Si esta es la justicia, como mujer ¿quién me va a defender?

Hits: 440

Laura Restrepo publica Los divinos (Alfaguara)

 

 

 

Texto: ANNA MARÍA IGLESIA

“El día en que todos los hombres, a la par con las mujeres, se manifiesten en las calles contra el feminicidio” … ¿Un desiderátum o este día ya ha llegado?

Afortunadamente creo que cada vez son más los hombres que toman conciencia y es indispensable que esto suceda. Si bien las mujeres tenemos que liderar el proceso, los hombres tienen que participar, porque, a fin de cuentas, los agresores vienen de su parte. Mientras todos los hombres buenos no entiendan que la violencia sobre las mujeres es también un problema suyo, que deben salir a manifestarse e, incluso, a cambiar algunas de sus costumbres la violencia sobre las mujeres seguirá existiendo. En el libro, se habla de un joven que comete un asesinato, pero también de sus amigos que, si bien no llegan tan lejos como él, incurren constantemente en formas de desprecio contra la mujer que, si bien son toleradas socialmente, tienen el mismo sustrato común que el crimen. Evidentemente, estas formas no son como el crimen, pero detrás del desprecio y del crimen está la misma actitud de violencia en contra de las mujeres.

Al respecto, el narrador afirma: “El muñeco es la cara visible del monstruo, la cara oculta somos nosotros”.

Esta es la idea clave de todo el libro. Los divinos no es una novela negra, desde el principio está muy claro quién es quien comete el crimen, porque a mí lo que me interesaba era indagar sobre cómo era el asesino y, sobre todo, en qué se parece a nosotros. Estamos acostumbrados a ver el psicópata y el sociópata como alguien con unos rasgos particulares y exclusivamente suyos, cosa que, por una parte, es cierta, puesto que no todo el mundo comete tales atrocidades. Sin embargo, por otra parte, en todo sociópata hay algo que lo une a nosotros, a la gente que, teóricamente, es funcional. El sociópata es el monstruo, pero la sociedad es la cara oculta de ese monstruo.

Dicho de otra manera, el monstruo no deja de ser fruto de la sociedad en la que vive.

Detrás de todo sociópata hay una sociedad que lo alimenta y detrás de todo psicópata hay una psique colectiva que le sirve de caldo de cultivo. De ahí la cita de Tournier, según el cual el monstruo es lo que se muestra, pero es necesario narrar aquello que no se muestra, ese caldo de cultivo. Por ejemplo, en el caso de los aterradores hechos protagonizados por La manada, sería interesante escribir un libro que describiera a cada uno de estos tipos de forma individualizada para indagar así en sus relaciones basadas en la dominación del otro, en su concepción de la sexualidad… Y, sobre todo, sería interesante trascender lo excepcional del hecho para indagar en ellos como personas que han cometido una atrocidad y que pertenecen a nuestra sociedad, que viven entre nosotros. La pregunta última es qué es lo que los ha llevado a ser como son, cuál es el cultivo que fomenta este tipo de actitudes.

Una idea que se repite a lo largo de la novela es que el asesinato de la niña se veía venir, era algo previsible y, sobre todo, algo no excepcional.

Claro. La novela es de ficción, pero narra un crimen tan real como lo ha sido aquí la violación de La manada. De pronto se producen ciertos hechos -la violación en grupo, el asesinato de una niña- que son un retrato de la sociedad y, en este sentido, son reveladores. No son hechos únicos en cuanto se repiten más a menudo de lo que pensamos, pero son hechos que, de pronto, sacuden la sociedad. Bataille decía que el Marqués de Sade era necesario porque nos permite a los seres humanos saber hasta dónde somos capaces de llevar. Evidentemente hechos como el que narro en el libro no son necesarios, pero sí nos muestra hasta dónde puede llegar el ser humano. Las violaciones de niñas en los barrios populares de Colombia son, desgraciadamente, habituales y, muchas veces, se producen dentro de la familia, solo que todavía hoy se habla poco de la violencia sexual sobre los niños. Hay un cierto velo de pudor, pero esto no significa que sea común a nivel global.

