En el siglo XIII los nobles catalanes ya se levantaban contra la corona

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En “Canción de sangre y oro" Jorge Molist nos lleva a una agitada Corona de Aragón, donde todos luchan contra todos.

 

 

 

Texto: ANTONIO ITURBE

Jorge Molist, barcelonés afincado en Madrid desde hace treinta años, cambió el empleo de alto ejecutivo en la multinacional del cine Universal-Paramount para dedicarse al menos productivo-monetariamente hablando-  arte de la narrativa. Pero el cambio le ha sentado la mar de bien: lleva siete novelas, se ha convertido en uno de los autores de referencia en la novela histórica española, ganó el premio Alfonso X el Sabio con La reina oculta y ahora acaba de ganar el Premio Fernando Lara con Canción de sangre y oro.
La sangre y el oro de su nueva novela son los colores de la enseña de la Corona de Aragón, pero también es una metáfora de ese turbulento siglo XIII al que nos lleva. Arranca la historia con la llegada a Motpellier de Constanza, la hija del rey de Sicilia, para casarse con el heredero de Aragón, Pedro. El infante aragonés es ya un hombre curtido que tiene hijos con su amante oficial, guerrero y aguerrido, mientras que ella es apenas una niña de 13 años que llega a un mundo muchos menos refinado que la corte siciliana. Sin embargo, y siendo la excepción a la norma en los matrimonios arreglados propios de la época, ella se siente enseguida atraída y profundamente enamorada de Pedro, que demuestra con ella una inesperada delicadeza en un hombre tan resuelto e incluso impulsivo. A lo largo de las páginas y de los años veremos cómo Pedro vivirá el final de su padre, el rey Jaime, hombre prudente que acaba siendo blando frente a los levantamientos de sarracenos al sur y nobles catalanes y aragoneses en el interior. Pedro deberá ir apagando fuegos y poniendo en su sitio de manera mucho más expeditiva a los nobles, que en esa época feudal ejercían plenos derechos sobre su población, con todo tipo de derechos y abusos sobre la población civil, incluido el derecho de pernada que da lugar a imágenes tan impactantes como el de las violaciones que lleva a cabo el despreciable conde de Ampurias.  Mientras Pedro trata de sofocar los diversos levantamientos, en Europa Carlos de Anjou, primo del rey de Francia con pretensiones de ser el emperador del Mediterráneo y el apoyo del Vaticano, se apodera de Sicilia en un asedio cruel que acaba con la vida del padre de Constanza. Constanza se ha quedado huérfana de padres y de reino,  y tiene su propia lucha: no sólo ser la infanta de Aragón sino el amor de Pedro. 
 
En la época es costumbre que los aristócratas, y por supuesto los reyes, tengan amantes oficiales con las que tienen hijos bastardos a los que reconocen y dan algunas prebendas. Pedro no es una excepción, pero ella no se resigna y pelea por su lugar como mujer. La muerte del rey Jaime corona a Pedro y Constanza, pero es una felicidad que está permanentemente empañada por la ofensa sufrida en Sicilia. Finalmente, Pedro decidirá embarcarse en la conquista de Sicilia en una de las aventuras más arriesgadas, quizá más temerarias, del siglo XIII: enfrentarse con un minúsculo ejército de un pequeño reino a la potencia de Carlos de Annjou, apoyado por el Papa y el rey de Francia, con tropas y dinero que multiplican por diez las de la Corona de Aragón. Sin embargo, Pedro cuenta con su habilidad de estratega y su capacidad de seducción para sumar apoyos. Pero, sobre todo, cuenta con un arma secreta: los almogávares. Son siervos de  la gleba, ciudadanos obligados a trabajar explotados hasta el tuétano por el noble de la localidad a la que pertenecen como si fueran sus bueyes de arar, que se han rebelado y han desertado en busca de su libertad. Saltándose la legalidad feudal, se lanzan al monte, se organizan en partidas y se dedican al asalto de caminos o a ofrecerse como espadas mercenarias a quien les pague bien. Aunque los nobles de la época suelen despreciar a esos almogávares que consideran ladrones y desharrapados, Pedro y su mano derecha, Roger de Lauria, se dan cuenta del valor de los almogávares como expertos combatientes en todo tipo de condiciones y especialistas en la emboscada y la guerra de guerrillas, que entonces no se considera una opción digna como estrategia militar, pero que da resultados asombrosamente eficaces. El despliegue de Molist en esta novela de datos históricos contrastados, ambientación de la época detallada junto a las aventuras, enfrentamientos en el campo de batlla y en la trastienda de la alta política (llena de bajezas) se entremezclan con la lucha de las dos protagonistas del relato: la reina Constanza y Suria, una mujer que tras ser violada por el conde de su condado se une a los almogávares. Brilla de manera especial la figura de la reina Constanza y del combativo rey Pedro III, que acabarán apodando El grande. Un personaje menos conocido de lo que sus logros harían pensar pero que, según explica Jorge Molist, la razón de que su figura haya quedado desdibujada en la historia es “porque con la Iglesia hemos topado”. Su figura fue opacada por la Iglesia, dueña de los grandes relatos durante siglos porque se enfrentó abiertamente al papa, obcecado en su favoritismo por Francia. Pedro III fue el único monarca peninsular que murió excomulgado.  Un relato que nos habla de asuntos de hace 800 años pero que en estas páginas están vivos ante nuestros ojos. Y una lección que nos da la historia en estos tiempos de llamada a rebato a la defensa de las patrias por unos y otros: los reinos, países o como se quieran llamar se hacen y se deshacen, las alianzas van y vienen, nada perdura. Las fronteras son de papel y se las lleva una y otra vez el viento de la historia. Una historia que se repite una y otra vez en esta península eternamente fragmentada.