El don verbal en verso sencillo

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Escalinata de Sebas Puente Letamendi

 

 

 

 

Texto: ENRIQUE VILLAGRASA

 

La metáfora en poesía es como el vino, si este es bueno realza los sabores de la comida, pero si es malo malogra el guiso. Esto es Escalinata (Baile del Sol), tercer poemario de Sebas Puente Letamendi (Zaragoza, 1979), un libro sencillo, breve, nada grandilocuente, sin tópicos que valgan y sí, con algo de misterio, que hace que el poema salga favorecido con ese lenguaje metafórico; pues de la cotidianeidad obtiene poesía: o sea, es capaz de dotar de lirismo a aquello que nos rodea. Elevando a la categoría de poesía todo lo que escribe, “en lo más alto de la escalinata”, que recuerda esa escala de Jacob (y su ara coeli), por la que subían y bajaban los ángeles, el poeta lo sabe. Aunque en este caso, el autor tiene más duende que ángel: “atentos al murmullo/ de otro poema que llega.” Y no olvidamos la escalera Potemkin, de 192 escalones, en la ciudad de Odesa (Ucrania), famosa por ser una de las más brillantes escenas del cine universal, de la película muda de 1925 El acorazado Potemkin, del cineasta soviético Serguéi M. Eisenstein: “el momento en que ofrecer/ una última mirada culpable al horizonte.”

Puente Letamendi demuestra en estos poemas, cual fotogramas, que la poesía es capaz de expresar la realidad en la que está, con lenguaje llano y trascenderla, sin necesidad de palabras como alma, cuerpo, espíritu, luz, vida o muerte (aunque cite a Azrael). El poeta mantiene un pulso con Hofmannstal, a la vez que se bate el cobre con el lenguaje, y demuestra la posibilidad del mismo con socarronería, desde la gravedad reflexiva e irónica, a veces, hasta la sátira más o menos cruel, ya desde el primer poema: Profetas. Y el poeta también es profeta y él sabe que siempre: 

 

"Bailamos para celebrar que trajes

billetes y madera

arderán con nosotros

cuando termine la canción.”

 

Un poeta de raza es Sebas Puente Letamendi, quien es capaz de mostrar la energía emotiva del lenguaje y llevarla a lo alto de la escalinata, donde: “solo la luna parecerá vigilarnos”. Y, al igual que Gil de Biedma, él también quiere ser poema, como asegura en los dos últimos versos del libro; aunque es letrista, guitarra y cantante del grupo de pop Tachenko, con el que ha editado siete discos: el último de ellos es Misterios de la canción ligera (Limbo Starr, 2017). En cuanto a poemarios tiene en su haber: Nos están dando pistas (Chorrito de Plata, 2008) y Plus de Peligrosidad (Eclipsados, 2014).

 

"Pese a las entradas monumentales

y a los aciertos rítmicos,

pese a algunos instantes dedicados,

el sistema está articulado de tal manera

que, a veces, las palabras y la vida

no hacen contacto, fallan"

 

Así pues, el poeta 48 poemas nos ofrece en dos partes: Oro, plata y electro con 26 y un adiós poco serio con 22, con la advertencia de que algunos escalones conservan marcas de: Pablo Gargallo, Giuseppe Tornatore (por “La migliore offerta”), Le Corbusier, Richard Hamilton, Marcel Duchamp; también de Henri Matisse, Honoré Daumier, Chuck Palahniuk, Walter de María, Charles B. y Charles B.

 

"Manipulan cuidadosamente

nuestra simbología cotidiana,

reproducen con exactitud

fragmentos de lienzos abandonados

y ya casi tienen terminada

una maqueta a escala reducida

de la eternidad."

 

El tiempo será testigo, pero creo que Escalinata será su libro canónico, fruto de una sensibilidad y don verbal exquisito, que plasma en un verso sencillo, no fácil, ese misterio casi transparente, de un poeta comprometido con su tiempo, curioso y apasionado en este oficio. Un libro que emociona y un poeta al que esperamos seguir más de cerca para leer la evolución de su poesía y de su pensamiento poético, que lo hay: “después de dibujar signos ascendentes/ sobre vuestros cuerpos dormidos.”