Los guiños a nuestra época de Astérix

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Los irreductibles galos nos hablan entre risas de imperialismo, publicidad o corrupción

 

 

 

 

Por: Antonio Iturbe

La nueva etapa de las aventuras de Astérix y Obélix con historias escritas por Jean-Yves Ferri y dibujadas por Didier Conrad con escrupulosa continuidad de la tradición de sus ya míticos creadores Goscinny y Uderzo sigue dando mucho de sí. En el nuevo volumen, Astérix en Italia, asistimos a una enloquecida carrera de carros en la que participan ciudadanos de todo el imperio, donde recorremos la península itálica al ritmo desenfrenado de las distintas etapas plagadas de imprevistos, trampas y tortas, de las comestibles y de las otras. También esta nueva era de Astérix se caracteriza por una mayor cantidad de guiños a la realidad contemporánea (En El papiro del César incluso con Wikileaks de por medio). Aunque han pasado más de 2.000 años de la Guerra de las Galias, los álbumes de Astérix y Obélix nos dicen muchas cosas sobre el mundo en que vivimos a poco que leamos con atención. Estas son algunas de las cuestiones que, con el imprescindible acompañamiento de aventuras y risas, nos cuentan en Astérix en Italia.

Slowlife, por favor

Frente a los caminos de tierra de la época, las empedradas vías romanas eran el equivalente de nuestras autopistas. En la primea viñeta vemos a un carro rutilante lanzarse a toda velocidad por la rectilínea vía empujado por sus purasangres. En la segunda viñeta se la pega estrepitosamente y queda tirado en la carretera. Y en la tercera acude en su rescate, con toda parsimonia, el carro de Reparaciones Cortocircuitus tirado por un tranquilo jamelgo y su dueño caminando a su paso. Aunque el movimiento de la Slowlife se haya quedado en poco más que un reclamo comercial para vender infusiones de rooibos, en estos tiempos del cuanto antes, mejor, hay que recordar que quizá llega antes o incluso más lejos el que más corre, pero que no disfruta nada del viaje. Y ya decía don Quijote a Sancho: “tan importante es el camino como la posada”

2.- Obras públicas, bolsillos privados

El senador Lactus Bífidus es el encargado del mantenimiento de la red viaria romana, orgullo del imperio. Un imperio lleno de socavones porque Bífidus en lugar de repararlos se queda con el dinero para financiar su orgía de la tarde y su vida de potentado abotargado por el vino y la poca vergüenza. Su primordial actividad en su escaño del Senado es echarse la siesta. Los descendientes de Lactus Bífidus viven en España. En estos años han ampliado sus atribuciones viarias, y además de las carreteras se han ocupado de las estaciones del AVE y los aeropuertos fantasmas para que aterrice el aire. Para ocultar sus desaguisados, Bífidus convoca una gran carrera por las vías romanas que, naturalmente, no debe ganar ningún bárbaro.

 

 

3.- Consumismo que nos consume

Ni el propio Obélix es capaz de resistirse a la atracción del consumismo. En la feria de Darioritum (la actual Vannes) el llamativo concesionario de carros de Catalítix, con una despampanante vendedora como mandan los cánones del marketing hasta nuestros días, se compra un carro deportivo aparentemente inútil que tendrá que pagar en muchos plazos. La publicidad está muy presente en este álbum porque está muy presente en nuestras vidas. La carrera es patrocinada por Cresus Lupus, fabricante del Red-bull de la época: el garum. Esa bebida, hecha a base de vísceras de pescado fermentadas, convence poco a los galos pero vuelve locos a los romanos. El patrocinio deportivo ya hace de las suyas en esa Roma de hace dos mil años. Veremos también cómo la publicidad es la fuerza que lo mueve todo. Será la que decante la resolución de la historia y nos encontraremos con un inesperado modelo publicitario en las vallas de Roma.

4.- Imperialismo: de César a Trump

Los imperios han ido turnándose a lo largo de la historia porque hay quienes no tienen bastante con lo suyo y también quieren mangonear lo de los demás. Julio César fue en su vida un militar sediento de territorios y poder que quiso tener el mundo entero conocido del siglo I antes de Cristo metido en un puño. El nuevo César en vez de una corona de laurel lleva el pelo teñido de un rubio barato. En esta aventura queda claro el error de César de querer que todo el mundo se mueva al ritmo de las costumbres romanas, incluso aunque sean aparentemente más confortables: los normandos abandonan la carrera, desesperados, porque no soportan tanta civilización: “Estos caminos tan rectos, ¡este clima tan idílico!¡Ya no puedo más! ¡Cuánto echo de menos mi tierra!”. Ni el progreso, ni siquiera la democracia se puede imponer, aunque vaya servida con hamburguesa, patatas dobles y kétchup. Todos los imperios llevan implícita la semilla de su derrota: llegar a los sitios para imponer y coger, en lugar de llegar para aprender y compartir.