Jordi Costa: El hippy debe morir

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Jordi Costa, periodista, escritor y profesor de cine, levanta acta de un cadáver, el de la contracultura, durante los primeros brotes democráticos, víctima a medias del rodillo de la domesticación del gusto ejercido por los focos de poder y de sus propias limitaciones de configuración.

 

 

 

Texto: ANTONIO LOZANO

Con su insobornable cruzada por expandir los límites de lo que entendemos por cultura y por arte, desmantelando jerarquías, cuestionando cánones y descubriendo la belleza bajo lo aparentemente monstruoso, Jordi Costa (Barcelona, 1966) parece haber tenido en la siguiente cita de J.G. Ballard —autor sobre el que comisarió una soberbia exposición en el CCCB—, una suerte de mantra: “En un mundo completamente sano, la locura es la única fuente de libertad”. Partiendo de un conocimiento enciclopédico de manifestaciones y corrientes culturales en las que todo rastro de ortodoxia ha sido aniquilado, sus artículos y libros (ente ellos Mondo Bulldog y ¡Vida mostrenca!) han celebrado por sistema la irrupción de lo alternativo, lo desafiante, lo incómodo, lo grotesco. Frente a la cordura aséptica de la creación académica, la demencia revulsiva de la creación marginal. Esto explica en parte que, desde el título mismo, su último ensayo descarte el mero tono informativo (pongamos "Historia de la contracultura") en beneficio del dictamen gravoso: Cómo acabar con la contracultura. El libro supone, en efecto, la crónica documentada y amarga de la muerte de un sueño utópico, el de la consolidación de una cultura underground, más allá de puntuales momentos de ebullición, que parecía tenerlo todo a favor durante los años de la Transición y que con la irrupción de la democracia acabó sofocada o pegándose gustosamente un tiro en el pie. Costa repasa la historia de aquellos músicos, cineastas, guionistas e ilustradores de cómics que aspiraron a definir poéticas nuevas y rompedoras para acabar sucumbiendo a las fuerzas de la domesticación, llámesele mercado, complacencia, conservadurismo, instrumentalización política, falta de auténtica ambición, etc. A la erudición se une una capacidad extremadamente sugerente de realizar conexiones contranatura y de aventurar hipótesis insospechadas.

Tu libro supone la crónica de un fracaso, el de la vertebración de una contracultura sólida y longeva en el tejido español. Quizá sea darle demasiadas vueltas, pero ¿crees que podría entenderse como especialmente gravoso o lamentable al tratarse de un país donde los factores a los que tradicionalmente se ha recurrido (con acierto o no) para explicar un supuesto retraso o subdesarrollo intelectual (falta de una corriente ilustrada, pobreza, dictadura...) deberían haber sido fuente o acicate para la erupción de una contracultura fuerte?

Claro. España presentaba unas condiciones particulares que hicieron que el surgimiento de una Contracultura caminara, en un primer momento, al lado de una oposición política al franquismo que compartía el horizonte común de un futuro regido por lo utópico. Como todos sabemos, la Transición fue capaz de construir su propio mito heroico que, en los últimos años, ha sido discutido desde varios frentes. porque, entre otras muchas cosas, dejó heridas abiertas que aún colean y entronizó, casi por decreto, una idea de consenso que, en realidad, ocultaba la preservación de una serie de privilegios económicos y de clase de ese viejo orden del que veníamos. La Contracultura, por supuesto, desempeñó su papel, logró inspirar manifestaciones específicas que, debido al aislamiento del país durante el franquismo, tenían más de expresión natural, espontánea y colectiva que de fenómeno mimético, y diseminó una serie de ideas que siguen en el aire y conservan el potencial de seguir alentando transformaciones colectivas y procesos utópicos. Pero, llegada la democracia, la Contracultura se convirtió en eso pulsional, caótico, feo y desordenado que convenía esconder bajo la alfombra –o neutralizar a través de la política cultural– porque había dejado de ser útil. La Contracultura liberó una energía libidinal que la democracia recicló en mercancía.

