«La censura ha pasado de ser política a ser comercial»

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Mariano Antolín Rato publica Silencio tras el telón del sueño

 

 

 

 

 

Texto: MIGUEL BARRERO

 

Más de un lustro llevaba Mariano Antolín Rato (Gijón, 1943) sin comparecer con una nueva novela en las mesas de las librerías. Lo hace ahora con Silencio tras el telón del sueño (Pez de Plata), una novela que es, eminentemente, una historia de amor, pero también una evocación de un tiempo y unos lugares que coinciden con aquellos en los que él mismo hizo su irrupción. Autor tan inclasificable como reconocible, ha venido fraguando una sólida trayectoria que arrancó con la recordada Cuando 900 mil mach aprox y le ha deparado reconocimientos como el Villa de Madrid o el Juan March Cencillo. No terminan ahí sus méritos: es justo recordar que gracias a su otra gran faceta —fue Premio Nacional de Traducción en 2014— los lectores españoles hemos podido acceder a autores como Jack Kerouac, William Faulkner o Raymond Caver. Todas estas credenciales avalan que sus libros merezcan una lectura atenta. Mucho más si, como es el caso, aprovecha el potencial de la ficción para hurgar en la intrahistoria de un mundo que él conoce bien.  

Ha dicho, no sin cierta ironía, que Silencio tras el telón del sueño es una novela histórica. Yo diría que es más bien una novela generacional. ¿Había una especie de voluntad de exorcizar los fantasmas y demonios de la gente de su quinta?

Solo lo dije de un modo parcialmente irónico. Que era histórica me vino sugerido después de que la leyeran personas mucho más jóvenes que yo (en realidad, ya lo son casi todas). Opinaron que les había hecho sentir nostalgia por cosas que no habían vivido, situaciones de un pasado del que con la novela tenían noticia y compartían. Coinciden en eso con lo que me pasa a mí al leer, ver películas o escuchar música de épocas en las que me gustaría estar, pero que ya pertenecen a otro tiempo. Por otra parte, no puedo considerarla una novela generacional. Nunca me he sentido perteneciente a un grupo, Y no tengo nada que exorcizar. En todo caso, pretendo reafirmar que, a pesar del horror cotidiano (y no solo de entonces), hay personas dispuestas a hacer todo lo posible por pasarlo bien y ser decentes.

Los dos protagonistas, Pedro Velasco y Kay Quirós, vienen a exhibir caracteres antagónicos. Se diría que el primero viaja constantemente hacia adentro mientras ella lo hace hacia afuera. Es esa dialéctica la que va marcando, a mi modo de ver, el desarrollo de la novela.

No se me había ocurrido que se les pudiera ver así, pero puede que sea cierto. En cualquier caso, las mujeres (y hablo de un modo general) siempre me han parecido mucho más listas que los hombres. Y suelen hacérselo mejor en la vida. En la novela, ahora que lo menciona, Pedro Velasco siempre anda un poco a rastras de Kay Quirós, aunque ella también sabe cómo manejarlo. Y el amor, en definitiva, se impone.

También parece explorarse, en determinados pasajes, cómo los éxitos aparentes pueden encubrir o mitigar los fracasos o las distorsiones de carácter más íntimo.

El fracaso me atrae más que el  éxito, que para mí siempre tiene algo de hortera. O quizá no tanto el fracaso como el no esforzarse por destacar en un mundo donde se espera que alguien levante un poco la cabeza para cortársela. La cuestión es ir haciendo lo que se puede con lo que se tiene. Y si resulta que el resultado consigue cierto reconocimiento, pues estupendo. En la novela he tratado de transmitir eso.

Recorren toda la trama dos temas esenciales, la música y las drogas. Dos elementos que han venido definiendo, muchas veces a partir del arquetipo y de un reduccionismo verdaderamente simplón, a la generación a la que usted pertenece.