El rechazo que nos provocan estos hechos reside en gran parte en tomar conciencia no sólo de hasta donde puede llegar el ser humano, sino de que estos hechos forman parte de la sociedad en la que vivimos y que conformamos.

Cierto, de repente sucede un hecho que es como un fogonazo que nos hace dar cuenta que aquello que ha sucedido era previsible, podía pasar en cualquier momento y, de hecho, pasaba, aunque nosotros no quisiéramos verlo. Por esto me interesaba hablar de cada uno de los miembros del grupo, porque a través de ellos podía llegar a El muñeco, que es lo excepcional. Sus amigos se dan cuenta de ello, observan como El muñeco se va distanciando, se enrarece, aunque sigue conservando muchos nexos con el resto del grupo.

Otro de los temas del libro es la sensación de impunidad

Hay determinados grupos de presión que gozan de absoluta inmunidad, la ley nos lo toca. De ahí el título del libro. Cada sociedad tiene sus propios grupos de presión, grupos sociales favorecidos por pertenecer a una clase social privilegiada, por haber tenido una educación elitista, por moverse en ciertas esferas de poder, por manejar las armas o por pertenecer a la iglesia. En los últimos años se han descubierto terribles historias de abusos cometidos por sacerdotes que, desde la posición de inmunidad que les daba el ser guías morales, abusaban de niños. En Los divinos no hay una afinidad de clase, algunos son infinitamente ricos, mientras que el narrador es una clase media que vive en una casa sin ascensor o el Píldora que vive en la Candelaria, un barrio del centro de Bogotá que fue residencia de las clases ricas hasta que, desde hace algún tiempo, lo abandonaron para ir a la periferia. Por tanto, no hay homogeneidad de clase, pero lo que los une es el estudiar en un colegio masculino y privado donde se forma esa gente “superior”, esa gente que terminará dirigiendo el país.

En el caso real, el asesino estaba convencido de que a él no le iba a pasar nada, que no iba a ser juzgado.

Efectivamente. Esto lo reflejo a través de la desfachatez con la que El muñeco se mueve, no se preocupa de tapar nada, su asesinato queda grabado en los vídeos, las evidencias están por todos lados, pero a él no le importa, ante todo, porque para él la niña no es nadie. Una de las cosas que más me costó es entender qué le pasa por la cabeza a El muñeco para llegar a hacer lo que hace y una de las conclusiones a las que llegué es que, en realidad, él no mató a nadie en cuanto para El muñeco la niña no era nadie.

Para estos chicos, y se ve claramente en su trato con las prostitutas, la mujer es simplemente un objeto de usar y tirar.

Exacto. Es muy interesante la división que ellos hacen entre las mujeres que respetan y las mujeres que son de usar y tirar. Para mí era importante observar la relación tan perversa que tienen este grupo de jóvenes con las mujeres, una relación que, sin embargo, es aceptada. ¿Cuántos hombres no conoces tú que mantienen a la mujer en el engaño? Y no me refiero solo a un tema de monogamia, sino a algo más profundo: encerrar a la mujer en un lugar engañoso y obligarlas a que dependan de ti.

Al final, el tema último del libro es cómo se ejerce el poder y la violencia sobre el débil.

Y, además, en libro plantea la pregunta acerca de cómo se escoge la víctima ¿Por qué la niña? ¿Por qué este tipo que todo lo tiene escoge como víctima al eslabón más débil de toda la cadena, a una chiquita, indígena y marginal? No creo que sea casual, al final la escoge precisamente porque es la más débil, ella es la víctima absoluta. La niña es metáfora de todas las víctimas, de todos aquellos a los que se escoge socialmente para señalarlos y castigarlos. Esto es algo muy frecuente, que pasa a diario. Piensa en los colegios: los chiquitos cogen a aquel que tiene el defecto físico para reírse de él. La lógica es la misma: es la búsqueda de la víctima absoluta para poder mantener unido y homogéneo el grupo. Esto es lo que hizo La manada: encontró la cohesión provocando una víctima y la víctima siempre debe ser alguien que no pertenece al grupo.