El ensayo reincide en la idea de la uniformización del gusto —léase la maximización del espíritu mercantilista y la conversión en marca de corrientes inicialmente libertarias— como una razón troncal para explicar la falta de impulso o la mecha corta de las expresiones contraculturales. De todos modos, ¿hasta qué punto esta uniformización tapa otros factores más sutiles —caso del autoboicot de los propios implicados— a la hora de exponer los motivos del hundimiento?

Es cierto, la Contracultura se dejó querer por sus compañeros de viaje, sin caer en la cuenta de que esos compañeros de viaje –la oposición al franquismo mediante una militancia política ortodoxa– tenían otros planes que no entraban en el inicial proyecto utópico de la revolución contracultural. Es algo que ya detectó, con singular clarividencia, Jesús Ordovás en De qué va el rollo, que, publicado en 1977, es casi una crónica desde el campo de batalla en la que ya se intuye que, tras la revolución, llegará la cultura del mercado. También lo dejaba claro Pau Malvido en su serie de crónicas de Nosotros, los malditos, publicadas en la revista Star a mediados de los 1970, donde se habla de las amistades peligrosas entre algunos agentes contraculturales y la nueva clase política. De todos modos, creo que también es delicado crear una línea divisoria entre el malditismo de los que cayeron por el camino y la capacidad de supervivencia de quienes han conseguido llegar hasta el presente sin traicionar el fundamento contracultural de sus formas de expresión. Hay un cierto impulso romántico a la hora de celebrar el bonito cadáver de quienes no vivieron lo suficiente para ver hasta dónde llegarían las cosas, pero creo que, en el impulso de demonizar la consolidación y proyección profesional y creativa de artistas como Almodóvar y Mariscal, hay mucho de automatismo que no se toma la molestia de leer la letra pequeña, porque, por lo menos en esos dos casos, la evolución creativa no es negación del origen contracultural, sino, en el fondo, una evolución consecuente con esos orígenes.

¿Qué lenguajes ves actualmente más abiertos a la subversión, funcionando pues al modo de estimulantes reductos de resistencia? Expresado de otro modo, ¿dónde palpita hoy lo verdaderamente mostrenco?

El paisaje cultural contemporáneo es diverso y fragmentario. Existe una cultura dominante, neoliberal y de consumo, que, por decirlo de algún modo, no deja ver el bosque, pero hay mucho espacio para la resistencia en los márgenes: en lo que se dio en llamar “el otro cine español”, en el ámbito de la edición independiente, en esa música que nunca escucharás en las emisoras generalistas, incluso en la cultura youtuber… La diferencia es que, en los tiempos de la Contracultura, daba la impresión de que todos los tentáculos del fenómeno eran susceptibles de comunicarse entre sí y, en cambio, ahora lo que tenemos es una red bastante inabarcable de resistencias ensimismadas, sin excesiva curiosidad por lo que ocurre fuera de sus márgenes de interés. Supongo que es una imagen ingenua, pero para mí el espíritu de la Contracultura se parece bastante a la fiesta que imagina Sisa en su canción Qualsevol Nit Pot Sortir el Sol: una casa para todos donde se mezcla lo alto y lo bajo, lo heroico y lo ridículo. Y nuestro presente tiene mucho de Ready Player One: las posibilidades de mezcla y transformación son infinitas, pero jugamos conectados a una red central y probablemente nos conformamos con la identidad a medida que nos proporciona un solo avatar.

Por el contrario, ¿podrías señalar algún fenómeno o artista especialmente molesto o pernicioso al encarnar esa impostura alevosa consistente en ir de transgresor cuando en verdad se ajusta modélicamente a los patrones de lo que denominas Gusto Socialdemócrata?

