Pierre Michon, llega el rey de las letras francesas

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La editorial Wunderkammer publica un volumen de entrevistas con Pierre Michon

 

 

Texto: ANNA MARÍA IGLESIA

“Siempre pensé que lo único que estaba por completo fuera de mi alcance y de mis posibilidades era la literatura”, decía Pierre Michon en 1993, nueve años más tarde de publicar su primera obra, Vidas minúsculas, un libro en el que el narrador se convierte en biógrafo y, a la vez, en autobiografiado. A través de la vida de varios personajes -sus abuelos, sus vecinos, sus compañeros de escuela-, el narrador, tras el cual se esconde la figura de Michon, narra su propia vida en el entorno rural de Cards desde la infancia, marcada por el abandono del padre, hasta su lento acercamiento a la escritura, marcado por momentos de crisis personal. La figura de Rimbaud, presente en toda la obra de Michon y protagonista de su segundo trabajo, Rimbaud el hijo, ya está muy presente en Vidas minúsculas, donde el narrador se presenta como un “Rimbaud fracasado”. El libro no sólo consagró a Michon, hasta entonces un desconocido en el mundo de las letras francesas, sino que se convirtió en un clásico contemporáneo. Escéptico hacia el concepto del “reconocimiento literario” y hacia los mecanismos de canonización, Michon afirmaba en 1992: “La literatura es ahora el campo de batalla de los hijos sin padres, de los hijos eternos. En esto consiste la crisis de la literatura y la literatura como crisis: todos esos hijos se rebelan contra otros hijos, que los precedieron, y no ya contra unos padres. Y con el padre ha desaparecido la instancia legitimadora, la que le dice al escritor eres escritor”. De ahí que no sorprenda que, en el 2000, a la pregunta del periodista Yaël Pachet acerca del reconocimiento que goza por parte de sus pares, Michon no haya dudado en contestar: “En lo referente a las condiciones del reconocimiento en Francia, y seguramente en otros lugares, son ahora muy diferentes de lo que sucedía hace cincuenta años. Hace cincuenta años venían de la universidad y del equipo de la Nouvelle Revue Français. Ahora la universidad ya no tiene poder, ha permitido que la dejasen atrás sin pelear. El poder ha pasado a los medios de comunicación, a los periodistas de la prensa escrita y, luego, televisiva”.

Tan escéptico con su papel de clásico contemporáneo de las letras francesas como con el género de la novela, así se muestra Pierre Michon a lo largo de las entrevistas que la editorial Wunderkammer ha reunido en Pierre Michon. Llega el rey cuando quiere, título con el que se inaugura la colección Áurea. “Dejando aparte los clásicos del siglo XIX, esas novelas fundacionales, hasta Proust, hasta Joyce, hasta Faulkner, que leemos fervorosamente, las cosas que nos pasan ahora por las manos son con frecuencia un subproducto de los tipos literarios afincados en el siglo pasado”, afirma el escritor francés a quien, si bien siempre ha defendido su poética de lo breve y lo fragmentario, no se ha dejado nunca de preguntar cuándo abrazará por fin el género novelesco. A pesar de la insistencia, Michon prefiere adoptar la postura de Henri Michaux cuando Gaston Gallimard le reclamaba una novela: “Si llega una novela, la cogeré encantado y se la traeré”. Nunca le llegó ninguna novela a Michaux, como tampoco le llegó a Borges, a quien Michon reconoce releer con frecuencia, y seguramente tampoco le llegará al autor de La Grande Beume, una “casi novela”, en palabras del propio Michon, de la que solo se publicó un tercio de todo lo escrito. ¿El motivo? Era “algo fabricado, planificado, elaborado e inevitablemente trucado, puesto que tendía a lo arbitrario de una manera bastante cansina: la de ese chisme de trescientas páginas que tanto agrada al mercado con el nombre de novela”.

Si, por un lado, Michon rechaza la idea de un escritor que escribe únicamente para unos happy few, por el otro lado, mira con crítica lejanía la modernidad -por no hablar de la postmodernidad- literaria, sosteniendo que la historia de la literatura ha entendido de forma errónea las palabras de Rimbaud, cuando este afirmó que era necesario ser absolutamente moderno: “No cabe duda de que hay que leerla a otro nivel, un nivel de irrisión, con esa ironía feroz y ese chirrido interior que nunca falta en Rimbaud”. Y como el poeta, también Michon habla desde la ironía feroz, definiéndose a sí mismo moderno y, al mismo tiempo, declarando su antipatía por los Modernos, entendidos como los no-figurativos: “Opinaba como el antiguo Filóstrato: ‘Todo aquel a quien no le guste representar insulta a la verdad y a toda la sabiduría de la poesía’. No sé si sigo pensando así. Pero esa realidad presuntuosa, sin mímesis, sin las muletas de la representación, del referente, que es lo que opera en los abstractos, esa realidad en bloque y sin careta me echa para atrás”. Sin embargo, Michon no se detiene en la representación; su trabajo con el arte pictórico trasciende el mero ejercicio ecfrástico, sin buscar la ruptura del lenguaje por la simple voluntad de romper: “Romper con el lenguaje ajeno y, por lo tanto, con el mundo, eso se llama el arte por el arte. Aparece el preciosismo en cuanto el arte se convierte en reflejo de sí mismo”. Para Michon, “las artes tienen que apuntar a algo así como una conciliación con el mundo y con el prójimo” y está conciliación se ve particularmente lograda en obras como Rimbaud el hijo o La vida de Joseph Roulin, donde la figura de Van Gogh se presenta al lector a través de la figura de Joseph Roulin, un humilde empleado de banco que participa en los movimientos sociales por los derechos del proletariado. El “humilde testigo” se interrelaciona así con el pintor reconocido de la misma manera que el mito de la revolución se une con el mito de las bellas artes. Las vidas reconstruidas, descritas e inventadas por Michon construyen un relato donde lo que cuenta es “alabar a los grandes hombres, como decía James Agree, bien sean míseros granjeros de Alabama o poetas del Olimpo”, un relato de la negociación entre el mundo y el prójimo, entre los distintos nombres de la historia, un relato que, como la pintura para Goya, es un galeote que rema en el mar con rabia e impotencia, pero -añade Michon- “es hermoso el mar”.

Las entrevistas reunidas en Llega el rey cuando quiere son, a priori, la lectura más estimulante que un ávido lector de Pierre Michon puede encontrar. A través de ellas, recorre su trayectoria literaria, descubre nuevas claves de lectura y, sobre todo, se adentra en la poética de este autor francés, para quien, como dijo Bataille, “cualquier forma de arte puede existir independientemente del deseo de prodigio. Pero cualquier obra de la que esté ausente ese deseo no es una gran obra”. Al mismo tiempo, Llega el rey cuando quiere es una invitación para descubrir  Michon; las entrevistas aquí reunidas no sólo no exigen una lectura previa del autor francés, sino que se presentan como concisas y lúcidas lecciones de literatura, unas lecciones que no tienen que ver únicamente con la obra de Michon, sino con una manera de entender la literatura y, obviamente, también el arte. “Ver pintura es una emoción tremenda con ella se puede hacer literatura, porque la literatura tiene más que ver con la emoción que con la interpretación, pero esa emoción tiene que ser atinada, es decir, muy abierta y que no tenga que ver con la espontaneidad, por supuesto”, concluye Michon.