de Velintonia no es exactamente un libro de memorias, aunque como Los encuentros, el libro de retratos de Aleixandre, se construye a partir del recuerdo: “Cuando escribí Los encuentros, que tienen cierto carácter de memorias, porque están hechos a base de recuerdos, lo hice desde el punto de vista de mis encuentros con las personas y de dónde, cómo y cuándo las trate, de lo que vi en ellas”. Delgado replica, en cierta forma, al maestro y Velintonia se convierte en el mirador desde el cual mirar a aquel mundo literario que se reunía, físicamente, pero también a través de cartas y recuerdos, en el salón de Aleixandre. Eran muchos los que acudían, pero también muchos otros los que soñaban, desde el exilio, con volver. A través de su recuerdo de aquellas tardes en casa de Aleixandre, donde nunca faltaban Guillermo Carnero, Vicente Molina Foix, José Luis Cano y, sobre todo, Carlos Bousoño, Delgado construye un relato del exilio geográfico, vital y poético al que el franquismo condenó a muchos poetas y escritores. “La censura es castrante”, decía Nieva y con sus palabras resumía el pesar de muchos, aunque, como diría Francisco Ayala, muchos escribieron en el exilio, pero su literatura nunca de alejó de su lugar de origen: “No existe literatura en el exilio”, apuntaba con énfasis, “existes escritores que escribieron fuera de España”.

Hubo muchas formas de exilio, fueron muchos los que se fueron, algunos, como Marichal nunca dejaron de sentirse en el exilio –“al fin regresó de nuevo a España, vivió aquí y fue acogido en la universidad española, pero creo que no dejó de sentirse exiliado. Fue un exiliado, siempre entre españoles”- pero también muchos los que permanecieron en España, algunos “encerrados en el exilio interior y otros ajenos a cualquier exilio”, sin embargo, apunta Delgado, “el drama les tocó a todos, pero, como es lógico, cada uno lo vivió con distinta intensidad y a su manera: con activo compromiso político, con desdén intelectual, con apasionada observación de aquella realidad o con dolorida melancolía”. Y, para todos ellos, ir a Velintonia era una forma de regresar, porque, como dijo Max Aub, “nunca perdimos ni perderemos a España del todo mientras viva Vicente Aleixandre en Velintonia”. Sin embargo, ir a la casa del poeta era también una forma de caminar hacia adelante, de imaginar un país que todavía estaba lejos, pero que Aleixandre ya vislumbraba: “Estoy seguro en que llegará una década de libertad, de máxima libertad. Nuestra generación no lo verá ya. Lo que hoy no está más que apenas tolerado, y mal, tan mal, será el día de mañana cosa corriente, formas distintas. El amor lo justificará como debe ser, como tiene que ser”. Discreto como pocos, Aleixandre vivía con pesar la imposibilidad de expresar el amor que sentía, la necesidad de esconder ese amor que, por entonces, no sólo no justificaba nada, sino que condenaba. Todos los sabían, pero mantuvieron la discreción: Bousoño era el más querido por Aleixandre. “Aunque no expresara entre nosotros sus sentimientos hacia Carlos con frecuencia, o lo hiciera levemente, nunca dejaba de hablar de él. Ese amor lo acompañó hasta la muerte”, escribe Delgado. Eran los setenta, un tiempo de cambio se acercaba; en la noche, abrían sus puertas locales para una libertad hasta entonces inusual, allí estaba el Olivier y el Bocaccio, donde se volvían a encontrar muchos de aquellos jóvenes que, durante el día, hacían tertulia en casa de Aleixandre, una casa que, sin embargo, todavía seguía siendo un lugar excepcional, donde la palabra no se censuraba y donde la mirada estaba puesta hacia el futuro. Los setenta, comenta Delgado, fue una época de extraordinaria vitalidad para la poesía: “Se rescata a Luis Cernuda, entra Vicente Aleixandre en una tercera etapa, se reedita con justicia a Luis Rosales o se redescubre con entusiasmo a Juan Gil-Albert. Se recupera a olvidados como Juan Larrea, Carlos Edmundo de Ory o el grupo Cántico de Córdoba”. En aquella década, además, Bousoño publica Invasión de la realidad y Castellet publica la antología de los Nueve Novísimos, de la cual Aleixandre, siempre atento a todo, diría: “Fue un boom publicitario, la presentación de una poesía que no estaba totalmente cuajada en la mayor parte de los casos. Mucha más publicad que muestrario de calidades estéticas ya logradas. Me atrevería a preguntarme qué vigencia o qué interés tienen la mayor parte de los poetas allí incluidos”. De aquellos poetas, Aleixandre salvaría solamente a dos, a Pere Gimferrer y  Guillermo Carnero, que, junto a Antonio Colinas, a Jaime Siles y a Juan Luis Panero, eran “los autores porque me siento más inclinado”.

Desde 1973, el nombre de Vicente Aleixandre aparecía en las quinielas del Premio Nobel; 1975 debía ser su año, pero los Juicios de Burgos lo impidieron, no se podía gratificar a España con un Nobel, aunque el premiado fuera una de las víctimas de aquel sistema al que se castigaba. El 6 de octubre de 1977, por fin, recibía el premio; enfermo, no pudo ir a Estocolmo a recogerlo, pero las palabras de Karl Ragnar Gierow sirvieron para presentar al mundo quien era aquel poeta de origen sevillano: “Aleixandre ha sobrevivido al régimen, incluso psíquicamente. No se sometió nunca, continuó su quehacer poético y se convirtió de esta manera, delicado de salud, pero inquebrantable, en la figura central y fuente de energía de la vida espiritual de España, a la que hoy nos honramos en rendir este homenaje”. Así era Aleixandre, el poeta que cuando, tras la muerte de Franco, decidieron cambiar poner a la calle Velintonia su nombre, no acudió, porque no quería aceptar públicamente un homenaje realizado por un alcalde no elegido democráticamente. El poeta se quedó dentro, en su casa, observando desde la ventana los festejos. Desde ese día Velintonia sería Vicente Aleixandre, aunque, en verdad, ya lo era antes. “Yo mantengo la esperanza de que España tenga la suficiente vitalidad para defender su ser, emparejado siempre con la conquista de la libertad interior y la exterior, las dos siempre juntas”, dirá, poco antes de morir, Aleixandre a Fernando Delgado. Aquella libertad a la que apelaba el poeta es la que se vivía entre los muros de Velintonia, en ese pequeño hotel que, durante años, reunió la literatura -los autores y sus textos- que la guerra había fragmentado e imagino la poesía que debía llegar y que, como la libertad anhelada, finalmente llegó. 

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