James Ellroy se sacude las malas pulgas

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 James Ellroy vuelve a Barcelona con nueva novela

 

 

 

Texto: ANTONIO LOZANO

 

Tras su paso por Barcelona en 2010, durante la promoción de Sangre vagabunda, James Ellroy dejó entre algunos periodistas y miembros de su editorial de entonces (o quizá entre todos los que trató) la duda de si su pose de capullo integral -y me gustaría no tener que recurrir a un término tan vulgar en una publicación literaria, poder adornarlo con eufemismos del tipo escritor “malhumorado” o “difícil”, cuando lo cierto es que se comportó de forma impresentable, de provocador y matón para arriba- respondía a la creación de un personaje rufianesco y malcarado que hiciera justicia a la leyenda negra que lo acompañaba, la misma que lo presentaba como el "perro diabólico de las letras", un cruce de ogro y villano que desayunaba jefas de prensa y utilizaba a los periodistas de mondadientes, o si esta naturaleza feroz (por no decir intolerable) venía de serie.

Siempre que ha surgido su nombre entre los que lo sufrieron, se ha activado, entre escalofríos, risas nerviosas y expresiones de perplejidad, un intercambio catártico de anécdotas sobre los variados recursos desplegados por el escritor para incomodar a sus interlocutores, desde exabruptos a insultos, pasando por gruñidos y gestos corporales al límite de la obscenidad. Eso sí, casi todo el mundo coincidió en que, por desagradable que fuera la tarea de colocar una grabadora cerca de Ellroy, lo más probable es que todo formara parte de un show de malo malote a la altura de un montaje operístico en La Scala de Milán, puro auto-márketing. A fin de cuentas, si un tipo que juega a sufrir delirios de grandeza -"soy el mejor novelista de género negro que hay"- y al que le va provocar al personal defendiendo ideas poco edificantes -el uso de las armas, la pena de muerte…- y echando porquería sobre la gente de izquierdas, hubiese proyectado una imagen de seriedad y contención el cortocircuito habría estado a la altura de su megalomanía (artificial o no). De modo que el retorno del huno siete años después, con motivo de la recepción del Premio Pepe Carvalho 2018, planteaba jugosos interrogantes y dilemas. ¿Repetiría maneras demoníacas o el tiempo lo habría aplacado? Ante la posibilidad de lo segundo, ¿merecía la pena exponerse por segunda vez a un trato denigrante? (Un compañero de profesión jura que le dijo: "Merecerías que te colgaran de un árbol. Lo haría con mis propias manos si pudiera". Yo debí contentarme con un mero "Me estás interrumpiendo más de lo que te voy a tolerar" la única vez que intenté reformular una pregunta mal planteada.) La curiosidad venció a los recelos, espoleada en buena medida por la posibilidad de hablar del soberbio Mis rincones oscuros, recuperado por Literatura Random House.

Publicado en 1996, el libro supuso su primera incursión en el género autobiográfico -la siguiente llegaría catorce años después con A la caza de la mujer- y partió de su decisión de investigar por su cuenta el asesinato de su madre, acontecido en 1958, casi cuatro décadas después de que tuviera lugar. Como se sabe, esta tragedia conforma la espina dorsal de casi toda la obra de Ellroy, ya sea porque hizo del crimen y la perversión sus pulsiones básicas, porque lo atrapó en un pasado que no ha abandonado como marco ficcional -todas sus novelas transcurren ente los años 1950 y 70-, porque condicionó el perfil de sus personajes femeninos y su trato personal con las mujeres, o porque la ha recreado o transferido. Mis rincones oscuros combina una detallada reconstrucción del crimen y los devastadores efectos sobre la psique y el comportamiento del hijo de la víctima en su juventud -delincuencia, consumo de drogas y alcohol, voyeurismo, rabia hacia la madre que degenera en fantasías libidinosas…- con una investigación criminal obsesiva cuando aquel llega a la edad adulta -el fuego interior por hallar al culpable tiene su reflejo en un pormenorizado recuento de expedientes consultados, entrevistas realizadas, casos cotejados, hilos desechados, teorías elucubradas… por momentos un bucle capaz de noquear al lector, - y acaba en alguna forma de reconciliación filial postmórtem.

