Ursula K. Le Guin: leer para contar

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Círculo de Tiza publica algunos de los ensayos de Ursula K.Le Guin

 

 

 

 

 

Texto: ANNA MARÍA IGLESIA

“Una biblioteca es un foco de atención, un lugar sagrado para una comunidad; y su carácter sagrado consiste en el hecho de ser accesible, pública. Es un sitio para todos. Recuero algunas bibliotecas, vívida y alegremente, como si fueran mis bibliotecas: partes de lo mejor de mi vida”. Con estas palabras comenzaba Ursula K. Le Guin su conferencia, pronunciada en 1997 en ocasión de la Multnomach Country Library de Portland, dedicada a las bibliotecas de su vida. El texto leído y publicado ahora en el volumen Contar es escuchar, publicado por Círculo de Tiza, tiene un carácter autobiográfico, parte de la experiencia personal, del recuerdo de cuando, de niña, iba a la biblioteca y sacaba libros voluminosos en los que se adentraba durante interminables horas de lectura. Sin embargo, no es el carácter autobiográfico lo único que define este texto, puesto que Le Guin recurre a lo autobiográfico para reflexionar acerca de la ficción, los géneros literarios o la figura del lector, temas a través de los cuales la autora ensaya su propia poética, aquella que se desprende de sus obras y que, en los textos reunidos en este volumen, queda explicitada.

Convencida de que la lectura no debe ser un privilegio de unos pocos –“Esa felicidad no debe venderse. No debe ‘privatizarse’, convertirse en un privilegio más de los privilegiados. Una biblioteca pública es un fondo público. Y con esa libertad no debe transigirse. Debe estar disponible para todos los que la necesiten, es decir todos, cuando la necesiten, es decir siempre”, concluía la autora su conferencia- Le Guin entiende la escritura como una escritura para los Otros, es decir, como un acto dirigido no sólo a uno mismo o al grupo -racial, cultural, de género- al que se pertenece, sino dirigido hacia ese Otro que, en su diferencia, es igual al “yo” y al “nosotros”: “Cada uno de los grupos a los que pertenecemos, bien por género, sexo, raza, religión o edad, es un grupo exclusivo, rodeado de un inmenso grupo mayor, que vive a su lado y en todo el mundo y seguirá vivo en el futuro, siempre que la humanidad tenga futuro. Este grupo exterior se llama los demás. Escribimos precisamente para ellos”. Escribir para ellos, apunta la autora en su texto “Supuestos indiscutidos”, implica, ante todo, salir de la zona de confort, es decir, enfrentarse a esos supuestos indiscutidos a través de una escritura que no aspira a moverse en terrenos fáciles y conocidos, sino a ir más allá, a cruzar esa frontera, a la que Le Guin también le dedicará unas páginas. “La confusión de ‘nosotros’ con ‘todos’ resulta tentadora para los miembros de uno o más de los grupos dominantes o privilegiados de una sociedad, o para quienes forman parte de un ambiente social aislado o protegido como la universidad, un barrio norteamericano blanco o la plantilla de un periódico”, escribe la autora, para quien el ir contra los supuestos indiscutidos y, por tanto, el incluir a ese Otro, que la sociedad más privilegiada excluye, implica oponerse a la impuesta “corrección política” que no sólo impide “hablar como toda la vida, llamando al pan, pan y al vino, vino”, sino que excluye ese Otro, que no “representa” el nicho privilegiado de una sociedad que se cierra en sí misma.