Y, como se dice en el libro, nada puede escapar de la voluntad titánica de estos grupos.

En el caso de los personajes de Los divinos como en el caso de La manada hay un elemento común y que es universal: el narcisismo, el hedonismo que no encuentra límites y que está muy ligado al consumo. Es la lógica del “lo quiero y lo tengo”, la lógica de la satisfacción inmediata que se repite en todos los ámbitos y que se convierte en una tiranía. Y cuando se tienen los medios -dinero, posición de poder, armas-, de la misma manera que me compro un coche hago daño a una persona, simplemente porque quiero. El capitalismo es un perfecto caldo de cultivo para este tipo de actitudes, porque constantemente te impone un deseo y, sobre todo, te invita a satisfacerlo al instante. Esto también se ve en las relaciones sexuales, donde el hedonismo se convierte en una forma de posesión, de control y de dominio del otro.

El crimen que usted narra sacudió Colombia, un país castigado por la violencia.

Sí, es cierto, a pesar de la guerra que hay Colombia, a pesar de que la criminalidad es altísima y de que hay un cierto adormecimiento hacia la violencia, pues la muerte y el crimen son tan cercanos que ya ni escandalizan ni producen estupor, el asesinato de la niña sacó a la gente a la calle. Hubo una tal oleada de indignación que el juicio se celebró casi inmediatamente, el dictamen del fiscal no se hizo esperar y el asesino fue condenado a la pena máxima, a pesar de ser un intocable. Estoy convencida de que la gente no hubiera aceptado que no fuera condenado a tantos años de cárcel y, aun más, estoy convencida de que si no hubiera sido condenado la gente lo hubiera agarrado y lo hubiera aniquilado. La justicia tenía que actuar.

¿Cree que esa indignación puede tener que ver con un miedo a volver a esa situación de violencia que vivió Colombia durante décadas?

No lo había pensado, pero posiblemente hay un miedo a volver a la situación de antes, aunque ahora, con las elecciones, como vuelvan a ganar los de antes volverá el horror que ya hemos vivido. Sí, tienes razón, seguramente esa indignación es fruto del terror a volver a la situación previa a los acuerdos. La sociedad, inconscientemente, divide a las personas entre buenos y malos: del lado de los malos están los que matan, los paramilitares, los guerrilleros, los delincuentes… Sin embargo, de repente, aparece el arquitecto prestigioso, rico, guapo y es él quien comete el crimen más cruel de todos. Se rompieron los esquemas y la sociedad colombiana no lo soportó. Esto es lo que sucedió en parte aquí: la gente de La manada estaba ligada a la Guardia Civil, teóricamente debían ser los guardianes del orden y, sin embargo, son aquellos que comenten esa barbaridad.

Este quebrar el esquema te lleva a preguntarte en qué sociedad vivimos.

Claro, te preguntas en qué sociedad vives y quién te va a proteger a ti. Si hay personas capaces de cometer estos crímenes, a mí quién me dice que yo no puedo ser la próxima víctima. Además, te preguntas, sobre todo tras el caso de La manada, si este es el manejo de la justicia, como mujer ¿quién me va a defender a mí? Y estas preguntas son generales, porque la violencia de la mujer es un problema general. La novela negra nórdica, por ejemplo, mostró como en esos países avanzados con un capitalismo más amable hay unos elevadísimos niveles de violencia, sobre todo contra las mujeres. De hecho, muchas de estas novelas tienen el feminicidio como eje y favorecen que haya una toma de conciencia acerca de esta situación. Afortunadamente somos cada vez más conscientes de la violencia que se ejerce sobre las mujeres, una violencia que muchas veces se ha tratado de minimizar. Cuando se subraya que la víctima del delito era prostituta, salía vestida con determinada ropa, conocía a según que personas… lo que se está haciendo es minimizar el delito y achacar la responsabilidad a la víctima. Hemos avanzado mucho, pero todavía queda.