Si el exceso característico de cualquier libro del autor suele estar en un agolpamiento de tramas paralelas y un dramatis personae que suma varios listines telefónicos, aquí hay dos interrogantes principales - ¿quién mató a Geneva Hilliker?, ¿esta investigación en marcha, el libro que leemos, traerá alguna redención a su instigador, ayudará a cicatrizar la herida, canalizará la relación enfermiza entre el autor y su madre hacia aguas más serenas? - que giran y giran en un tambor acelerado. No es plato para todos los paladares -ningún libro de Ellroy lo es-, pero cualquier amante del género negro disfrutará, cuando menos, del suministro de información valiosísima sobre los protocolos de una investigación criminal oficial y los desafíos que plantea la extraoficial mucho tiempo después. James Ellroy recibe en el bar del hotel Regina, sede de los autores invitados al BCNegra 2018. Los compañeros de TV3 que anteceden a Librújula comentan que ha sido profesional, que regresan al estudio sin señales de mordeduras. La jefa de prensa de la editorial corrobora su domesticación. Ladrar, ladrar solo lo ha hecho a dos fotógrafos que se han puesto muy exigentes. Con el resto de periodistas gráficos se limita a soltarles gruñidos con ánimo juguetón. Por petición expresa del protagonista, se sugiere no lanzarle preguntas sobre la actualidad. Aunque el angelino es famoso por sacudirse cualquier mención al tiempo presente escudándose en que le importa un pimiento, que él vive en la época en que transcurren sus libros, que no lee periódicos ni mira las noticias en la televisión, cunde la sospecha que ni él ni la editorial quieren (de forma comprensible) que los titulares de mañana vengan encabezados por una bomba, quién sabe si en forma de loa a Donald Trump.

Ellroy comentará hacia el final de la entrevista que no ha visto Los Soprano porque detesta el mundo de los mafiosos, añadiendo que “el cine de Scorsese me provoca arcadas”, pero su postura en el sofá, con los brazos extendidos a su espalda agarrando la cabecera, las piernas ligeramente abiertas y una expresión de malas pulgas, se antoja digna de Tony Montana. Si bien esta vez el escritor fue correcto y no incurrió en ningún desaire, caben pocas dudas de que le gusta generar un sutil efecto intimidatorio en sus interlocutores, consciente de que su tamaño (1,90 de estatura), su mirada inquisitiva (la mantiene fija más rato del que procede), su voz grave, y un goteo de respuestas provocadoras y desconcertantes le permiten dominar la conversación:

—Dame pelo, Antonio, ¿Te importa?

—¿Perdón?

—Podrían trasplantarme un poco de tu pelo, tienes de

sobra.

—Se puede hablar…

—(Mirando hacia la ventana al fondo del salón) Me

gusta Barcelona bajo la lluvia.

—¿Empezamos?

—Dispara.

En Mis rincones oscuros habla de cómo consiguió transformar sus obsesiones en algo que a la postre le salvó. ¿Piensa que de no haberse cruzado la literatura en su vida habría acabado muerto o en prisión?

Fue Dios quien se cruzó en mi camino. Queda muy bien decir que la literatura le salvó a uno, “mi talento bastó para revertir mi espiral autodestructiva”, bla, bla, bla, pero la verdad es que en mi caso fue una experiencia espiritual. Dios me habló y yo le obedecí. Unas fuerzas cósmicas me apartaron del mal camino. De manera que aquí estoy, ha sido un viaje increíble. Dios me concedió un talento natural y, aún más importante, la determinación para explotarlo. He desarrollado un método de trabajo casi sobrehumano. Soy metódico y perseverante hasta el extremo.

¿Qué relación tiene con el Altísimo?

