Ciencia ficción y política... ¿Quién dijo que la CF era escapista?

Hits: 877

Antonio Torrubia sobre la ciencia ficción más política

 

 

 

Texto: ANTONIO TORRUBIA

Desde sus inicios, la literatura de ciencia ficción ha estado entroncada con la política. Incluso antes de conocerse como tal, Thomas More con su De optimo reipublicae statu, deque nova insula Utopiae ya hizo ciencia ficción política. More puede que no escribiese la primera utopía, pero acuñó el término que ha llegado hasta nuestros días mezclando los términos griegos outopia ("no lugar") y eutopia ("lugar feliz"). En esta obra se ejercía una crítica al orden social establecido en la Europa del siglo XVI y una de las mejores ediciones para conocerla se encuentra en la Editorial Ariel (2016), con textos de Ursula K. Le Guin y una magnífica introducción de China Miéville.

Avanzando unos siglos nos encontramos la obra de H. G. Wells, quien en La máquina del tiempo conseguía llevarnos a un futuro en el que dos razas han evolucionado hacia una sociedad peculiar que mezcla las clases sociales de su Inglaterra natal con una forma extrema de darwinismo social. Unas décadas después, Aldous Huxley escribió Un mundo feliz (Brave New World en el original), una novela pesimista y distópica que nos mostraba el futuro de nuestro mundo con un sistema de castas que regía una sociedad bajo condicionamiento psicológico extremo gracias a la ingesta de la droga soma, que se toma para acabar con la depresión, y que casi cuarenta años después vio una segunda parte, Nueva visita a un mundo feliz, en la que el autor explicó los diferentes problemas sociales que le hicieron plantearse

siquiera escribir la primera tiempo antes. En 1949, Eric Arthur Blair (que escribía bajo el seudónimo de George Orwell) nos trajo la también distópica 1984 justo antes de morir. Ya se había internado en la fantasía en 1945 con una crítica al totalitarismo, la satírica Rebelión en la granja, una fábula mordaz sobre cómo el régimen de Stalin corrompió el socialismo y en la que un grupo de animales de una granja expulsa a los humanos tiranos y crea un sistema de gobierno propio, que deriva en otra tiranía aún más brutal. 1984 introduce conceptos tan vigentes hoy en día como el omnipresente Gran Hermano que siempre nos vigila, la Policía del Pensamiento que persigue a los que muestran síntomas de rebeldía o la Neolengua, que reprime el lenguaje sacando todas las palabras prohibidas por los mandatarios.

La novela distópica Hagan sitio, hagan sitio de Harry Harrison (1966) es probablemente más conocida por su adaptación cinematográfica, Cuando el destino nos alcance. Muestra a cuarenta millones de seres humanos hacinados en Nueva York por culpa de la industrialización salvaje, el calentamiento global y la contaminación. Allí solo una pequeña elite tiene acceso a verduras y carne, mientras que el resto de la humanidad tiene que alimentarse de unos concentrados vegetales o sacados del pláncton que responden al nombre de Soylent. ¿Ahora os suena de algo? En El hombre en el castillo (1962), Philip K. Dick nos lleva a una ucronía donde la Segunda Guerra Mundial culmina con la derrota de los aliados y la división de Estados Unidos entre japoneses, que se quedan la Costa Oeste, y alemanes, que reciben la Este y establecen un gobierno totalitario. En 2015 se adaptó de la mano de Amazon como serie de televisión con el mismo título y en 2016 pudimos leer un muy recomendable homenaje de Peter Tieryas, Estados Unidos de Japón, ambientado cuarenta años después del final de la novela de Dick, donde una facción de proestadounidenses combate al Emperador impuesto mediante la distribución de un videojuego ilegal que pide a los jugadores que imaginen cómo sería el mundo si Estados Unidos hubiera ganado la guerra. En 1974 vio la luz Los desposeídos, de Ursula K. Le Guin, una ambigua utopía ganadora de los premios Nebula, Hugo y Locus. La historia transcurre en un planeta llamado Urras y su luna, Anarres, los dos partes del Ekumen al que Le Guin nos trasladó en varias ocasiones con relatos y novelas. Los habitantes de Anarres son los descendientes exiliados de Urras a causa de su participación en una revolución anarquista casi doscientos años anterior a los sucesos que nos narra el libro, y su régimen político es una especie de anarquismo taoísta extremadamente pobre en recursos, mientras que en Urras han desarrollado una cultura urbana capitalista que no impone tantos

rigores para la supervivencia.

