Tom Wolfe cierrra su última escena

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Adiós al maestro del traje blanco que a algunos ponía negros

 

 

 

Texto: ANTONIO ITURBE

 

Adiós al maestro del traje blanco que a algunos ponía negros

 

Tom Wolfe ha sido un maestro del periodismo y la novela: aplicó al periodismo las mejores herramientas de la narrativa pero con temas, situaciones y diálogos absolutamente reales como corresponde al periodismo. Y aplicó a la novela las técnicas del periodismo buscando en cada historia un asunto y forjando a sus personajes con mucha documentación actual y toda la información recogida por sus oídos siempre engrasados. En aquellos años 60 que revolucionaron el periodismo estático y hecho a troquel, lo tuvo muy claro: “la unidad básica del periodismo ya no es el dato sino la escena”. Había que contar las noticias como lo que son: historias. El auge del “storytelling” que ahora aplican desde los periodistas hasta los publicistas o los asesores políticos le deben mucho a aquel grupo de periodistas inquietos entre los que estaban también Gay Talese, Joan Didion, Truman Capote o Norman Mailer. Y su especialidad ha sido, sin duda, la controversia. Desde su primera novela, La hoguera de las vanidades, nunca ha dejado de echar leña al fuego de la discusión sobre la sociedad en la que vivimos con opiniones a menudo controvertidas.

En su última visita a España en diciembre de 2013 tenía ya 82 años, pero seguía siendo el personaje que con tanta precisión forjó durante años: el maestro del nuevo periodismo y novelista de éxito tan amado como odiado (fue sonada su polémica con el intelectual de izquierda Noam Chomsky) , dueño de la planta entera de un piso catorce en un edificio de la zona más noble de Manhattan, poseedor de cuarenta trajes cortados a mano y que seguía siendo un polemista imbatible. Acababa de publicar la que sería su última novela, Bloody Miami, donde arremetía contra unos y otros en su línea, mostrando un Miami donde los cubanos resultan unos horteras incultos incapaces de integrarse en el país. Los anglos americanos son unos esnobs insoportables, arrogantes e hipócritas que menosprecian a los cubanos. Los negros viven en barrios donde convierten a los traficantes de droga en héroes. Los rusos aparecen como zafios, alcohólicos y violentos. Los haitianos se empeñan ridículamente en disimular su origen y pasar por franceses… La novela era explosiva, con esa tendencia al realismo grotesco que tanto le agradaba, deslavazada y brillante en igual medida. Tom Wolfe no estaba a favor de unos u otros, sino a favor de su religión: la polémica. Una de las cosas que le oí decir en Barcelona fue que “Es fantástico hacer preguntas a quien no las quiere contestar”. Explicó que el periodismo es como una especie de revancha de los debiluchos:  “los periodistas nunca solían ser los matones en el patio del colegio sino los que eran vapuleados. Por eso al paso de los años uno quiere pasar cuentas a los abusones contando quiénes son y qué hacen”.  Decía que le gustaban los héroes pequeños: “Siempre me gustó Napoleón, porque era un tipo pequeño que había llegado a conquistar el mundo, y yo era pequeño. También me gustaba Mozart por idéntico motivo.”

Novelista o periodista, Tom Wolfe ha sido fundamentalmente un narrador agudo, histriónico, excesivo, chispeante y, sobre todo, un enamorado del oficio de contar: ““Para mí, el principal placer de la escritura radica en el descubrimiento. A los autores se les dice que escriban sobre lo que conocen, pero me sigue encantando la aventura de salir ahí fuera y dar fe de cosas que desconocía.”

Tom Wolfe llegó al Colegio de Periodistas de Barcelona enfundado en su eterno traje blanco, que para él, al igual para su colega Gay Talese, es un uniforme de trabajo. Los trajes se los cosía a Wolfe un sastre llamado Vincent Nicolisi que, según  él, daba un millón de puntadas. Desplegóen su visita  una energía eléctrica, habló de la manera en que el periodista ha de estar alerta como un zorro ante lo que sucede a su alrededor. Despreció la inmediatez de las redes sociales y animó a los periodistas a pisar calle, a sentarse a escuchar y preguntar. El a sus 82 años seguía dando tumbos con su traje y su bastón, con esos ojos pícaros entrecerrados pero muy abiertos. Una joven estudiante se le acercó un momento al final del acto y yo acerqué la oreja. Le preguntó cuando ya se iba por la puerta qué podía hacer para ser una buena periodista: “no te quedes en casa”.  Muy grande.