En este sentido, para Le Guin, la literatura no sólo no debe ser complaciente, sino que debe contestar las ideas acríticamente asumidas, las ideas convertidas en verdades absolutas tanto a nivel social como a nivel literario. Tan reductivo es escribir solamente desde la oposición a los supuestos como desde los propios supuestos: la literatura debe trascender las oposiciones binarias para abarcar una complejidad que, muchas veces, no satisface ni a unos ni a otros: “Huckleberry Finn se sigue vilipendiando, prohibiendo y censurando porque sus personajes utilizan la palabra ‘negrata’ y por unos motivos siempre vinculados con la raza”, escribe Le Guin, para quien “entre las personas que permiten que se desprecie el libro en nombre de la igualdad figuran quienes piensan que los adolescentes son incapaces de comprender un contexto histórico, quienes creen que la enseñanza del bien debe suprimir la mención del mal, quienes se niegan a entender un propósito moral complejo y quienes desconfían o tienen miedo de que la literatura secular pueda ser un instrumento de instrucción moral o social”. Los libros, sin embargo, deben ahondar en la complejidad: escribir para los demás, para el Otro, no implica eliminar el “nosotros”, sino significa escribir la complejidad entre unos y otros, significa cuestionar los principios morales para, al final, observar que siempre somos susceptibles de convertirnos en el Otro, que ese Otro puede ser el nosotros y que el nosotros puede convertirse en el Otro. Cuando se afirma que hay que escribir “para ellos” significa que hay que escribir para todos y, a la vez, para nadie, porque escribir para alguien es la manera más fácil de convertir la literatura en un mero gesto amable.

Ursula K. Le Guin no sólo entiende la escritura como una forma de cuestionar de las “verdades” asumidas, sino también como una forma de cuestionar la propia escritura y, consecuentemente, la literatura y los dogmas críticos que la rodean. Por ello, no duda en mostrarse crítica con la manida frase con la que Tolstoi da inicio a Anna Karenina y se pregunta el por qué de esas palabras: “¿Para sugerir que la felicidad es fácil, poco profunda, ordinaria, algo común sobre lo que no merece la pena escribir una novela? ¿Mientras que la desdicha es compleja, profunda difícil de definir, inusual, incluso única y por lo tanto un tema noble para un novelista grande y único? Me pare parece una idea muy boba”. Le Guin no sólo critica la afirmación del escritor ruso, sino y sobre todo la canonización por parte de la crítica y, por tanto, por parte también de algunos escritores de la idea de que no es posible escribir sobre familias felices. En otras palabras, Le Guin se opone, una vez más, a la asunción de supuestas verdades muy discutibles: “Muchos novelistas se retorcerían de vergüenza si los reseñistas los sorprendieran escribiendo sobre familias felices, familias como otras cualesquiera, gente como los demás, y lo que es aún peor, los críticos están alertas a la felicidad en las novelas para descartarla por banal, sentimental o (dicho de otro modo) femenina”. El género fantástico y su definición – “En mucha ficción contemporánea, las descripciones más reveladoras y precisas de nuestra vida cotidiana están atravesadas por lo extraño, o desplazadas en el tiempo, o ambientadas en mundos imaginarios, o disueltas en las fantasmagorías de las drogas y la psicosis, o se despegan de lo mundano para alcanzar repentinamente lo visionario y bajar a tierra desde sus alturas”-, la etiqueta tan en boga de “novela de no ficción”  - “La excelencia propia de la no ficción reside en la habilidad del escritor para observar, organizar, narrar e interpretar los hechos; habilidad que depende por completo de la imaginación, utilizada no para inventar, sino para conectar e iluminar observaciones. Los escritores de narrativa de no ficción que ‘crean’ hechos o introducen invenciones en aras de la conveniencia estética, las ilusiones, el consuelo espiritual, la cura psicológica, la venganza, las ganancias o cualquier otra cosa no están empleando la imaginación, sino traicionándola”-o el desprestigio de los premios literarios –“Antes los premios eran en esencia acontecimientos literarios (…) Desde el momento en que los departamentos de contabilidad secuestraron a la mayoría de las editoriales, el aspecto financiero de un premio literario se ha vuelto cada vez más importante”- son algunos de los otros temas que con lucidez crítica y, e veces, incómoda -hay verdades que cuesta reconocer- Ursula K. Le Guin analiza en los artículos reunidos en Contar es escuchar, volumen que nos descubre a la otra Le Guin, no a la novelista, sino a la lectora crítica.