Avanzando desde Wells hasta la actualidad nos encontramos con el foco político dentro del panorama cienciaficcionero en multitud de ocasiones más, tan dispares como la saga de Star Wars de Lucas o la de Chanur de C. J. Cherryh, pasando por Dune de Herbert, historias cortas de Dick como Minority Report o Queremos recordarlo por usted al por mayor (ambas adaptadas a películas, la segunda por partida doble con el nombre de Desafío Total), la recién adaptada a serie por HBO (y de la que ya podéis ver su segunda temporada) El cuento de la criada de Margaret Atwood, Mercaderes del espacio de Frederik Pohl y Ciryl M. Kornbluth o la serie de la Cultura de Ian M. Banks (que será adaptada por Amazon a serie, algo por lo que Jeff Bezos dice estar muy contento, ya que es de sus sagas de CF favoritas). La luna es una cruel amante o Forastero en tierra extraña de Robert A. Heinlein son otros de los muchos títulos que se internaban o dejaban entrever el tema político futurista en décadas anteriores. En los últimos años nos han llegado, además, grandes novelas como Pequeño hermano del periodista y activista Cory Doctorow, Ejercito Nuevo Modelo de Adam Roberts, Luna de Ian McDonald o tres de mis novelas favoritas: las apocalípticas Cenital del castellonense Emilio Bueso, Apocalipsis suave de Will McKintosh y la mordaz Jennifer Gobierno del australiano Max Barry. En esta última encontramos una realidad alternativa en la que la mayoría de países están bajo el dominio de Estados Unidos, controlados por corporaciones empresariales, y en la cual el capitalismo salvaje ha llegado al punto de que las personas cambian su apellido por el de la compañía en la que trabajan. Jenniffer Gobierno, como indica su apellido, trabaja para una de las tres agencias protectoras de la ley y debe investigar una salvaje campaña publicitaria ideada por el ejecutivo de marketing John Nike en la que un trabajador de bajo nivel (Hack Nike) es contratado para asesinar adolescentes y robar sus Nike Mercury, valoradas en 2.500 dólares, aunque su fabricación cuesta 85 centavos, en un esfuerzo por aumentar la popularidad del producto. Pero todo se tuerce y esta sátira a caballo entre 1984 y la crítica al neoliberalismo y la globalización os hará carcajearos como a mí, años después de su lectura, al recordar partes de la misma.

Otra novela que leí el mismo verano que la de Barry fue Carbono modificado de Richard Morgan. En ella se cuentan las aventuras de un antiguo soldado de elite de la ONU, Takeshi Kovacs. Nos vamos quinientos años en el futuro: en un ambiente de novela negra distópica (cyberpunk y hardboiled), la ciencia permite que la identidad humana pueda almacenarse digitalmente y descargarse en cuerpos físicos (fundas) que pueden ser naturales o sintéticos. Cada individuo posee una pila cortical en la columna y la vuelta de la muerte es más fácil que nunca. Más aún para los ricos, que casi han alcanzado la inmortalidad. Imaginad un asesinato sin resolver. Que la religión católica (que es minoritaria en el siglo XXVIII) decide no dejar resucitar a alguien ni siquiera temporalmente para testificar en un juicio. Que nuestro protagonista sea un exemisario de las Brigadas de Choque preparadas para la guerra interestelar que lleva decenas de años encarcelado en una cárcel digital y es descargado al cuerpo de un policía para investigar el suicidio de un matu (millonario casi inmortal, de Matusalén). Y que la víctima, que lo contrata, es incapaz de recordar las 48 horas inmediatamente anteriores a su muerte y posteriores a su última copia de seguridad. Todo este embrollo se transforma en un novelón que nos tiene pegados a sus casi seiscientas páginas sin poder parar de leer y que pronto tendrá una continuación en castellano.

