Un estimulante César Aira

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David Pérez Vega escribe sobre Prins, el último trabajo del escritor argentino César Aira 

 

 

 

Texto: DAVID PÉREZ VEGA

 

Cuando vi anunciado en internet que César Aira (Coronel Pringles, Argentina, 1949) iba a presentar una nueva novela en el edificio Telefónica de Gran Vía en Madrid, me apeteció ir. Escribí a los representantes de prensa de Random House para ver si les parecía bien enviarme la nueva novela, Prins, para escribir una reseña, y tenerla el día de la presentación, con la idea de que me la firmara Aira. Quedé en que me enviarían el libro, aunque desafortunadamente no llegó a tiempo para el día de la presentación. Estuve a punto de comprarlo allí para tenerlo firmado, pero me contuve y me compré el de Relatos reunidos. También llevaba de casa la primera edición de El tilo y Las noches de Flores. Así que al final me fui a casa con tres libros de Aira dedicados, y al llegar los junté con Cumpleaños, que me firmó en otra ocasión.

El primer capítulo de Prins me parece magistral. Un escritor de novelas góticas nos cuenta que está aburrido de escribir libros, con los convencionalismos propios de un género muerto, para un público al que no respeta. «Condenado de toda la vida a la laboriosa redacción de novelas góticas, encadenado al gusto decadente de un público inculto…», así empieza el libro. Nuestro escritor ha tenido tanto éxito de ventas con esta literatura que desprecia vivir en una enorme mansión, llena de adornos y elementos propios de un castillo gótico. Algo que hizo por publicidad y por una ironía que su público no llegó a captar. Como uno de los Bartlebys de los que habló Enrique Vila-Matas en su novela Bartleby y compañía, conocemos a nuestro narrador justo en el momento en que ha decidido dejar de escribir, porque continuar con una farsa que considera absurda no le satisface. Ahora debe valorar a qué va a dedicar su tiempo libre. Se decidirá por el consumo de opio. «Como se verá en esta narración, las vacilaciones abundaron. El camino del opio fue una verdadera prueba de fuego para mi perseverancia», leemos en la página 19. Prins empieza presentándonos a un personaje peculiar (un escritor de novelas góticas que vive en un castillo gótico kitsch a las afueras de Buenos Aires), pero con un discurso coherente y unas críticas hacia la mala literatura punzantes y divertidas: «Llegué a supeditar mi supervivencia en el mercado editorial al uso de las palabras en su acepción más corriente y llana, y si debía optar entre dos palabras me quedaba con la que tuviera una única acepción. La mera idea de que entendieran algo distinto de lo que yo había querido decir me producía escalofríos», pág. 19. Por supuesto, si uno ha sido previamente lector de César Aira (creo que ésta es la séptima novela que leo de él), sabe que el libro que tiene entre las manos no va a transcurrir en los carriles de la coherencia narrativa, que precisamente la apuesta de Aira es dinamitar la lógica del discurso. De este modo, la salida del narrador de su castillo para comprar opio será presentada como una aventura casi fantástica, al estilo de una novela gótica o de aventuras. Pero a diferencia de la férrea coherencia de este tipo de novelas populares (A va a consultar a B para que le diga cómo llegar a C, etc.), aquí se narra desde el puro descreimiento irónico en la construcción convencional de una novela. 