Bueno, el Gusto Socialdemócrata es la expresión de un aparentemente consensuado –pero, en el fondo, artificial e impuesto– Sentido Común a la hora de regular la apreciación cultural en el seno de una cultura de mercado, de fondo neoliberal, aunque quiera auto-percibirse como progresista e integradora. La verdad es que, a diario, vemos ejemplos de voces y discursos que se auto-colocan la etiqueta de transgresores y provocadores cuando, en el fondo, son otra cosa. Basta fijarse en los periódicos debates en torno a los límites del humor y a la incorrección política. En muchas ocasiones, quien se apropia de la etiqueta de ser políticamente incorrecto en las redes no se da cuenta de que, en el fondo, lo que está haciendo es rescatar y perpetuar los viejos lenguajes de la exclusión y la ofensa, cuando, en realidad, la transgresión cómica posee un altísimo potencial para cuestionar y poner en evidencia las fragilidades e hipocresías de los lenguajes del poder. No todo el mundo puede ser Chris Morris o Sarah Silverman, que, cuando juegan a provocar, es porque hay un gesto político detrás. El Gusto Socialdemócrata también tiene la capacidad para disfrazarse temporalmente de “gamberro” y celebrar coyunturalmente algo que es transgresor y provocador o por lo menos lo parece, pero es importante no engañarse; el Gusto Socialdemócrata es el máximo instrumento difusor de sandeces en el discurso cultural colectivo: es lo que, entre otras cosas, ha popularizado frases como “el mejor cine está en televisión”, “yo no leo cómics, leo novela gráfica” o el que ha hecho que aumentara exponencialmente la venta de novela negra nórdica. Es la voz que nos dice lo que se lleva en una temporada dada: su objetivo es la explotación del hype, no un proyecto de transformación a largo plazo.

¿Tienes alguna esperanza de que las crecientes trabas a la libertad de expresión puedan servir de revulsivo a la cultura underground?

Respecto a todo esto hubo un incidente que me llamó la atención de manera bastante especial, por lo que tenía de significativo e inquietante: el famoso escándalo de los titiriteros. Cuando la alcadesa Manuela Carmena –de la que, por cierto, estoy razonablemente contento como ciudadano madrileño– se pronunció, lo primero que hizo fue expresar su repulsa a la obra en sí (que no había tenido ocasión de ver) para intentar tapar cuanto antes el escándalo que la oposición estaba utilizando políticamente. Lo que hizo Carmena es el paradigmático Acto Reflejo Socialdemócrata, consistente en encabezar con una repulsa inmediata y visceral su posición al respecto que, por supuesto, será más razonable y moderada que la de la caverna/oposición. Y el problema, sin duda, está en esa repulsa, en ese marcar distancias en lugar de abrazar y defender la disidencia, en lugar de explicar el modo en que el sentido de esa representación se había tergiversado en los medios y en las redes sociales, en lugar de defender el fuerte y lanzar un claro mensaje de defensa de la libre expresión artística. Lo mismo ocurrió con el caso de la famosa portada de El Jueves con el por entonces príncipe y Letizia entregados al acto sexual alentados por el chequé bebé de Zapatero: a los humoristas gráficos que hicieron esa portada les resultó desalentador ver cómo algunos colegas de profesión –El Roto, entre ellos– se solidarizaban, pero no sin antes dejar claro que lo que habían hecho les parecía de muy mal gusto. Las situaciones de crisis son interesantes por lo reveladoras: en los últimos tiempos, bajo el gobierno del PP entregado a su deriva autoritaria, es evidente que las libertades democráticas se han restringido y lo que ha resultado verdaderamente ensordecedor ha sido el silencio de la clase intelectual. Por eso creo que ha sido tan importante la beligerancia de raperos condenados como Valtonyc y el modo, quizá visceral y desordenado, en que otras voces del mismo sector se han alzado para poner de manifiesto los límites de la libertad de expresión en este punto de la historia. Lo cierto es que el contexto es muy distinto al del nacimiento de la Contracultura, donde había un claro enemigo al frente: ahora mismo no solo hemos vivido bajo un poder que coarta, castiga y silencia, sino también sobre el campo de minas de las hipersensibilidades a flor de piel en el entorno de las redes sociales. Por supuesto, la situación es tan insostenible que no es cuestión de tener esperanza en que aparezcan revulsivos: es, simplemente, inevitable que una nueva energía salga de esta olla a presión, aunque no será fácil mantener esos bastiones de libertad. Y, por supuesto, en el guirigay de voces se infiltrará también la voz del poder y de los discursos dominantes camuflada bajo la falsa piel de la incorrección política.

