Herminia Brumana y Edith Wharton: dos autoras con nombre propio

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Libros de la Ballena y Páginas de Espuma reúnen los cuentos de dos mujeres que abrieron brecha literaria: Herminia Brumana y Edith Wharton

 

 

 

Texto: ROSARIO LÓPEZ

 

Coincidieron en el tiempo aunque una es mayor que otra. Viajaron y estuvieron en España, posiblemente en los mismos cafés, bibliotecas, la calle. No pudieron no ver y quisieron contar siempre. Reflexionaron sobre el proceso de escritura y sobre los caminos que anduvieron. No se cruzaron nunca, lo hacen ahora en las librerías y aquí. Edith Wharton y Herminia Brumana son cuentistas de un relato que aún hoy se escribe y que no solo es para ellas y que no solo es de mujer. Ambas hablan de la vida.

Herminia Brumana

«Es usted tan guapa que podría perdonársele que no fuera tan inteligente. Pero es usted tan inteligente que podría personársele que no fuera tan guapa». Esto fue lo que Unamuno le dijo al conocerla. A los cuatro años ya sabía leer y escribir. A los quince ya era maestra. Ganó el primer premio literario con un texto en el que pedía Libros, libros y más libros para los pueblos. Fundó una revista en la que denunciaba todo lo que no le gustaba de Argentina. Había sido amenazada y respondió con palabra a todo el que había querido detenerla en su fijación por dar testimonio de lo que veía y la conmovía. Se autopublicó. Viajó por Estados Unidos y estuvo en España, donde conoció a Unamuno, quien en el Ateneo de Madrid le dijo eso. Acaban de cumplirse ciento veinte años del nacimiento en 1897 de Herminia Brumana, en Pigüé, un pueblo de agricultores de la Pampa argentina a los pies de la Sierra de la Ventana. Su padre, italiano, amasó una fortuna considerable que permitió mandarla a ella y a su hermano a estudiar fuera, más allá de Primaria, a Olavarría. Su madre era lo que se conocía como una mujer de sociedad: participaba en todos los actos en los que se recaudasen fondos para necesitados.

«Dadle libros a la juventud, libros que le hablen de verdad, de vigor, de virtud, de justicia, de amor, libros a la mujer, a esta muchos libros, libros para las multitudes, libros para luchar, para vivir y tantos libros dénsele a los pueblos que nunca se sacie el hombre de saber, y entonces así como Goethe, luz, más luz, los pueblos clamaran siempre libros más libros». Es un fragmento de un texto que recuerda mucho al medio pan y un libro que García Lorca pronunciaría más tarde. Herminia Brumana ganó con este texto su primer premio literario a los quince años, la misma edad con la que se graduó como maestra. Desde entonces, la docencia no se separará nunca de su escritura. Lucha por el niño en la escuela y por la mujer en la calle. Quiere una literatura útil. Tanto es así que ahorra de su sueldo para autopublicar Palabritas, en 1918, con finalidad pedagógica. «Mil ejemplares me han costado trescientos pesos, moneda a moneda. Mi libro le dirá qué maestra tiene en mí». Tuvo que defenderse de quienes no entendían que una mujer escribiera, que publicase y que fundase una revista revolucionara como Pigüé, donde denuncia todo lo que le molesta, hace crítica literaria y cultura. «Además, usted no puede ser docente y periodista, tener esa revista en la que habla», le dijo el consejero escolar que amenazó con echarla. A lápiz rojo, como si del ejercicio de un alumno se tratase, Brumana le respondió: «Ortografía: 0», y le devolvió la nota corregida. «Yo no sé pedir favores, solo sé pedir justicia», decía. Pese a su defensa de la utilidad de la literatura y del arte como un modo de perfeccionar al ser, ya en Palabritas hace reflexiones sobre la necesidad de no ser tan prácticos. Cuando es más humana, con dobleces, cuando traiciona sus propios dogmas, sus relatos se vuelven cuerpo. Herminia Brumana era una gran cuentista. Libros de la Ballena ha hecho una selección de sus mejores narraciones bajo el título La vida de pie. La antología, prologada por Valeria Correa Fiz, se presenta este mes en la Feria del Libro de Madrid.

Hay relatos de Niebla, La grúa, citas de Mosaico y Palabritas, de las Cartas a las mujeres argentinas (textos muy interesantes al estilo de un programa radial en la noche), una crónica de uno de sus viajes y una epístola al lector para que piense qué lector es o si ni siquiera es lector. La voz en Brumana es su mirada. La mayoría de sus protagonistas son mujeres que luchan como una ardilla por su rincón propio, entre los huecos que deja un elefante, sopesan casarse o seguir siendo «solteronas», quieren libertad o no se atreven; y niños que «nacen hombres», que trabajan para pagarse unos zapatos que no estén rotos para el invierno. Hay reflexiones también sobre el proceso de escritura, conversaciones en su prosa con Rafael Barret, Aldous Huxley, León Tolstói, José Martí, Domingo Faustino Sarmiento y Juana Ibarbourou (Mujer). Hay deseo de plasmar lo que pasa, de tejer un tapiz y horadar piedras como Miguel Ángel para el arte, hay poesía y hay acción en los objetos, hay relatos colmados de gente. Hay una necesidad imperiosa de compartir y compartirse en cada hoja.