Bueno el tópico es sexo, drogas y rock’n roll, ¿no?  Sexo, que tan difícil es ofrecer por escrito sin resultar cursi o aburridamente porno, creo que hay el necesario. La música, que es la forma artística que, como a tanta gente, más me atrae, abunda. Y no solo la de moda entre los que tienen más o menos mi edad, también existe mucho jazz y de la llamada clásica. Más de una vez he dicho que, igual que ahora es tan frecuente que los escritores incluyan fotos en su narración, me gustaría ponerles bandas sonoras a mis novelas. La música siempre acompaña mi vida y mi escritura. Y en la novela complementa los estados de ánimo de los personajes, o eso pretendo. Sobre las drogas… Existe una frase muy difundida que dice que quien recuerda los años 60 es que no los ha vivido a fondo. Yo los recuerdo y le he pegado, y pego todavía, a eso que la legislación vigente llama drogas. Lo que pasa es que lo hago como experiencia, más que buscando el colocón desmadrado, que a veces también. Eso, el examen del estado al que te conducen esas sustancias, me ha permitido, o al menos eso han escrito algunos, fabricar una secuencia narrativa que salta desde el detalle a la visión general de modo ininterrumpido. Una especie de enfoque y desenfoque alternos que le proporciona un toque característico a mi escritura.

¿Podría decirse que entre los Doors y los Sex Pistols cabe todo un mundo?

Hombre, tanto como un mundo… Hay, desde luego, una época donde el final (The End), de los Doors, se vivía como la terminación, ingenua y errónea, según se demostró, de una situación insoportable. La falta de futuro (el No Future, de Sex Pistols), me parece que supuso el anuncio del inicio del estado caótico y cada vez menos grato en el que estamos sobreviviendo. Sin embargo, el hecho de que algo pueda ser destruido mañana no impide que le preste atención esta tarde.

Junto a Quirós y Velasco, adquieren una importancia cada vez mayor los personajes secundarios, por cuanto son ellos quienes nos muestran a los protagonistas desde fuera y completan un fresco que se revela poliédrico. 

La importancia de esos personajes traté de subrayarla en la coda final, cuando salta a primer plano uno de ellos, Juan Gálvez, y pasa a narrar la historia, No es un procedimiento de los que ciertos eruditos llaman metaliterario. Se trata más bien de una exigencia del relato, donde, al menos en un caso, se da cuenta del vivir literario in extenso de uno de los supuestos secundarios que, en realidad, y para no hacer más larga la novela, aparecieron solo en parte como elementos que definían aspectos importantes de los protagonistas.

Usted se dio a conocer con novelas muy vanguardistas. Poco a poco, su narrativa ha adoptado cauces, digamos, más tradicionales, en los que aquellos experimentos de sus inicios han dejado de ser sujeto para convertirse en objeto. ¿Qué queda hoy del Mariano Antolín Rato que se presentaba ante los lectores con Cuando 900 mil mach aprox?

Toda la vida me he considerado un escritor realista, por mucho que eso de «real», y como dijo Nabokov, haya que ponerlo entrecomillado. Así que las que han cambiado son las cuestiones de las que trato. De unos universos psiquedélicos en estado puro, o eso se dijo, he pasado a unos más cotidianos que exigen otros modos de escritura. El cambio, pues, está en el objeto de mi interés narrativo.

Esas novelas han hecho que se le califique casi siempre con adjetivos que hacen alusión a la originalidad de sus planteamientos. Creo que fue Juan Cueto quien lo definió, al menos en una ocasión, como el escritor más moderno de los de su generación. No sé si todo eso influye a la hora de sentarse a escribir. 

