De la Barcelona de las tertulias a la Barcelona de las chekas.

Hits: 872

Sergi Doria publica La verdad no termina nunca (Destino)

 

 

Texto: ANNA MARÍA IGLESIA

“Cuando no soporto este micromundo en el que intento sobrevivir, me meto de cabeza en la Biblioteca Central de la calle del Carme. Después del fiasco de mi investigación en la Modelo, espero tener más suerte con mi trabajo. Es el primer encargo para la Gran Enciclopedia Popular: preparar dos entradas, una sobre el pintor ruso Kandinski y otra sobre Alexandre Jean Louis Promio, el hombre que trajo a España el invento de los hermanos Lumière llamaron cinematógrafo”. Así se presenta Alfredo, el protagonista de La verdad no termina nunca, la segunda novela del periodista Sergio Doria. Si bien, como el propio autor afirma, no es posible definirla como una segunda parte de No digas que me conoces, sí es un libro donde hay “viejos amigos”, donde el lector se reencontrará con nombres, reales y ficticios, que en su día formaron parte de la trama protagonizada por el estafador Antonio Villamil. De lo que no hay duda, sin embargo, es que La verdad no termina nunca es resultado de la trayectoria ensayística y narrativa de Doria, una trayectoria marcada por su interés por contar y estudiar la historia de Barcelona que comenzó con su tesis doctoral en torno a la “construcción de Barcelona como gran ciudad” y su “voluntad cosmopolita”. Por entonces, Doria estudió no solo la bibliografía en torno a la ciudad Condal de los años ’20 y ’30, sino que rescató la historia periodística de aquellos años y sus cronistas, adentrándose en la hemeroteca de revistas y semanarios gráficos, como Crónica o Imatge.

Doria, que se define como un autor que cree en “la novela realista, en la novela de hechos”, narra en La verdad no termina nunca las dos décadas que van de los años ’30 y a los ’50 en Barcelona a través de su protagonista, Alfredo, un joven huérfano que vive con su madre, una modista que, en su día, cosió para los grandes cabarets de la ciudad. De su padre, Alfredo sabe bien poco, sabe que era un hombre extranjero, pero poco más, pues su madre se resiste a darle unos datos que, sin embargo, el ansía conocer y que conocerá de forma insospechada indagando en la figura de Alejandro Promio, un periodista de los años 30 que tomó su nombre de Jean Louis Promio, el responsable de traer a España el cinematógrafo y sobre el cual Alfredo debe escribir, por encargo de la editorial Montaner i Simón, responsable de publicar la Gran Enciclopedia Popular. Si bien, apunta Doria, la enciclopedia a la que hace referencia no existió, Montaner i Simón sí fue una de las primeras editoriales que empezaron a publicar las enciclopedias que, durante décadas, la gente se compraba a plazos. Creada en 1861, Montaner i Simón tenía su sede en Caller Aragón 225, en el edificio modernista de Domènech i Montaner en el que hoy se encuentra la Fundación Tàpies. Como ya hizo en su anterior novela, Doria reconstruye la Barcelona de aquella época, hace caminar a su protagonista a lo largo de la calle Aragón, que costeaba las vías del tren: “El restaurante Madrid-Barcelona coge el nombre precisamente de ahí, porque frente al restaurante, donde comió Primo de Rivera, estaba el apeadero para los pasajero que venían de Madrid y de ahí coge también el nombre la tienda Servicio Estación”, comenta el autor, para el cual es imprescindible conservar la memoria de la ciudad, una memoria que se está haciendo cada vez más olvidadiza, puesto que “se está arrasando con todo. A diferencia de lo que pasa en ciudades como París, aquí en Barcelona no se recuerda la historia de la ciudad, ahora no hay más que franquicias. ¿Quién se acuerda ahora de la Librería Canuda?”