Desde la mal llamada alta cultura parece haber unanimidad a la hora de demonizar la cultura youtuber (extensible a otras formas de postureo como influencers, instagramers…), pero a través del caso de Esty señalas su posibilidad como cantera ocasional de manifestaciones contraculturales tan valiosas como insospechadas. ¿Deberíamos pues suspender la asociación inmediata del youtuber con una prueba definitiva de la transformación de la juventud en un colectivo frívolo y sumiso?

La cultura youtuber ha estado, por lo general, demasiado cercana a esa idea de la autoexplotación de la que habla Byung-Chul Han. Y la generación millennial ha crecido bajo el influjo de esa falsa cultura del esfuerzo que han inculcado los realities y que ha hecho que haya mucho aspirante artista sin ningún problema a la hora de asumir que su destino no es construirse una identidad y un discurso, sino ser “un buen producto”. El youtuber, no obstante, podría encarnar una de las formas utópicas del artista o creador underground, porque es alguien que no tiene que negociar, ni pactar con una industria cultural para poder expresarse. También sabemos todos que, en esos contextos, los márgenes de libertad son relativos y ya no los regula un gobierno, sino una gran corporación o ente que, de repente, decide cuáles son los límites de representación. Es decir, sabes que Facebook, Twitter o YouTube pueden llamarte al orden y suprimir tu discurso en cualquier momento. Con todo, hay un cierto margen de juego que debería aprovecharse para conquistar espacios de libertad expresiva absoluta. Por eso, en un primer momento resulta desalentador ver que, en ese contexto de la cultura millennial, lo que ha acabado prevaleciendo es un desaforado narcisismo o modelos de discurso que no hacen más que perpetuar la cultura del mercado y el consumo: a mí me llama la atención un fenómeno como el del “unboxing”, esos vídeos en los que el youtuber en cuestión desempaqueta el muñequito (o lo que sea) que ha comprado en Amazon y lo muestra a su audiencia de seguidores. Pero subestimar a millennials y youtubers es peligroso y condescendiente, porque la posibilidad tanto de malinterpretar sus rituales –John Higgs, por ejemplo, en Una historia alternativa del siglo XX reivindica, por ejemplo, el impulso de compartir por encima de la tentación de exhibirse de los selfies y la cultura Instagram– como de pasar por alto sus potencialidades para formular nuevas mutaciones de lo contracultural es enorme. En el libro reivindico la figura de Esty Quesada, alias Soy una Pringada, porque creo que recoge la antorcha de la Contracultura en su reivindicación de la monstruosidad como disidencia. Lo que hace Esty es solo una de las muchas posibilidades de cuestionar esa cultura desde dentro. Y asumamos, también, que pueden estar fraguándose muchas cosas por debajo de nuestros radares. No se trata tanto de que aparquemos definitivamente el prejuicio sobre los millennials, sino de que seamos conscientes de que ese, como todo prejuicio, es algo que podríamos desmontar si observásemos esa realidad más de cerca.

En el libro consideras a Mariano Ozores como nuestro John Ford, en el sentido de que la comedia popular nos representa más que el drama sobre la guerra civil. ¿Crees que las dificultades para asumir estas esencias, o este legado identitario, han podido tener algún papel en la desarticulación de los movimientos contraculturales?

La comedia costumbrista ozoriana fue una de las bestias negras del Gusto Socialdemócrata. En cuestiones de política cultural, la Ley Miró sepultó todo el inconsciente pulsional del cine popular español para construir un espejismo de cine académico de prestigio que decía más sobre el modo en que esa cultura quería percibirse a sí misma que sobre la identidad del consumidor cultural medio en nuestro país. La Contracultura fue, por naturaleza, antijerárquica y, por el contrario, el Gusto Socialdemócrata es jerárquico y excluyente por naturaleza. Lo de definir a Mariano Ozores como nuestro John Ford no es un modo de calibrar su excelencia, sino una manera de decir que nuestra esencia no es épica, sino ridícula, y que una buena manera de ir hacia adelante sería asumirlo de una vez por todas. Buscando otro tipo de símiles: creo que el humor de los tebeos de Bruguera tiene mucho más que decir sobre el alma española que el encabronamiento desencantado –pero, en el fondo, nostálgico de un pasado imperial– de la escritura de Pérez Reverte.