Querida Edith

«Querida Edith, tú eres más fuerte, más firme y más sutil que todos los otros, tú dices más y dices mejor», escribió Henry James a Edith Wharton en una de las cartas que le mandaba con frecuencia. Comparó su escritura con la de «un clásico perdido y recuperado». Wharton nació antes que Brumana y más al norte, en 1862 en Nueva York, cuando la Quinta Avenida no se parecía en nada a hoy. Se la considera, con cierta imprecisión, discípula del autor de Otra vuelta tuerca. Eran amigos y no es justo definir a Wharton precisamente como la que sigue. Si algo concreto era es una mujer abierta siempre a romper. Se divorció de su marido a los cincuenta y un años, tras veinte de casados. Amó a hombres y mujeres, a la cantante de ópera Mercedes de Acosta y al periodista Morton Fullerton, del círculo de Oscar Wilde, como recoge Clara Obligado en el prólogo del primer tomo de los Cuentos completos de la autora, que acaba de publicar Páginas de Espuma.

El valle de la decisión, La casa de la alegría, Las costumbres del país, Ethan Frome, La edad de la inocencia, con la que ganó el Pulitzer siendo la primera mujer en hacerlo… Se conoce más a la autora por sus novelas, algunas llevadas al cine, por las que estuvo varias veces nominada al Nobel. Sin embargo, es en los cuentos donde ella más se deja conocer. A través de personajes y espacios el lector va componiendo el collar de perlas engarzadas por el estilo. El estilo es nada, ya lo dijo Azorín, el estilo es esa cosa que parece fácil pero nadie puede copiar: Wharton Los lugares son. En los lugares se guardan los secretos de los personajes que hablan de personas: en los salones de las casas, donde se discute a quién pertenecen las cartas que nos enviaron una vez, si al remitente o al destinatario (Copia); si se hizo bien en adoptar a ese bebé, porque ahora es la casa (¿o la pareja?) la que enferma (La misión de Jane). Desde las ventanas se ve la calle como un faro (como un faro que recuerda al de Virginia Woolf); y en las afueras pasan carriolas, trenes, manuscritos, porque también hay hermosos relatos que son testimonio de la esperanza de una autora. «Las ventanas altas son como ojos ciegos, el portalón es una boca cerrada. Dentro podría estar la luz del sol, el aroma de los arrayanes y un pulso de vida que corriese por las arterias de la enorme estructura; o una soledad mortal, murciélagos entre las piedras descoyuntadas y el óxido de las llaves en las puertas en desuso…». (La duquesa Orante).

Los personajes de Wharton tienen en el cuento la misma profundidad psicológica que en una novela y destaca la maestría con la que la autora se mete en la piel del hombre, para alzarlo o desmerecerlo según se le antoje. «Nada más desconcertante para un hombre que el proceso mental de una mujer que razona sus emociones». (Almas vencidas). ¿Es posible? Costumbrista a veces, gótica al estilo de Mary Wilkins Freeman otras. Hay diálogos con la pintura, con lo cotidiano, con las habitaciones, con los fantasmas, con el ruido, con la música; con todo lo prosaico y lo poético, con la calle y con el alma: con ella. ¿Es posible razonar las emociones? Parece que ese fue siempre su deseo, parece que escribía para entenderse y para entender mejor el mundo que la rodeó desde pequeña. Haberse educado con una pobre y culta institutriz la libró de no encerrarse, la empujó, tal vez, a querer conocer más y estar abierta a otros mundos distintos de su acomodo. Recorrió los frentes de la Primera Guerra Mundial en moto y fue una de las primeras viajeras solitarias. Estuvo en España, probablemente inspirada por los Cuentos de la Alhambra de Washington Irving. Realizó dos veces el Camino de Santiago y se instaló en París, donde falleció, no sin antes atreverse a echar de sus espacios a todo el que considerase que le faltaba el respeto, a Scott Fitzgerald, por ejemplo, lo echó de su casa cuando llegó borracho presumiendo de llevar una semana en un burdel con su mujer Zelda. Edith Wharton fue una mujer libre sobre todo y contra todos, y no tuvo problemas para reconocerlo: «El autor nunca dará lo mejor de sí mismo mientras no cese de pensar en sus lectores (y en su editor, y en su editorial) y comience a escribir no para sí mismo, sino para ese otro yo con el que el artista creativo está siempre en misteriosa correspondencia». (Escribir ficción).

Herminia Brumana y Edith Wharton quisieron no solo oír sino también contar, hace un siglo, y vivir de su propio cuento. Ambas con visión de negocio, que emprender no se puede sin libertad supieron, se rebelaron contra lo establecido, escarbaron y apartaron las normas cuando no encontraron lo humano de lo que beber. Mujeres, escritoras, revolucionarias en su arte y en su modo de estar, madres de sí mismas, creadoras. No se conocieron, no compartieron café, pluma ni armas en su tiempo. No se conocieron en vida pero bien podrían haberlo hecho. Conviven y se comparten, en las librerías y aquí, ahora.