Supersónica y prometeica, la poesía de Raúl Herrero

Hits: 685

El poeta Raúl Herrero publica "Te mataré mientras vivas"

 

 

 

 

Texto: ENRIQUE VILLAGRASA

La poesía supersónica de Raúl Herrero (Zaragoza, 1973) alcanza su cima de manera asombrosa en este nuevo poemario Te mataré mientras vivas (Coronación supersónica) (Pregunta Ediciones), con prólogo de Almudena Vidorreta: “En ocasiones, me siento en las escaleras/ que anteceden al tiempo.” No me explico como este poeta, al que le hacen entrevistas para revistas que te encuentras en los tanatorios (adiós cultural, número 128), no está en las listas de los más leídos y premiados; y por consiguiente en las de los más vendidos. Las personas de gran sindéresis poética se lo tendrían que hacer mirar: “Mis aperos de labranza los conservo, / por si algún día a la muerte evitar puedo.”

No cabe duda que la lectura de este poemario nos lleva a su anterior libro de poesía supersónica recogida en Sombra salamandra (2016). Pero es en este donde logra ser un poco más irónico, fascinante y seductor, como el carnaval de Venecia, con esa genialidad que le destaca: “Pasa el tiempo como una losa de bicicletas, / él cada vez es más yo.” Y es más tú el carnaval de máscaras o el yo poético: pues si poesía es metáfora, qué metáfora es el poeta: “Ahora, si te atreves, ponte editar.” Y lo hizo, tal es su amor por el mundo: poesía prometeica, sin lugar a dudas: “Por propia voluntad/ me tumbo a diario/ sobre una mesa de disección.” La poesía de Raúl Herrero es elaborada, concisa y sin revelaciones generosas al lector. Y en esta cuarentena de poemas huye de las imágenes repetidas y tópicas que rompen y quiebran la ilusión de singularidad. El poeta no obstante es deudor de sus lecturas, desde Ovidio a Antonio Fernández Molina, con quienes abre el poemario. También hay ecos de Kafka, entre otros.

 

Poema terminal

No repudio de la habitación

que me resguarda de los infiernos.

Veo la muerte como un guisante cristalino

a través del paisaje;

la morfina mana a grandes jarros.

El ángel sin vello

cubre el río poblado

por millones de plumas diminutas,

eternas, de nevisca,

con la forma de tenues copas de sangre.

Algunos se adentran en la vida

y no encuentran el momento de marcharse.

 

El lector, sin embargo, no debe solamente detenerse en este poema que aquí citamos, pues si bien destacable, no debe dejar en un segundo plano el resto de los versos que componen este poemario, que se abre y se cierra con unos mismos versos, que cierran un particular círculo, imagen de esa totalidad que, en el fondo, todos perseguimos: “El sueño me comió/ y fue comido por mí. /Te mataré mientras vivas. / Té amaranto molido vid./ Te mondaré cual olivo.” Qué milagros no obrará esta poesía a sus amantes, cual té de amaranto, cabe la posibilidad de ser o creer serlo: “Unos simulan ser clientes/ y otros creen serlo.”

Vidorreta en su inteligente prólogo también da cuenta de esto: “Un libro rotundo, pues, que termina como comienza (“El sueño me comió/ y fue comido por mí”), en un ouroboros que, como el símbolo griego, transforma en metáfora el esfuerzo eterno, y la palabra, en lucha.” Poesía que no busca devorarse a sí misma, aunque uno se la comería verso a verso, pero sí que será eterna: “en pos de los abismos celestiales.” Creo que nuestro poeta es el nuevo Prometeo, aunque como en el titán amigo “No todo el contenido era luz, / también pajareaba cierta umbría.” Y como lector y crítico de esta poesía supersónica y prometeica hago como dice el poeta: “Vuelvo al hogar/ donde la ruina y la muerte/ saltan de cama en alma.”