Barcelona es, junto con Alfredo, la protagonista de esta novela, que nos describe el escenario cultural y político de la ciudad a partir de los años ’30. La narración, que realiza el protagonista, avanza de la mano del periodista Promio, que estaba en el Comité de Censura de Primo de Rivera y que se enamoró profundamente de Titaÿna, una aviadora y periodista muy próxima a los surrealistas franceses y, en concreto, a Man Ray, quien la retrató junto a una cabeza de Buda, que ella misma había traído de sus viajes en Oriente como gesto crítico ante el continuado expolio cultural que llevaba a cabo Francia en sus colonias. A través de Titaÿna y de Promio, reconstruye el mundo de la cultura de aquellas primeras décadas del XX, un mundo marcado por la influencia de las vanguardias que provenían de París. En este ambiente, aparece la figura de Alfonso Laurencic, un estafador francés que, una vez detenido, ofreció al SIM, un método de tortura psicotécnico basado en el arte abstracto y, en concreto, en el arte de Kandinski, que se utilizaría hasta el final de la Guerra en las chekas. Como escribía en el 2003 en El País Victoria Combalía, las chekas fueron “construidas durante la Guerra Civil por los que entonces eran llamados rojos y que, mediante métodos de tortura, estaban destinadas a hacer hablar a quienes allí permanecían detenidos, se ideó una modalidad de tortura distinta, la llamada de ‘métodos psicotécnicos’. Éstos consistían en la decoración de la checa con unos dibujos geométricos que conseguían marear y obsesionar visualmente al recluso”.

Una de las celdas de las chekasEn los años treinta, Laurencic se había relacionado con Strauss y Perlowitz, dos empresarios que a través de su empresa Straperlo habían construido una ruleta trucada, cuya instalación en distintos locales era casi imposible por la prohibición de los juegos de azar. A pesar de ello, los dos empresarios querían instalar su “ruleta” en el Casino de San Sebastián y, para ello, recurrieron a las mordidas: Alejandro Lerroux recibiría el 25% de las ganancias, Juan Pich y Pon el 10%, mientras que el director de la Seguridad Social recibiría alrededor de las 100.000  pesetas por hacer la vista gorda. Las mordidas, sin embargo, no sirvieron de mucho y pronto se descubrió que la ruleta estaba trucada. El escándalo saltó a la luz pública: el caso Straperlo estaba en boca de todos a tal punto que del nombre de la empresa surgiría el término de “estraperlo”. Manejando muchos materiales, Doria retrata los años treinta, narra los años de la República y el inicio de la Guerra Civil a través de todos estos personajes, a los que hay que sumar, Luys Santamaria, una figura “parecida a la de Ridruejo, pero que permaneció fiel al régimen y, en especial, a los valores juanantonianos”. Santamaría “era un gran intelectual, que compartía tertulia con Josep Janés, Max Aub, Mercè Rodoreda, Espriu o Martí de Riquer. Partidario de la acción directa, durante la Guerra Civil, “fue sentenciado tres veces a muerte e indultado gracias a la intervención de quienes fueron sus amigos, empezando por Max Aub y Mercè Rodera. Al final de la Guerra, se convirtió en director de Solidaridad Nacional, donde mantuvo a los trabajadores de la redacción de Solidaridad Obrera. De la misma manera que él había sido salvado, el protegió a muchos”.

Doria subraya la importancia de recuperar la historia en su totalidad, sin obviar los capítulos que pueden ser incómodos, y a sus protagonistas. La verdad no termina nunca es, en palabras de su autor, una declaración de intenciones: la historia nunca es tal y como la conocemos, siempre hay cosas que faltan por saber y no podemos acomodarnos a un único relato. De ahí que, a lo largo de la rueda de prensa, el autor haga particularmente hincapié en la historia de ass chekas, de las que muy poco se habla, a pesar de que en Barcelona hubo más de una: la más grande estaba en la calle Vallmajor, en uno de sus grandes chalets, donde “se practicaron los métodos de tortura ideados por Laurencic. Hoy es un colegio, pero nadie recuerda lo que se hacía en aquel mismo patio donde hoy juegan los niños”. En 1940, en su visita a Barcelona, Himmler visitará la antigua cheka de Vallamjor, interesado en los métodos de tortura que ahí se aplicaban, métodos que habían convertido el arte abstracto y el arte de vanguardia en una herramienta de tortura. “Casos así demuestran que la cultura y el arte no siempre salvan, sino que pueden servir para el mayor de los males”, concluye Doria.