Los que piden la luna

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Cuando llegó la NASA, la literatura ya la había conquistado 2.000 años antes

 

 

 

 

Texto: REDACCIÓN

La publicación de Resistencia, las memorias del astronauta Scott Kelly, que ha batido el récord de estancia de un ser humano en el espacio con un año en la estación espacial internacional junto al cosmonauta ruso Mikhail Kornienko, ha motivado a la revista Librújula a dedicar su portada de este nuevo número de marzo ya en quiosco a esa carrera espacial que no está impulsada sólo por ingenieros y físicos, sino también por escritores.

 

El espacio ha inspirado a la literatura y la literatura ha inspirado al espacio. Yuri Gagarin, el primer astronauta de la historia y el primer ser humano en abandonar la atmósfera terrestre, y asomarse a la inmensidad del espacio, explicó muchas veces, incluso con fervor, que lo inspiró a ser cosmonauta fue la lectura de De la Tierra a la luna escrita por Julio Verne. Scott Kelly, astronauta que acaba de batir el récord de permanencia en el espacio al estar un año en la Estación Espacial Internacional cuenta en su libro de memorias Resistencia que tuvo una etapa de desorientación en su juventud y no acababa de acomodarse con los estudios de la única universidad que lo aceptó, una mañana entró en la librería del campus a comprar algo de comer. Y le llamó la atención la portada de un libro: Elegidos para la gloria. Lo que hay que tener. Él no era buen lector, pero ese volumen lo atrajo de manera irresistible. La historia de la carrera astronómica impulsada por el coraje de esos pilotos de pruebas le señaló el camino: “Cuando cerré de madrugada el libro esa noche, era una persona distinta”. Cuando la nave Apolo llegó a nuestro satélite en 1969, la literatura hacía mucho que había llegado allí. Hace 2.000 años que el filósofo socarrón que era Luciano de Samosata fabuló con la idea de un barco griego que, al pasar las columnas de Hércules, es succionado por un tifón con tal virulencia que los planta en la luna. ¡Y está habitada! Los selenitas (Luciano de Samosata fue el primero en llamarlos así) tienen su propio rey, Endimión, que resulta ser otro terrestre que había llegado con un tornado anterior. Los selenitas les explicaban a los alunizados y alucinados griegos que la Tierra es su Luna. Y es que todo es siempre relativo, como enunciaría muchos siglos después un señor despeinado llamado Einstein. En una de sus conferencias, el agudo físico y divulgador científico Richard Feynman regañaba, con razón, a los poetas de nuestro tiempo: “La verdad es muchísimo más maravillosa de lo que ningún artista del pasado llegó a imaginar. ¿Por qué no hablan de ello los poetas del presente? ¿Qué clase de hombres son los poetas que pueden hablar de Júpiter si fuera un hombre, pero que si es una inmensa esfera giratoria de metano y amoniaco han de permanecer mudos?”. Ese nexo entre astronomía y literatura debería ser ahora más estrecho que nunca. Ya han mandado a la estación espacial internacional a ingenieros, físicos, botánicos, biólogos… ¿para cuándo un poeta armado con una libreta para que, desde allí, su luna sea la Tierra?

Junto a las memorias de Scott Kelly, la revista Librújula orbita en este número de marzo alrededor del feminismo radicalmente necesario de Virgine Despentes, el universo de Leopoldo Padura o el aura maldita de Jim Thompson. Una entrevista nos lleva a adentrarnos en la atrevida propuesta narrativa de Antonio Muñoz Molina y Bernardo Gutiérrez nos hace pasar una tarde con el contestatario colectivo Wu Ming. El silencio de los escritores que prefirieron dejar de escribir, el ruido de la poderosa saga de ciencia ficción de Cixin Liu o el escalofriante relato de la secretaria de Joseph Goebbels componen algunos de los elementos de este número. La escritora Elia Barceló, además, nos regala un sorprendente cuento inédito que da mucho que pensar. Mucho, mucho.

Cyrano de Bergerac (más célebre por la obra que escribió inspirándose en él Edmond de Rostand), además de narigudo, espadachín y polemista ya en el siglo XVII mandó su sarcasmo a visitar la luna. En Historia cómica de los estados e imperios de la Luna nos cuenta cómo los habitantes de la luna andan a cuatro patas y con la cabeza hacia abajo y aprovecha para lanzar puyas desde allá arriba al sistema social de aquí abajo, y su defensa de la razón frente a la fe. En 1865 Julio Verne construyó el cañón más largo de la historia para lanzar una nave en forma de bala tripulada por el aventurero Ardan y los elegantes miembros del Baltimore Gun Club. En 1867 completó la aventura espacial con Alrededor de la luna, donde orbitan el satélite sin llegar a alunizar y regresan a la Tierra cayendo al Pacífico como muchos años después harán las naves espaciales. H.G. Wells, al que ya le dio buen resultado para hacer a un hombre invisible, ideó otro mejunje que clausuraba la gravedad para mandar allá arriba a sus personajes en Los hombres en la luna. Aunque ningún método tan acertado para vencer la gravedad como el empleado por el Baron Munchausen: un globo aerostático de aire caliente construido con ropa interior femenina.

Los lobos y los poetas han aullado a la luna desde la Tierra con toda su alma. Lorca nos susurraba que mientras los gitanos llegaban con bronce y sueño, la luna venía a la fragua con un polisón de nardos. Los marineros de Alberti pescaban lunas llenas en sus redes plateadas… La eclosión del género de ciencia-ficcion en el siglo XX ha permitido todo tipo de idas y venidas estelares a tiro de sofá: las historias de la conquista de Marte de Ray Bradbury en sus maravillosas Crónicas marcianas, la odisea espacial de Arthur C. Clarke en ese futuro año 2001 que ya quedó en el pasado o las profundas reflexiones en que nos ha sumido Stanislav Lem son obras maestras. Y junto a ellas mil y una historias a través de todas las galaxias del space-opera.