Emily Dickinson y la luz interior

Momentos estelares de la historia literaria 

 

 

 

Texto:  ANTONIO ITURBE

Ilustración: ALFONSO ZAPICO

Emily Dickinson mira por la ventana de su habitación

y observa los raquíticos árboles invernales y, al fondo, el pináculo de la iglesia. Ha cumplido 53 años y encara la recta final de su vida. Sobre la mesa hay una nota de un amable editor que requiere sus poemas para ser publicados. Se acerca al papel, lo toma entre sus manos muy blancas y lo arruga lentamente. No hay rabia en ese gesto, ni desdén. Simplemente, su vida es otra. Todavía le dura el enfado con su cuñada Susan, a la que tanto quiere, por haberle sustraído un poema y haberlo publicado en The Republican. Sabe que lo hizo por afecto, porque admira su poesía, pero ella era consciente de que no quería que esos poemas salieran de sus carpetas. Había consentido publicar alguno sin firmar, únicamente cuatro, pero eso quedó atrás. Siente el hecho de escribir como si se disparase en la sien. Es algo demasiado arrollador e íntimo para dejar que salga rodando por ahí de cualquier manera. Mira por la ventana y siente el frío de Nueva Inglaterra colarse por todas las rendijas de la casa familiar. Recuerda con placer una de sus últimas salidas de casa para asistir a una charla de Ralph Waldo Emerson. Emerson es para ella un maestro, tanto por la manera de escribir sus poemas como por esas ideas trascendentalistas en las que quita importancia a las cosas materiales y encuentra en la relación con la vida campestre una forma de acercarse a Dios. Se va hasta el armario y lo abre. Todos sus trajes son blancos. Sabe que la asistenta la mira de reojo cuando ordena la ropa. Le parece una extravagancia que solo quiera vestir de blanco, igual que le parece extravagante que haya dejado de salir de casa. Piensa que uno es un poema en sí mismo. El blanco es su metáfora de la vida, de que su encierro no es oscuro ni morboso, sino luminoso. Una luz que mira hacia adentro. Naturalmente que, cuando observa el atardecer a través de la ventana, siente una cierta tristeza. Durante esos últimos años apenas ha salido de casa para ir a misa, a alguna exposición muy concreta o al oculista, en Boston. Pero su desapego de las cosas que suceden allá fuera es ya definitivo. Quizá no quiera reconocer ante sí misma el dolor que le produjo la muerte del reverendo Charles Wadsworth.

No sabe siquiera qué clase de relación fue la suya. La de una feligresa devota con su reverendo de la iglesia presbiteriana. Pero también algo más. Le vienen a la cabeza unos poemas convenientemente guardados que escribió más de dos décadas atrás: “Él fue el átomo a quien preferí entre toda la arcilla de que están hechos los hombres”. Lo conoció en la iglesia de Arch Street, Filadelfia, cuando ella tenía 21 años y él era un pastor de 40 años casado y risueño. Solo se vieron tres veces en tres visitas de cortesía para tomar el té en su casa de Amherst. Pero para ella fueron algo más. La intensidad con que los dos empezaron a hablarse en su último encuentro hizo que, sin abandonar la estricta etiqueta exterior, algo ardiera por dentro. Un día le dijeron que el pastor Wadsworth había solicitado una plaza en la costa Oeste y se había ido a predicar a San Francisco. La distancia enfría e incluso lo hiela todo. Uno de aquellos meses escribió en un cuaderno: “¿Es Dios enemigo del amor?”. Cuando, tiempo después, se enteró de que el reverendo Wadsworth había regresado a Filadelfia, empezó a escribirle. Cartas nada comprometedoras, que él devolvía con esa cortesía donde nada se dice y, por tanto, todo puede soñarse. Años después, una tarde de 1880, su hermana Lavinia llamó a su puerta y le dijo que había una visita que deseaba presentarle sus respetos. Al bajar, con su indiferencia habitual por las cosas mundanas, quien la esperaba en el salón era el reverendo Wadsworth. El tiempo había trazado surcos en su rostro y tenía un aire cansado, pero seguía habiendo en su gesto bondadoso un mundo luminoso. Emily, un tanto desorientada ante lo inesperado de esa visita que tantas veces había anhelado, sin saber bien qué decir, le preguntó por el viaje entre Filadelfia y Amherst: -¿Cuánto ha tardado, reverendo? -Veinte años –le dijo él con una sonrisa melancólica. El reverendo falleció dos años después de ese encuentro. Ella mira por la ventana y ve los árboles desnudos. Nada hay ya allá afuera que le interese. No es una loca que haya decidido encerrarse para siempre, es solo que la vida que le importa palpita en esos sentimientos que ordena sobre las resmas de papel en sus poemas. Ya nada espera del mundo.

Escribir es el último refugio.

 

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