Me parece que lo que dijo Juan Cueto fue que era el más moderno de España. Se refería, creo yo, al modo en que me enfrento con lo que pasa. En eso coincidí con un grupo de personas que llevábamos una vida poco convencional comparada incluso con los progres de la generación a la que antes se refería usted. Lo fundamental, seguramente, fue que no tratábamos de vivir aquí, en España, sino que nuestro universo de referencias estaba en Londres, Ámsterdam, Nueva York… A la hora de sentarme a escribir, entonces y ahora, influyen sobre todo mis intereses literarios del momento, porque me considero, en último término, una persona sensata, y los desquiciados y los que están fuera del mundo son los demás, que detentan el poder y determinan lo que es normal o no.

Siguiendo en esa línea, este año se cumplirá el medio siglo de Mayo del 68, germen de toda una tradición en la que no sé si usted se inscribió o le inscribieron. ¿Permanece vigente algo de aquellas revoluciones en la era del neoliberalismo?

¡Tanto tiempo ya! Esto de los calendarios me resulta complicado de asumir. Si es que hubo revoluciones, fueron de costumbres y de modos de habitar el mundo, pero el famoso Sistema sigue con la sartén por el mango. Sin embargo, y lo suelo repetir, me da  la impresión de que lo que ha quedado de aquellas agitaciones  ha sido la liberación de la mujer, que nunca ha dejado de aumentar aunque siga habiendo asesinos dispuestos a impedirla.

Los lectores españoles han contraído una deuda impagable con usted a cuenta de sus traducciones. A lo largo de los años, ha vertido al castellano a autores que en muchos casos tienen una categoría casi totémica. ¿De qué modo han influido esas traducciones, dicen que traducir es otra forma de escribir, en su propia obra?

Traducir es una labor que siempre he realizado en paralelo con la escritura de mis novelas, artículos y ensayos. Es una actividad que me proporciona muchos placeres, y sudores, y con la que me he ganado la vida, porque mis libros nunca se han vendido mucho. Traducir, en definitiva, es leer con mucha atención. Y como cualquier escritor, soy un lector compulsivo, de modo que ha añadido un plus de atención al disfrute y aprendizaje de algunos libros básicos en mi formación. O deformación, vaya usted a saber.

Yendo un paso más allá: ¿cómo ha marcado su relación con un idioma extranjero, en este caso fundamentalmente el inglés, la relación con su propio idioma?

Probablemente mucho. Más que nada porque la literatura en inglés es una de las que mejor conozco. Con todo, y aunque no lo haya traducido, sí a otros autores franceses e italianos, durante mucho tiempo fui fan absoluto de Robbe-Grillet y, en general, del hoy tan olvidado nouveau roman francés y sus sucesores telquelianos, por darles un nombre­. También he leído mucha literatura en español y, por citar un solo caso, Góngora supuso mi iniciación traumática a la literatura. Y sobre Dante hice mi tesina.

A menudo se habla de la crisis del mundo editorial, del descenso de lectores... Teniendo en cuenta que Silencio tras el telón del sueño vuelve la mirada sobre aquellos años de efervescencia creativa que fueron las décadas de los 60 y 70, ¿qué diferencias encuentra entre el panorama actual y aquél que imperaba cuando usted se dio a conocer?

Como empecé a publicar en pequeñas editoriales y siempre se me ha considerado un autor underground, y ahora vuelvo a lo mismo, aunque lo de underground haya pasado a llamarse  independiente, no noto grandes diferencias. En mi paso por grandes grupos editoriales, donde los libros se consideran productos, como los míos no podían competir en ventas con los de las estrellas, me mantuve en un segundo, tercer o cuarto plano, por mucho que siempre contara con buenas críticas y unos cuantos escasos lectores entusiastas.  Con todo, me ha afectado, como a cualquiera que publica en la actualidad, la política de los grandes lanzamientos y la desmesurada exposición pública.  Algo que hoy impera, porque en las editoriales más conocidas quienes mandan son los comerciales, que tienen alergia a lo que llaman obras literarias. La censura ha pasado de ser política a ser comercial. Así que, al menos en España, quitando unos cuantos años de aproximadamente la década de 1980, la situación no es muy diferente.