Me paso el día hablando con él. Me da fuerzas para afrontar cada nuevo día y me redime por los pecados de mi pasado.

Su obra siempre se ha alimentado de una suerte de fiebre, furia, obsesión… algo íntimamente ligado a su dura biografía y a sus demonios. ¿Alguna vez ha temido que alcanzar un cierto bienestar o un equilibrio pudiera afectar a su creatividad?

Con la conciencia y la prolongación de la conciencia, uno solo puede mejorar y potenciar sus facultades. La gente autodestructiva y consumida por sus demonios acostumbra a mantener su talento en cotas muy bajas. Si dejas que tus demonios te consuman, tristemente no te enteras de qué va todo esto, y de lo que va todo esto es de trascender. Si trasciendes y aplicas tus dones naturales de forma continuada, la única recompensa posible es la superación.

¿Cree que habría podido ser un buen detective?

No. Soy solitario y los polis están pateando las calles y hablando con gente todo el santo día. Yo necesito estar solo.

Mis rincones oscuros bascula entre la gélida recopilación y estudio de documentos, y la reflexión íntima a propósito de una compleja relación materno-filial. Es una combinación por lo menos chocante.

Debo confesar que muy temprano me asaltó el presentimiento de que jamás daríamos con el asesino. Me di cuenta, fría y esquemáticamente, de que si no encontraba al culpable no tenía una historia entre manos, hasta que entendí que esta radicaría en mi arco de reconciliación con mi madre. Primero fue la fase de negación y resentimiento, lo que metamorfoseó en aceptación y amor.

Una de las últimas fases del libro es: “No permitiré que esto termine. No volveré a traicionarla ni a abandonarla”. Desde entonces, ¿de qué formas diría que ha mantenido viva la memoria de su madre?

Durante unos diez años mantuvimos abierta una línea 1-800 para que la gente con información sobre el caso pudiera contactarnos, pero no sirvió de nada. Todos los perfiles detrás de las llamadas apuntaban en una misma dirección: mujeres que habían sido víctimas de abusos sexuales a manos de sus padres intentaban colgarles el asesinato de mi madre, pero ninguna de las descripciones físicas coincidía con la del culpable y los presuntos sospechosos eran demasiado jóvenes o viejos en el momento de los hechos, es decir, en 1958. Fui paciente, las escuché a todas, pero ninguna pista prosperó. Por otro lado, el libro me permitió al fin amar a mi a madre. Con el tiempo me he ido pareciendo más a ella físicamente. Llegó un momento en que me di cuenta de que había hecho todo cuanto estaba en mi mano. Con este libro honré su memoria. Estoy en un momento interesante de mi vida porque estoy escribiendo la continuación de Perfidia -primera novela del segundo Cuarteto de Los Ángeles- e incluyo a un personaje basado en ella que, puesto que soy un novelista y mi verdadero don reside en la ficción, le hará más justicia de lo que podría cualquier libro autobiográfico. Va a ser la reverencia definitiva que le voy a dedicar en el gran escenario que configura mi obra.

¿Diría que la misoginia es un elemento clave en todos los crímenes sexuales, que no hay una sin la otra?

La mayoría de los crímenes sexuales tienen un elemento misógino asociado, pero algunos crímenes sexuales derivan de los celos y otros nacen de un sadismo innato.

En el libro hace referencia a los grandes cambios que ha experimentado el departamento de homicidios del condado de Los Ángeles desde 1958 en términos de personal, representación racial, medios tecnológicos… Sin duda, hoy el crimen es más fácil de combatir, pero me pregunto si echa de menos alguno de los métodos de la vieja escuela.

Claro. Por entonces, si a los polis no les gustabas y te consideraban un gilipollas, te metían una hostia con el listín telefónico. Me encantan las cosas así. Cuac, cuac, cuac [imita a lo que parece un pato, pero es difícil de asegurar]. Si das con un listín no dejas marcas y consigues la información.

¿Cree justificable, pues, la brutalidad policial?

