Eugenio Trias, el último filósofo

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Se publica "La funesta manía de pensar", una recopilación de los artículos de Eugenio Trias

 

 

 

Texto: ANNA MARÍA IGLESIA

 

“Toca hoy, en este tiempo particularmente opaco a toda aventura teorética, romper una lanza a favor de la pura contemplación. Cuya etimología significa observación del cielo. Contemplar implica formar un ‘templo’ en el cielo (y observar, de manera recogida, esa figura)” escribía en su artículo “Elogio de la contemplación” Eugenio Trías, para quien “contemplar es, por extensión, toda actividad en la cual el goce en la observación y la reflexión teórica alcanzan una particular significación”. La observación y la reflexión, continúa Trías, tienen como fin el “conocimiento verdadero”, la “verdad” a la que es posible aproximarse no sólo a través de las ciencias, sino también a través del “arte y la estética, la filosofía y la religión”, que “generan sus propias aproximaciones, o tiran también del hilo rojo, apenas perceptible, que permite transitar el laberinto del conocimiento”.

Eugenio Trias transitó el laberinto del conocimiento y ahora, cuando se cumplen cinco años de su fallecimiento, el lector puede recorrer parte de aquel laberinto a través de algunos de los artículos que el filósofo publicó en prensa entre los años 2001 y 2013 y que han sido seleccionados por Francesc Arroyo para La funesta manía de pensar (Galaxia Gutenberg) “Mi padre siempre se tomó muy en serio los artículos”, comenta David Trías, editor e hijo de Eugenio Trias, que, desde muy joven, estuvo vinculado a la prensa, “sobre todo en las páginas culturales del vespertino barcelonés Tele-Express, que en los primeros años setenta se había convertido en el diario de referencia del progresismo catalán, mal que bien asociado a lo que dio en llamarse la gauche divine”, escribe Arroyo en la introducción al volumen de artículos. El compromiso de Trias con los artículos tenía mucho que ver con su voluntad de estar en plena conexión con el mundo y con la realidad que le circundaba –“mi padre no era un anacoreta”, puntualiza David-, una conexión que no sólo se manifestaba en su interés por el diálogo -de ahí los artículos, de ahí su pasión por dar clase, de ahí su participación en la creación de instituciones, como el Col·legi de Filosofia, para el diálogo y la discusión-, sino en su concepción de la filosofía: “Ante la corriente que sostiene que la filosofía es siempre filosofía de algo”, comenta Arroyo, “Eugenio optaba por la filosofía que tenía a la propia filosofía como objeto”. Para Trías la filosofía debía dar cuenta del mundo y, precisamente por ello, apunta Arroyo, “su metafísica no puede concebirse sin la figura del hombre”, imprescindible para comprender el concepto principal del sistema filosófico de Trías: el límite.