“La historia de España también está cifrada en las discotecas”, dices en un momento del libro sobre esos locales donde parece cristalizar el eterno retorno del viejo orden. Por oposición, ¿en qué lugares, de haberlos, podría rematerializarse los sueños utópicos?

Malvido recordaba cómo las salas de baile, previas al surgimiento de las modernas discotecas, estaban en su momento controladas por la Falange, que solía cerrar las sesiones con el himno nacional. Esta misma temporada 2017-18, el himno nacional sonó en algunas discotecas como gesto patriótico en el clima de crispación y catalanofobia desatado tras el referéndum catalán del 1 de octubre. Creo que es una simetría significativa que, lamentablemente, Malvido no ha vivido para ver y asombrarse. En el fondo, las discotecas siempre han sido eso: un patio de recreo acotado y tutelado por la cultura del poder, donde era posible la transgresión dentro de un orden. Dentro del orden de la lógica del mercado. Si vamos un poco atrás, lo que pasó el 15M demostró que la posibilidad de que prendiese la llama de la utopía seguía allí: que todo eso, de momento, haya reactivado la larga tradición de la fragmentación de la izquierda no es algo que tenga que desalentarnos. La posibilidad de expresiones políticas y culturales en los márgenes de una sociedad capitalista que se ha ido dirigiendo hasta sus límites sigue, por supuesto, abierta y que se expanda lo suficiente quizá sea únicamente cuestión de tiempo. O del tiempo en que tarden en aumentar los índices de desesperación y, como diría Gombrowicz, “nopodermiento”.

Tu labor como crítico cinematográfico se ha definido en buena medida por la defensa de la heterodoxia y el riesgo e, inversamente, por la denuncia de unos planteamientos y una elaboración rutinarias y académicas. ¿Dónde crees que subyace el verdadero mérito artístico de una película?

Hace unos meses coincidí en una mesa redonda con Constantino Bértolo, que dijo algo que no me saco de la cabeza: que cada vez tenía menos claro lo que era “escribir bien”. Inevitablemente, asocié esa idea con algo que suelo pensar al leer muchos suplementos culturales: que el modelo de literatura que entronizan se rige por unos parámetros que me parecen tremendamente reductores. Es algo que me ha llevado en alguna ocasión a soltar la boutade de que, en este país, lo que se considera escribir bien se parece bastante a escribir mal. Un modo de decir que no me siento reconocido en el modelo de escritura académica, afectada y de trazos rancios que, en muchas ocasiones, se eleva al rango de canon indiscutible. Algo parecido ocurre con la escritura visual en el cine. Recuerdo, por ejemplo, a un crítico de cine afeándole la conducta a Claire Denis porque, según él, la cineasta no había entendido que había un único lugar “correcto” en el que colocar la cámara. Yo creo que, por el contrario, el único camino para la evolución en el arte pasa por el cuestionamiento de los cánones, por la experimentación y, en ese sentido, lo académico es siempre el camino más corto para obtener un arte que nace momificado. En esa impugnación de lo académico confluyen tanto la experimentación y la vanguardia como la inconsciencia y la visceralidad de cierto cine popular de consumo: por eso me gusta prestar atención a lo que está situado al margen de todo prestigio, porque nunca sabes en qué comedia aparentemente trivial o en qué película de acción o terror en principio frívola puede manifestarse una invención de lenguaje, un hallazgo expresivo. Por supuesto, todo esto me ha llevado a arrastrar durante bastante tiempo el sambenito de ser el crítico al que le gusta la basura. Prefiero sobrellevar eso que viéndome defendiendo cine estéril avalado por Goyas y taquillas.