Yo no lo llamaría brutalidad, sino un método expeditivo. No justifico la violencia por sistema, sino como último recurso.

Como obsesivo cartógrafo de Los Ángeles, ¿qué aspectos entiende que están infra-representados o distorsionados en las novelas y le sacan de sus casillas?

No me importa nada de lo que los otros escriban sobre Los Ángeles y seguirá así hasta el fin de los días. Pero también te diré que mi representación de la ciudad es muy libre, mis novelas son imprecisas o directamente falsas desde un punto de vista histórico porque el rigor me la trae al pairo. Llego a incluir cruces de calles reales que no existen. Mi Los Ángeles nace de la imaginación.

¿Perdura en el ambiente algo de lo descrito por clásicos como Raymond Chandler?

Déjame decirte que Chandler era un gilipollas, un quejica que se pasaba el día auto-compadeciéndose, igual que John Fante, otro ñoño de cuidado. Si quieres conocer el Los Ángeles auténtico has de acudir a las novelas Mildred Pierce y Perdición de James M. Cain, The Ticket Out de Helen Knode y True Confessions de John Gregory Dunne. Entre las películas me quedo con El crepúsculo de los dioses de Billy Wilder y Cautivos del mal de Vincente Minnelli. Chinatown de Polanski está muy sobrevalorada.

¿Siguen sin interesarle lo que escriben sus coetáneos?

Nada. Solo releo novelas antiguas que me entusiasmaron en su momento, así como biografías, true crimes centrados en los 1960 y los 70, y libros de historia bélica. Tampoco sigo las noticias.

De todos modos, encontré un encomio suyo en la faja de una novela de Jo Nesbø.

Fue un favor que le hice a mi editor. Las novelas de Nesbø no te las puedes tomar en serio y son de terror, son calculadamente ridículas. Yo no escribiría jamás algo así, odio la sátira, la ironía y la parodia. He conseguido cosas alucinantes con la novela negra histórica y política. Con mi nuevo cuarteto sobre Los Ángeles estoy aumentando las apuestas y alcanzando cotas inéditas. En ellas sigo sin juzgar a América con severidad. Al contrario, creo que sigue siendo la última gran esperanza de Occidente.

En sus libros mezcla hechos históricos e inventados.

Yo soy un novelista y el rigor me la suda. Mi tarea consiste en recoger los datos y la cronología que compilan los investigadores a los que contrato, pues el trabajo de documentación me supone un coñazo, a partir de lo cual diseño un marco geográfico y de acción, labor que me puede ocupar un año. Y, una vez provisto de todo esto, comienzo a inyectar la invención que me da la gana.

El escritor Piu Eatwell asegura haber resuelto el asesinato de La Dalia Negra. En su libro Black Dahlia/ Red Rose señala como culpable a un chulo con conexiones en Hollywood ¿Le merece algún crédito?

Menudo mentiroso de mierda. Jamás se resolverá, igual que la muerte de mi madre. Han transcurrido casi sesenta años. Si cuando solo habían pasado 36 ya no pudimos obtener casi nada valioso…

Hace unos años me comentó que estaba harto de conceder entrevistas. ¿Seguimos igual?

Disfruto dando entrevistas. No soy tan cáustico como antaño.

[Este último comentario da pie a que el periodista se sincere y le comenté la mala vida que le dio en su anterior visita, recurriendo obviamente al eufemismo de que “estaba de mal humor”. Ellroy comenta: “Te pido disculpas, Antonio. Aquello fue en 2010, ¿verdad? Por aquel entonces había una mujer que me daba muy mala vida”. A partir de este momento, la entrevista vira hacia una charla desenfadada. En los quince minutos que tarda en llegar su coche para ir al Ayuntamiento, Ellroy habla de su vida sana y monacal -sale poco de casa y apenas ve a nadie, come con frugalidad, hace tres siestas, se ejercita en el gimnasio, se acuesta pronto y madruga mucho-, y confunde Libia con Marruecos]