De Richard Morgan, aparte de su trilogía de fantasía épica/grimdark que empieza por Sólo el acero y que ha publicado completa Alamut Ediciones, os recomiendo Leyes de mercado, en la que se nos narra la forja de unos de los líderes que controlan el mundo de mitad del siglo XXI. Una reelaboración a lo Michael Moore de los temas orwellianos con una estética Mad Max y La hoguera de las vanidades, y en la que los Zektius son las nuevas estrellas mediáticas, cuyas proezas en la carretera se siguen sin aliento en todos los rincones del mundo. Son los modernos gladiadores de las multinacionales, hombres y mujeres dispuestos a jugarse la vida para defender un contrato en duelo sobre el asfalto. Richard Morgan extrapola a partir de los vientos neoliberales que azotan la sociedad contemporánea un futuro próximo donde la globalización ha llegado a las últimas consecuencias. Seguro que me dejo decenas de libros en el tintero, pero no puedo ignorar la obra de China Miéville, al cual cité por hacer la presentación de la nueva edición de Utopía de Thomas More en Ariel Ediciones. Y es que el autor nacido en Norwich y residente en Londres es el ejemplo perfecto para cerrar este escrito sobre ciencia ficción y política. Fue hace unos años candidato a la Cámara de los Comunes por la Socialist Alliance y en la actualidad es miembro de la British Socialist Workers Party, una organización trotskista. Su último libro publicado hasta ahora era Octubre, la historia de la Revolución Rusa (Akal), aunque el diez de mayo se pone a la venta la reedición de la que es para mí su mejor novela: La Ciudad y la Ciudad, en el sello fantástico recién adquirido por Penguin Random House Nova CF; obra que, además, acaba de adaptar y emitir como miniserie de cuatro capítulos el segundo canal de la BBC.

En ella se narra, como en las mejores novelas de género negro, la investigación de un asesinato que llevará al inspector Borlú desde su ciudad, Beszel, donde aparece el cadáver de una mujer desfigurada, hasta la urbe rival, idéntica e íntima vecina, la vibrante ciudad de Ul Qoma. Pero cruzar esta frontera significa emprender un viaje tan físico como psíquico, ver aquello que se mantiene invisible. Con el detective de Ul Qoma, Qussim Dhatt, Borlú se ve envuelto en un submundo de nacionalistas que intentan destruir la ciudad vecina, y de unificacionistas que sueñan con convertir las dos ciudades en una sola. Y, mientras los detectives desvelan los secretos de la mujer asesinada, empiezan a sospechar una verdad que podría costarles algo más que sus vidas. Además de esta novela, en Fantascy podemos encontrar Embassytown, una de las más lúcidas novelas de ciencia ficción lingüística escritas desde hace lustros y en Nova CF ya están editadas la experimental Los últimos días de Nueva París y la reedición de dos de las tres partes de su trilogía de Bas-Lag: La estación de la calle Perdido y La cicatriz. Se espera la reedición del fin de la trilogía en el futuro cercano, con el sugerente nombre de El Consejo de Hierro, en la que se narran los tiempos de revueltas y revoluciones, conflicto e intriga de Nueva Crobuzón, desgarrada desde dentro y desde fuera. La guerra con la siniestra ciudad-Estado de Tesh y los disturbios en las calles están llevando a la metrópolis a su fin. En medio de este caos, una misteriosa figura enmascarada alienta una rebelión, mientras la traición y la violencia se incuban en lugares inesperados. En su desesperación, un pequeño grupo de renegados escapa de la ciudad y atraviesa continentes extraños y alienígenas en busca de una esperanza perdida, una leyenda imperecedera.