De Melville a Hawthorne o la invención de un relato

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La Uña Rota publica Agatha, donde Sara Mesa y Pablo Martín Sánchez escriben el relato perdido de Melville

 

 

 

 

Por: ANNA MARÍA IGLESIA

En 1951, Herman Melville escribía a Hawthorne: “Pensándolo bien, me parece que aquí se esconde una trama que de seguro a usted le resultará especialmente familiar. Para ser exactos, creo que de este asunto sacará mejor provecho que yo. Es más, se diría que es la historia misma la que se siente atraída por usted”. Los dos escritores norteamericanos se habían conocido un año antes, en concreto, el 5 de agosto de 1850 y entre ellos había surgido una amistad que dará lugar, a pesar de la poca distancia geográfica que les separaba, a una densa relación epistolar, publicada en castellano por la editorial La uña rota con el título de Cartas a Hawthorne.

Pese a la admiración que se profesaban y la correspondencia que les unió, la amistad entre los dos autores no duró demasiado y, relativamente pronto, dejaron de ser amigos. El motivo no está muy claro, pero se percibe ya un distanciamiento cuando Melville escribe a Hawthorne proponiéndole escribir un relato a partir de la historia en torno al señor Robertson historia que, explica el autor de Moby Dick en su carta, el abogado John H. Clifford le había contado durante su estancia en Nantucket. ¿Qué le llevó a ver en aquel episodio una posibilidad única para que su amigo escribiera un relato? A lo mejor, todo se debió a que la historia del señor Robertson le recordaba mucho a la trama de Wakefield, que Hawthorne había publicado en 1835. De lo que no cabe duda es que Melville estaba convencido de la importancia de que su amigo y remitente conociera esa historia y, por tanto, no sólo decidió relatársela, sino que incluyó en la carta un amplio informe del abogado Clifford en el que se detallaba los pormenores del caso Robertson, que, tras naufragar en Pembroke, había sido curado y rescatado por Agatha Harch, con quien se casaría y con quien tendría una hija, a la que no conocería hasta tiempo después, puesto que Robertson abandonaría Agatha, cuando ésta estaba embaraza, desapareciendo durante 17 años. En ese tiempo, Robertson se ganó bien la vida en Alexandria (Columbia) y obtuvó bastante dinero, que fue enviando a Agatha y su hija, tras un breve reencuentro, antes de irse a Misuri. Robertson se casó dos veces más y, al morir, nadie conocía la existencia de Agatha, cuyo matrimonio, además, se daba por nulo. El abogado Clifford conoció la historia cuando la hija de Agatha, junto a su marido, reclamó su herencia en tanto que hija de Robertson y reclamó que el matrimonio de su madre fuera considerado legítimo.

“Escríbelo tú”, esta es, parece ser, la respuesta que Hawthorne dio a Melville, mostrando su claro desinterés por la historia del abogado Clifford; el autor de La letra escarlata se desentendió del tema y en sus obras no queda ningún rastro de la historia de Agatha. En el caso de Melville, la pregunta que surge es si, a pesar del distanciamiento, aceptó el reto y escribió acerca de aquella historia que tanta fascinación le había suscitado. No está muy claro, algunos indicios apuntan a que Melville, uno de los autores que junto a Hawthorne comenzó a “emplear los recursos de la novela para hablar de la vida y las preocupaciones de sus conciudadanos", en palabras de Carlos Bueno Vara, convirtió la historia de Agatha en un relato de ficción, titulado La isla de la cruz. Sin embargo, nada nos ha llegado de aquel relato, puesto que, como contaba Bueno Vara, traductor de la correspondencia, a El Cultural, "luego de ser rechazada por los editores de Harper & Brothers, que acababan de publicar Pierre o las ambigüedades, cuyas ventas no terminaban de despegar, al tiempo que se estaba recuperando del fracaso de Moby Dick, Melville decidió, no se sabe muy bien por qué, destruirla".