Profundamente influenciado por Wittgenstein y su Tractatus, en el prólogo a Creaciones filosóficas I, Trias afirma: “somos los límites del mundo”, pero, ¿qué entiende el filósofo por límite? Concepto de fundamento platónico, para Trías el límite es el espacio en el que se encuentra el hombre y que lo separa, por un lado, de la cerca hermética, es decir, de aquello que escapa de la razón, y, por otro lado, de la cerca del parecer, es decir, del mundo concreto y tangible. Para Trías, no puede pensarse el hombre independientemente de estas dos cercas y la filosofía debe buscar el lenguaje apropiado para dar cuenta tanto del mundo tangible como de la esfera de lo intangible. “Tanto el modernismo como el postmodernismo han sido ciegos en relación a la relevancia de ese “hecho religioso” … la filosofía ha olvidado un sustrato irrenunciable para acceder a la razón, a la reflexión, o a las distintas formas de pensamiento”, escribía Trias en Pensar la religión, donde se detenía en uno de aquellos “barrios” que configuran el vivir humano y, por tanto, el hombre, sobre el cual la filosofía no puede dar cuenta solamente a través del lenguaje de la razón, lenguaje que se ha vuelto insuficiente. “Se ha ido rebasando, poco a poco, la ilustración y la mayoría de sus dogmas. Sobre todo el que dota de soberanía, por encima del conocimiento, de la orientación religiosa y de la experiencia estética, a la Razón Práctica”, escribía el filósofo en Elogio de la contemplación, donde concluía: “queda lejos el tiempo en que Razón y Razón Práctica parecían fundirse y confundirse”. Frente a ello, como apostillaría Blas Matamoro en su lectura de La edad del espíritu, “crear lo invisible o, al menos, partir de lo invisible: puede ser la mejor manera de definir la tarea humana en la historia, que siempre tiene algo de fe, de confianza en lo externo”. Ese partir de lo invisible es lo que, en parte, sostiene la filosofía de Trías, para quien la religión, la política o el arte son algunos de los “barrios” que configuran lo humano y, a la vez, son formas de aproximación a lo humano. “Las grandes experiencias enumeradas, la estética, la religiosa, la ética, o la filosófica en sentido estricto, poseen, a mi modo de ver, idéntica relevancia. Los ‘barrios’ de la ciudad filosófica son, todos ellos, igualmente importantes”.  La estética fue uno de los barrios que más transitó Trias, que, matiza Arroyo, a diferencia de Adorno, no se inscribe dentro de la filosofía estética, sino que concibe la estética, en concreto, la música, como una forma de lenguaje filosófico: “Para mí la música es mucho más que arte; o es arte sagrado, como dice el compositor Flamant en la inmensa ópera testamentaria Capriccio de Richard Strauss. La música es mi materia relevada”, escribía en 2006 Trías en su artículo “Preludio de Navidad”, donde señalaba cómo la música formaba parte, junto a la religión y la filosofía en estricto sentido, de un todo, de un discurso global que nace de la contemplación para convertirse en reflexión. “Tanto su gusto por la música como por el cine ejemplifica a la perfección al capacidad que tenía mi interlocutor para viajarás a través de los más diferentes ámbitos de la cultura”, escribe Rafael Argullo, para quien, “siendo un hombre tan vinculado a la palabra -a la palabra filosófica pero también a la palabra literaria- era muy remarcable la voluntad de Eugenio de internarse en los demás lenguajes artísticos, que, en su boca, eran un continuum, desde la nota musical al proyecto arquitectónico”.

Ganador del Premio Nietzsche y –“Trías destacará pronto como el único filósofo ocupado en la estética que, sin dejar de lado, bien al contrario, las referencias a la práctica artística, literaria y, en su caso, musical y cinematográfica, tenía la voluntad de elaborar un sistema”, apunta al respecto Valeriano Bozal-, el último filósofo español en elaborar un sistema de pensamiento - ¿quién fue el penúltimo? ¿Es verdaderamente posible hablar de sistema filosófico en Ortega y Gasset? -, Eugenio Trías fue un hombre, un pensador y un filósofo al que nada le fue ajeno; como apunta Arroyo, “nació, trabajó y murió, pero también vivió”. Precisamente por vivir, por ser consciente de que al hombre nada le es ajeno, indagó y reflexionó sobre todo aquello que acontecía, sin dejar de lado, la política. “A veces hablábamos de política”, recuerda Jordi Llovet, “para mí gusto, que soy un nieto de campesinos ampurdaneses -de larga tradición federalista, hoy desaparecida-, Trías era obsesivamente español. No me molestaba, porque estas pasiones me parecen muy secundarias: éramos amigos, y la amistad me parece muy superior a las opiniones y los sentimientos de cualquier signo. Pero con Eugenio se podía hablar”. Hombre de centro, siempre fue muy crítico con el nacionalismo –“No eran todavía los tiempos irracionales e insensatos del ‘procés’ y el ‘independentismo’: en este caso nos habríamos puesto de acuerdo enseguida”, puntualiza Llovet-. Y, como atestigua su artículo “Paciencia de la libertad y paradoja de la seguridad”, en los últimos años, sobre todo tras el 11 de septiembre, Trías se preocupó sobre como en nombre de una mayor seguridad se podía coartar la libertad del individuo. Leyó y escribió hasta el final y, más allá de colores políticos y afinidades electivas, sus textos y su obra son el gran legado de un hombre que se entregó a la filosofía: “Posiblemente la filosofía sea una de las experiencias más valiosas que el ser humano haya creado para entenderse a sí mismo. A ella consagró su talento y su energía. Filosofía quiere decir amor a la sabiduría, eso definía justamente a mi padre, el hecho de ser un amante del saber en todas sus inabarcables dimensiones”, escribe David Trias, a cuyas palabras nada puedo añadir.