«Para algo debería servirme mi experiencia de escritor de géneros populares, que tienen lectores exigentes con el realismo, el verosímil, las explicaciones completas (mientras que los lectores de literatura pretenciosa se los puede conformar con metáforas o juegos de palabras» (pág. 56): como podemos ver en esta cita, Aira puede ser punzante con muchos convencionalismos literarios. La apuesta por el absurdo y la incoherencia es seria: por ejemplo, nuestro narrador (del que no debemos fiarnos en ningún momento) nos ha explicado que las novelas góticas le dan mucho trabajo, para pasar a decirnos que le dedicaba a su escritura media hora al día y, finalmente, contarnos que tenía un equipo de siete escritores que las escribían por él. Así que su decisión de dejar de escribir novelas góticas y cubrir ese vacío con otra actividad es delirante, puesto que, de entrada, ya no escribía novelas góticas cuando comienza la novela. Tras una serie de aventuras sin explicación (encuentro con el Armiño, viaje en el autobús 126, donde conoce a Alicia, y llegada a La Antigüedad –lugar donde se vende la droga– y conocer al Ujier, el vendedor), regresará a su casa con una enorme cantidad de opio. El Ujier le acompaña y se quedará a vivir con él, ya que no puede regresar a La Antigüedad. La llave para volver a abrir la puerta se encuentra atrapada dentro del gran bloque de opio y tendrá que ser consumido todo para llegar a ella. De este modo, el Ujier pasará a vivir en el castillo gótico, junto con Alicia, una mujer a la que el escritor ha conocido en el autobús 126 y que se convertirá en su sirvienta y amante. Para Alicia, el narrador inventará un pasado común, un encuentro de juventud y una pérdida. «No quiero ponerme a hacer teorías de las que afeaban mis libros interrumpiendo a cada página la continuidad narrativa, así que lo diré brevemente, sin desarrollar: creo que me había hecho la idea de que toda aventura era mental» (pág. 22). Estos planteamientos categóricos (como, por ejemplo, que el Ujier no pueda volver a La Antigüedad hasta que no recupere su llave) me han parecido, hasta cierto punto, una parodia de las relaciones establecidas en las novelas de Franz Kafka. Por ejemplo, ante la situación descrita he pensado en algunas escenas de América: el sobrino desobedece una vez a su tío al llegar al nuevo continente y éste le dice que ya no puede vivir con él nunca más, y emprende su viaje por los caminos del nuevo país. Si en Kafka estas relaciones causales se constituían en símbolo de una realidad superior (posiblemente religiosa), en Aira son pura burla de los convencionalismos narrativos. Aunque, sin embargo, tampoco es la suya una apuesta en el vacío, porque su narración sí que transmite una idea del absurdo de la vida y de soledad, una idea de mundo propio, autónomo del real; además, en su prosa podemos encontrarnos con reflexiones que no son banales: «Por escapar de lo obvio la humanidad se extravió en esa insensata acumulación de sofismas que es la civilización. Si se hubieran dado por satisfechos con las simples verdades que les salían al paso sin tener que ir a buscarlas se habría evitado la guerra de los bóeres. O las guerras civiles» (pág. 25); «Las mentes brillantes, que despliegan sus alas en el vuelo majestuoso de las ideas, tropiezan y se paralizan en los senderos pedregosos de la vida práctica, y las más de las veces quedan a merced de los brutos» (pág. 98); «Me daba cuenta de que siempre había pensado que todo en la vida era un fin en sí mismo, y de ahí la elección del opio, al que veía como la consumación de ese estado de cosas en el que no había medios sino sólo fines» (pág. 121).

Al leer Prins he pensado en Las noches de Flores, que Aira publicó en 2004, y que también parte de un comienzo peculiar, pero realista, para ir avanzando hacia la incoherencia y el absurdo. Como entonces, me he reído con Prins; cuando me percataba de la información contradictoria vertida en el texto me sonreía, me parecía divertido, entraba en el humor de Aira y me lo tomaba como una broma. Entiendo también que este tipo de apuestas puedan exasperar a muchos lectores desconcertados. Aira también juega aquí al narrador políticamente incorrecto, haciendo algún comentario racista o desconsiderado hacia las clases bajas, que he entendido como una nueva ruptura de los convencionalismos de cierto tipo de lectores, que exigen un narrador con el que puedan identificarse cómodamente. Me percato también de que en los catorce años que han pasado entre Las noches de Flores y Prins, los planteamientos de Aira son similares, su ruptura de los convencionalismos narrativos rompe las costuras en los mismos puntos, y me pregunto si no habrá encontrado ya Aira un camino cómodo para ser anticonvencional, y no será que, dentro de su curiosa apuesta, repite planteamientos y su anticonvencionalismo se ha transformado en una nueva forma de ser convencional, aunque sea para sí mismo. Mi pregunta es la siguiente: Aira puede hacer bromas sobre los convencionalismos literarios, pero ¿podría olvidarse de las bromas y escribir una novela en serio, con personajes coherentes y una narración que incida, por ejemplo, en lo social? Sé que la literatura no tiene por qué ser social (podría haber usado otro término) y no tiene que cumplir con ninguna idea de orden establecido, pero si tu cometido artístico es burlarte de X, ¿serías capaz de llegar a X? Creo que Aira no quiere escribir X y es posible que yo no haya leído mucho de su ingente obra (con más de cien novelas publicadas) para conocer todas las variantes y los caminos de su apuesta. Sin embargo, en Prins (como en Las noches de Flores), sí que encontramos un trasfondo social, ya que el narrador de Prins nos habla de las malas condiciones de los barrios bajos y por estas páginas desfilan mendigos y nos encontramos con peligros callejeros.

Me he divertido con Prins, que –como suele ser habitual en Aira– tiene un arranque superior a su conclusión. El mismo Aira ha declarado en alguna entrevista que se cansa de sus novelas y no sabe, a veces, cómo terminarlas. No sé si podría leer, muy de continuo, libros escritos bajo las premisas que escribe Aira, pero sí sé que, de vez en cuando, acercarme a su obra me resulta estimulante.