El Premio Nadal y la lógica de (casi) siempre

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Alejandro Palomas gana el Premio Nadal 2018 y Antoni Bassas consigue el Premi Josep Pla

 

 

 

 

Texto: ANNA MARÍA IGLESIA

 

A los premios literarios se va llorado de casa. Este es el lema que, desde hace ya algunos años, me aplico regularmente antes de asistir a todo tipo de premio literario del que, en bastantes ocasiones, siendo generosa, poco se puede esperar. De poco sirve alterarse cuando el presentador anuncia el ganador, cuyo nombre ya lleva horas circulando por los corrillos y por los grupos de whatsapp, de poco sirve sentirse decepcionado ante la elección del jurado -en el caso de que se pueda hablar de elección y no de “elegante” propuesta de la editorial que concede el galardón-, pues de la misma manera que, como diría el Presidente, un plato es un plato, un premio literario es un premio literario y no hay más que hablar. Por ello, mejor ahogar las posibles penas en casa antes de acudir al evento.

Este año no hubo sorpresas, no sólo porque Wikipedia anunciaba el nombre del ganador del Nadal dos horas antes de que el jurado lo hiciese oficial, sino porque, en años precedentes, el nombre de Alejandro Palomas ya había sonado como posible candidato. Y, ayer por la noche, así fue: el traductor, poeta -la Fundación José Manuel Lara está preparando la publicación de sus poemas- y narrador de Barcelona se convertía en el 74 Premio Nadal.  Hace ya años, décadas, que el Nadal no despierta a ningún escritor dormido, más bien todo lo contrario, recayendo en nombres más que conocidos de la casa. Algo lógico, dentro de la lógica empresarial, pues no está el mercado como para tirar la casa por la ventana. Y por mucho que los luminares de la economía, tanto de forma sobria como alegre, recomienden los intereses variables, en cuanto al mercado de libros se refiere, el Grupo Planeta tiene un perfil conservador: no le gustan las variables, prefiere un valor seguro y de trayectoria estable. Bien es cierto que - y perdónenme el coloquialismo- a veces el tiro sale por la culata, pero, a priori, no es el caso de este año: el Premio Nadal a Alejandro Palomas es una forma de reconocimiento de un autor que, con sus dos últimas novelas, Un hijo y Un perro, no sólo ha recibido una más que buena aceptación por parte de la crítica, sino que ha conquistado a miles de lectores. Si bien es cierto que el éxito a Palomas le llegó con Una madre, novela que publicaba en la editorial Siruela y cuyas ventas han superado las de las dos novelas siguientes, fue en la editorial Destino en la que Palomas afianzó un proyecto literario conformado, precisamente, por las tres novelas citadas: Una madre, Un hijo y Un perro. A través de unos mismos personajes, el escritor catalán ha creado un universo narrativo, a través del cuál ha indagado en las relaciones y afectos familiares. Un amor, título de la novela ganadora del Nadal, convierte la trilogía en una tetralogía, reproponiendo los personajes de Amalia y de sus hijos.

El premio Josep Pla tampoco sorprendió demasiado -sorprenderse con los premios literarios es casi tan difícil como esperar algo de ellos- puesto que también respondió a la lógica del “apostar sobre seguro”. El periodista Antoni Bassas, que durante 14 años dirigió y presentó las mañanas de Catalunya Radio, se alzó con el galardón homenaje al autor del Quadern Gris con sus memorias de aquellos años de radio. El título de las memorias Bon dia són les 8 hace alusión a la frase con la que Bassas comenzaba diariamente su programa, que le convirtió en unas de las figuras de referencia de la radio en catalán y, actualmente, es posible leerle en las páginas de Ara. La victoria de Bassas no solo evoca al ganador del 2016, Lluis Foix, que se alzaba con el galardón gracias a sus memorias sobre su experiencia en La Vanguardia, sino que demuestra que el Grupo Planeta es capaz de cambiar su sede social tras la brevísima declaración de independencia y, al mismo tiempo, premiar a un periodista que se ha mantenido siempre fiel a sus posicionamientos políticas y que no dudó en dedicar el premio a “cuatro hombres de paz injustamente encarcelados”, refiriéndose claramente a Oriol Junqueras, Jordi Sánchez, Jordi Cuixart i Joaquim Forn. La lectura de Bon día són les 8 dirá si Bassas merecía tal galardón, pero, de lo que no cabe la menor duda, es que premiarlo es reconocer no sólo la trayectoria de un periodista consolidado, sino asegurar desde el primer minuto un gran número de lectores, pues aquel que consiguió ser el líder de referencia de la radio en catalán difícilmente no conseguirá encontrar, ante todo, entre sus oyentes, a un gran número de lectores. No sería de extrañar que, de aquí a unos meses, cuando llegué el día de Sant Jordi, Bassas no sea nombrado como uno de los autores más vendidos en lengua catalana.

El Premio con el que se alzaba una joven y desconocida Carmen Laforet en 1944 hoy no sólo no despierta a autores dormidos, sino que no arriesga. Lo mismo parece suceder con el Josep Pla, que se convocó por primera vez en 1968 y recayó en las manos de Terenci Moix, al cual siguieron Baltasar Porcel, Teresa Pàmies, Llorenç Villalonga o, en 1977, Josep Maria Castellet, que ganó gracias a su ensayo Josep Pla o la raó narrativa. Ambos galardones ya han dejado sus años de juventud, con 74 y 50 años cada uno, han entrado en una edad adulta, que nos les ha beneficiado demasiado. Convertidos en una pieza más dentro de un perfecto engranaje mercadotécnico, los premios, independientemente de la calidad de las obras, son una forma de (auto)promoción antes que de reconocimiento a una obra. A este punto, son la novela de Alejandro Palomas y las memorias de Antoni Bassas las que deben hablar, las únicas que pueden dar sentido a un premio, que ojalá recuperase el espíritu de juventud que nunca debió perder.