Agatha podría definirse como un spinf off de Cartas a Hawthorne, a través del cual La Uña rota se plantea una pregunta: ¿De qué manera se contaría hoy la historia que tanto fascinó a Melville? ¿Cómo narrar la historia de Agatha, una mujer de inicios del XIX? A modo de ejercicio de estilo, la editorial plantea este reto a dos autores, Sara Mesa y Pablo Martín Sánchez. Autora de la interesante novela Cicatriz y de los espléndidos relatos reunidos en Mala letra, Sara Mesa es una de las escritoras más destacadas de su generación; por su parte, Pablo Martín Sánchez recibió el aplauso unánime de la crítica por Un anarquista llamado como yo. Ambos escritores ofrecen dos relatos completamente distintos, pero que comparten un mismo presupuesto: no se trata de narrar simplemente la historia de Agatha, sino de convertir el relato en un interrogante acerca de cómo narrar hoy la historia de aquella mujer de gran “paciencia, fortaleza y resignación”. Y el cómo narrar tiene su respuesta en la primera persona del singular, por la cual tanto Mesa como Martín Sánchez optan, evidenciando con su elección un cambio en la subjetividad narrativa: abandonan la tercera persona del singular y, por tanto, la figura del narrador externo, propio de la prosa del diecinueve, y escriben desde una primera persona y desde una voz narrativa interna a la trama. Asimismo, Martín Sánchez recurre a la autoficción para narrarse como escritor en busca del manuscrito de La isla de la cruz, texto que incorpora, cuan manuscrito hallado, en el relato. Mientras que éste opta por un relato de autoficción con tintes metaliterarios, Mesa construye un relato en primera persona en el que la voz narradora pertenece a la hija de Agatha y de Robertson; es ella quien narra (su) historia y es a través de su mirada que los lectores conocen los hechos. En este sentido, la perspectiva narrativa del relato de Sara Mesa tiene como centro a esta joven que, poco antes de casarse, se reencuentra con su padre, cuya herencia reclamará en tanto que hija legítima nacida dentro de un matrimonio legítimo, pero truncado por la voluntaria desaparición de él.

En Un reloj y tres chales, título que escoge Mesa para su relato, la narradora trata de reconstruir la enigmática identidad de su padre hasta descubrir quién era realmente y cuál era su verdadero nombre; al mismo tiempo, con su relato, la narradora se construye a sí misma, se interroga sobre su propia identidad en relación a su madre, con quien ha crecido, y con su padre biológico, de quien conoce solamente algunos datos, muchos de los cuales erróneos. ¿Quién es ella? “La palabra- hija- aparece sólo en dos ocasiones, aunque es imposible relacionarla conmigo”, comenta la narradora, releyendo los textos que su padre dejó a su muerte. ¿Puede ella llamarse hija de Robertson, apellido tras el cual se escondía James Shinn? ¿Puede desligarse de Robertson, un padre que no ejerció como tal, una persona que ni tan siquiera es quién dice ser? Agatha, su madre, “había amado a aquel hombre, se había entregado a él y, años después, tuvo que justificar su resurrección. Aquel hombre había abierto una brecha entre ella y el resto de los hombres, entre ella y el abuelo, entre ella y los pretendientes que ya no pudo aceptar. Aquel hombre le dio una hija, pero se la dejó sólo para ella”, comenta la joven, mientras observa a su madre ante la tumba del hombre “de los dos apellidos, de los tres matrimonios, el hombre fruto del mar desconocido y del mar temible”. Si el relato de Mesa es una indagación en torno a unas identidades por construir o redefinir, La historia de Agatha, el relato de Martín Sánchez, convierte la pregunta sobre cómo escribir la historia que Hawthorne nunca llegó a componer en el centro de la trama: a través de un ejercicio de autoficción, el autor no solo construye a un escritor que se llama como él y que va en busca del manuscrito perdido de Melville, sino que incorpora el propio manuscrito planteando un juego de autoría. ¿Quién es el autor de ese manuscrito? ¿El narrador o Melville? Las peripecias narradas terminan, incluso, por cuestionar el hallazgo del manuscrito: ¿Fue real? Y, si es así, ¿Por qué, de repente, nada se sabe del hombre que acompaña al narrador hasta él? Pablo Martín Sánchez opta por la primera persona para, luego, cuestionar la voz narradora y, finalmente, cuestionar la idea de autor: entendida la historia literaria como una secesión de textos que se reproponen a través de lecturas y reescrituras varias, ¿es posible hablar de un autor original? Éste parece ser el interrogante último que plantea con su relato Martín Sánchez, cuyo relato funciona de perfecto contrapunto al de Sara Mesa y conjuntamente son un interesante ejercicio de estilo que lleva al autor a olvidarse de Meville, puesto que, al final, poco importa si escribió o no La isla de la cruz, porque la literatura ha incorporado ese relato, se lo ha apropiado, a pesar de su posible inexistencia, para (re)crearlo.