Josep María Esquirol, el filósofo de las palabras concretas

Hits: 1643

El filósofo Josep Maria Esquirol publica "La penúltima bondad" 

 

 

 

 

Texto: ANNA MARÍA IGLESIA

“‘Al principio fue el sentir’, es decir, en la base está el sentir. Para nosotros, vivir es sentirse viviendo. He aquí la primera y más fundamental de todas las certezas. No solo vivimos, sino que sentimos que vivimos”, escribe Josep Maria Esquirol en La penúltima bondad. Ensayo sobre la vida humana, que, en palabras de Sandra Ollo, editora de Acantilado, si bien no puede considerarse la segunda parte de La resistencia silenciosa, sí puede definirse como un libro en el que “Esquirol da un paso más en el pensamiento desarrollado en La resistencia silenciosa”, texto clave para reseguir las reflexiones del filósofo en su nuevo trabajo. En este sentido, puede decirse sin caer en el error que entre los dos ensayos hay una continuidad, que queda particularmente explicitada en el primer capítulo de La penúltima bondad, donde el filósofo recuera una de las ideas claves de su anterior trabajo: la afueras. “Nuestra condición es la de las afueras. Unas afueras muy singulares, pues no están definidas a partir de ningún centro. Aquí, en las afueras, la génesis y la degeneración, la vida y la muerte, lo humano y lo inhumano -ya que sólo el humano puede ser inhumano-, la proximidad y la indiferencia”, escribe Esquirol, para quien “la condición humana es la de las afueras del paraíso imposible”. El concepto de afueras está estrechamente vinculado con el de “intemperie” y tiene que ver con cómo está y se proyecta la persona en el mundo: “el hombre está inmerso en una continua búsqueda de orientación”, comenta el filósofo, una orientación que el individuo realiza solo y a la vez en compañía de los demás.

En efecto, si ya en La resistencia silenciosa aparecía la idea de la alteridad y, por tanto, del próximo en tanto que ese Otro con el que la persona se interrelaciona - “La proximidad no es una huida de lo inhóspito propio; la proximidad es una estancia que no evita ni lo inhóspito (el abismo) ni la angustia que lo revela. Este fondo propio pero inquietante queda en parte amortiguado por el carácter aterciopelado de la proximidad y por la cálida piel del prójimo”- en La penúltima bondad reaparece como punto clave a partir del cual desarrollar el concepto de generosidad, sentimentalidad y pasividad. “La libertad no es un atributo individual, el individuo solo no es libre, solamente es libre junto a los demás” y este estar juntos, esta mutua implicación entre los individuos, es posible en cuanto aquello que define la persona es que es un ser al que le afectan las cosas: “La ontología va ligada a la afección, al estar ‘tocado’ por el misterio de la vida, por las experiencias del yo, del tú y del mundo. Por lo que no hay ontología sin pasión”. El término “pasión” comparte raíz lingüística con “pasividad”, apunta el filósofo, que reivindica el ser pasivo en cuanto significa tener la capacidad de recibir, de ser afectado por algo; “no hay una dicotomía entre pasividad y pasión, sino que van de la mano”, la pasividad, es decir, el ser afectado por algo, es lo que provoca el movimiento que hace posible la acción, que hace posible que el individuo sea un ser activo. “Desear es vivir y querer vivir; es sentir la vida y querer deleitarse aún más; es sentir y, dado que el sentir ya es placentero, proyectar su intensificación”, escribe el filósofo, para el cual, si desear es vivir, es sentir la vida, “vivir es vivir de”, puesto que no “no hay una subjetividad que sienta independientemente del mundo, sino un estar en el mundo que, a modo del repliegue del sentir, resulta fuertemente afectado”.

El individuo se siente viviendo en cuanto al sentir siente el otro y se siente a sí mismo y en ese sentir(se) siente el mundo, que se le aparece clarividente. El individuo vive en cuanto experimenta el mundo y experimentar el mundo es vivir afectado por uno mismo y por el otro, vivir desde y por la compasión hacia el otro: “La experiencia del tú tiene dos modalidades igualmente esenciales: es la experiencia de la no indiferencia, de la compasión ante el sufrimiento del otro, y del amor por el otro; y es la experiencia de sentirse amador por el otro”, apunta el filósofo en su ensayo, donde, pocas líneas después y siguiendo esta reflexión, propone el concepto de “sentir inteligente”. Escribe Esquirol: “A diferencia de Zubiri, en vez del ‘sentir inteligente’, para dejar todavía más claro que no es que tengamos racionalidad (una inteligencia) que deba complementarse con la sensibilidad, sino un sentir que ya en sí mismo es inteligente”. Para el filósofo catalán el “sentir” no debe entenderse solo y exclusivamente a partir de los sentidos o del sentimiento, “sentir” es una forma de percibir, de relacionarse, de participar del otro con compasión. Esquirol no separa razón de sentimiento, pensar no es el opuesto de sentir sensiblemente, sino que ambos conforman el sentir del individuo, el sentir que se convierte en una forma de leer el mundo, el yo y el otro. Por ello, introduce el concepto de “sentir inteligente”, recordando que, originariamente, ser inteligente significaba saber leer y saber leer tiene que ver indudablemente con el comprender, que, a su vez, no puede separase del sentimiento del amor, de bondad y de generosidad.

Ciertamente, no hay que ser ingenuos y todo puede degenerar: “Se puede ver cómo, desgraciadamente, todo puede degenerar: el deseo de placer, el afán de dominio y de violencia: el amparo y a bondad, en desdén; y el conocimiento y la técnica, en sistemas colonizadores y alienadores de la vida de la personas”, apunta Esquirol y entre sus líneas, entre su análisis de la degeneración, es inevitable escuchar el eco de Hanna Arendt o Adorno, quien precisamente en Dialéctica de la ilustración así como en otros ensayos -véase Dialéctica negativa o Minima moralia-, observó la “degeneración” de la razón ilustrada. “Somos conscientes que no estamos en una situación substancialista, pero hay inercias que condicionan el presente”, comenta el filósofo, para quien es necesario, como ya advertía Vasili Grossman, tener cuidado con las grandes palabras, con las abstracciones, y optar por un lenguaje filosófico de lo concreto. En este sentido, hay que ser consciente de las inercias substancialistas y combatirlas desde la concreción de la palabra; por ello, Esquirol reivindica la figura de San Francisco de Asís –“Él no hablaba de naturaleza, sino de árboles, de agua, de flores… Él concretaba, hablaba de las personas en su singularidad, no del ser humano”- y, en terreno político, defiende un “anarquismo en sentido franciscano” es decir, defiende la urgencia de “comprender que todos estamos en la mismo plano y, por tanto, de combatir todo pretensión de superioridad, puesto que no estamos en un contexto el que sea posible hablar de horizontalidad en cuanto hay un grupo de gente que se sitúa por encima de los demás. Esquirol concluye advirtiendo, una vez más, del peligro de la degeneración, recordando las palabras de Rosa Luxemburgo: “Prefiero una revolución fracasada que una revolución degenerada”.