Fermín Muguruza y Edu Madina se citan en Moscú

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Alfonso Zapico narra el encuentro en una crónica gráfica sanadora

 

 

Texto: ANTONIO ITURBE

Foto: HUMBERTO BILBAO

 

Alfonso Zapico tiene conciencia de minero y cuerpo de bailarina. En sus novelas gráficas finge un aire de ligereza y travesura para hablar de asuntos profundos con una mirada que nunca es indiferente. A la espera de que complete su trilogía de la revolución en las minas asturianas en 1934 donde la dinamita de la dignidad explota en una España que se agrieta, nos ofrece ahora Los puentes de Moscú (Astiberri). No es el Moscú donde se bebe vodka y todavía se peregrina a ver la tumba de Lenin, sino un Moskú en la provincia de Guipúzcoa, el barrio de Irún alrededor de la Plaza Urdanibia, a la que conocen popularmente como la Plaza Roja. Zapico conocía el lugar sólo de pasada, como asturiano errante que va y viene de Angouleme, donde vive porque es donde mejor lo han tratado, con esa inteligencia cultural francesa para apoyar el talento creativo de la que aquí carecemos. En este libro no hay un Moscú de 20 grados bajo cero, pero sí hay puentes. Este relato es la crónica de un encuentro, propiciado por el encargo de la revista Jot Down para que él retratase una charla entre el músico Fermín Muguruza y el político socialista Eduardo Madina. Los dos vascos, con visiones diferentes del encaje de Euskadi en España.

Zapico traza una breve biografía visual de Muguruza y Madina y sus orígenes son mucho más parecidos de lo que cabría imaginar, con familias vascas sacudidas por la guerra civil. Muguruza, líder de Kortatu, uno de los grupos destacados de lo que a mediados de los años 80 se etiquetaba como rock radical vasco, ha sido desde siempre un activista en favor del acercamiento de los presos etarra y de causas como la antiglobalización o el derecho de la autodeterminación de Palestina. El Subcomandante Marcos pidió charlar con él en plena revolución zapatista en Chiapas. También se puso a la cabeza, con su música y sus canciones, de las denuncias de las irregularidades de la comisaría de Intxaurrondo comandada por el General Galindo. Nos cuenta, por cierto, que el hijo de Galindo era seguidor del grupo fundado posteriormente por los hermanos Muguruza, Negu Gorriak y que fue cuando su hijo le mostró el libreto con las canciones en euskera traducidas al castellano que Galindo montó en cólera y les pusieron una denuncia que lo puso frente a la Audiencia Nacional. Muguruza fue absuelto. Afirma que su relación con la Guardia Civil “es muy mala”, pero también explica que un día yendo de viaje a Portugal se detuvo en una gasolinera y coincidió en los urinarios con un agente de la Benemérita. Cuando lo reconoció, se temió lo peor, pero lo que hizo el guardia civil fue llamarle maestro y darle la mano afectuosamente. Muguruza reconoce que en su juventud había justificado la violencia de ETA, pero en los 90 se dio cuenta que aquello no tenía sentido. Explica que en todo lugar donde podía ser escuchado, reivindicaba una Euskadi independiente y también una resistencia no violenta donde sin armas ni muertos. En un concierto en Barcelona en favor de los presos vascos, un grupo de neonazis prepara una olla con cloratita para hacer volar por los aires el escenario, pero son tan torpes que les estalla camino de las Cocheras de Sants y los propios terroristas quedan heridos. Reconoce que en el tema de la violencia es fácil moverse en la frontera de las contradicciones. Zapico lo conoció personalmente en el festival de cómic de Argel: había pasado hora y media rascando su tarjeta de identificación con un boli Bic hasta convertir la bandera española en una ikurriña.  Edu Madina, apasionado del voleibol, el Athletic de Bilbao y el socialismo, militó desde joven en las juventudes del Partido Socialista de Euskadi. A principio de los años 2000 toma protagonismo hasta ser presidente de las juventudes del PSE: se declara en contra de la criminalidad de ETA, pero le parece que hay que cumplir la ley y que los presos de ETA, como cualquier preso, pueda cumplir la privación de libertad lo más cerca posible de su domicilio. En esas fechas está amenazado por ETA como tantos otros. Zapico relata con especial emoción esa mañana del 19 de febrero de 2002 cuando sale de casa en el barrio de Arangoiti en Bilbao y llueve. No es cosa de tirarse al suelo a revisar los bajos de su SEAT Ibiza a buscar bombas lapa con el suelo encharcado. Mientras circula, a las ocho y veinte de la mañana, le estalla bajo el asiento medio kilo de Titadine. Está a punto de morir. Desde entonces le falta media pierna y lleva una ortopédica. Sin embargo, nunca se dejó llevar por el rencor, considera fundamental “ser libre de pensar como quiera, de no odiar ni guardar rencor a nadie, de ir donde me apetezca. Libre para educar a mi hijo, que crecerá libre de odio”.

Zapico, que se hace a sí mismo preguntas que nos hacemos todos, narra este encuentro con un trazo que nos lleva del humor a la tristeza, de la calle sin salida al puente. Muguruza y Madina empiezan hablando de música y después de todo lo sucedido esos años. Muguruza es independentista y Madina no. Pero cuando van a comer alubias de Gernika al restaurante Morondo de Irún, Muguruza presenta a Madina como su amigo. Esta crónica es una lectura sanadora. Sin recurrir a fanfarrias ni maquillaje de fantasía, hay algo aquí que tiene el color sin falsos brillos de la esperanza.